La forma

Alarcón tenía los ojos agarrados al asfalto y sudor por todo el cuello. Como siempre, había una primera vez. No importa cuántos años le cayeran encima, todavía quedaban primeras veces. Y en todas había que hacer las cosas bien, había que probarse válido, funcional, útil. Tanto los demás como a uno mismo. Pifiarla feo la primera vez significaba cargar con ese error el resto de la vida, ¿Cierto? Para él no existían las segundas oportunidades. Esas eran simples ilusiones. Te corrés a tiempo, o no lo hacés y te queda la cara marcada a fuego.

Se secó el sudor con el paño naranja y después lo tiró al asiento del acompañante. Con la misma mano bajó la ventanilla y dejó que el viento le recorriera la camisa.. -Eh –lanzó Morel.

-Dale, hace un calor de mierda, tengo el sol quemándome las pestañas.

-Te dije que me da náusea la turbulencia esa. Te digo que la subas.

-Callate, estoy conduciendo yo.

Al fin y al cabo, no lo estaba haciendo tan mal. El otro estaba peor, pálido y descompuesto en el asiento trasero. Tenía los labios blancos y el bigotito le quedaba como de cotillón. Era mejor olvidarse del tema y clavarle los ojos a la ruta, pensar en el tinto que iba a tomarse a la noche y no llegar a pasarse el cartel que había dicho Pereyra.

El aire que entraba por la ventanilla estaba caliente, pero al menos se movía. Además el ruido a papel que hacía al chocarle con el oído lo tranquilizaba. Lo estaba despeinando por completo, pero al carajo, ni que tuviera que dar su pésame. A Morel ya se lo veía suficientemente angustiado por los dos. Y la bolsa del baúl no iba a ofenderse.

Alarcón se quedó mirando un minuto a la izquierda, por la ventana que acababa de bajar. El desierto se extendía hasta donde podía ver. Podía notar esas ondulaciones de calor a la distancia, saliendo del suelo como en una estufa que pierde gas. Todas las rutas de la Patagonia eran iguales, con montones de piedras sequísimas que se hinchaban por el calor y deformaban el sendero y la cabeza. El sol lo lastimaba como si tuviera toda la piel en carne viva y aunque viniera de un mes a la sombra. No era un hombre de pensamientos trascendentes, y aún así no podía evitar sentirse pequeño: el desierto era inabarcable. Pero tanto mejor.

De repente sintieron un ruido debajo del auto. Las ruedas deberían haber escupido alguna roca contra los ejes, pero había sonado demasiado fuerte.

-Epa.

Morel se quedó callado. No parecía siquiera haber escuchado nada. Se había terminado recostando contra la puerta izquierda y subiendo los pies al asiento. Dejaba que la cabeza rapada le vibrara, apoyada contra el vidrio de su lado. Tenía el rostro endurecido en una mueca rara. Allá él. Habría preferido que no viniera. Sus náuseas lo ponían más nervioso de lo que ya estaba por su cuenta. Si hubiera sabido que el tipo iba a hacer las cosas más difíciles pedía que se quedara.

Seguía mirando hacia la derecha, y entonces sintió que alguien lo observaba. Alarcón devolvió la mirada a la ruta, que estaba tan vacía como antes. A decir verdad, no podía estar seguro si Morel estaba haciendo las cosas más complicadas o no. Los dos estaban bailando la misma, pisando terreno suelto. Parecido a hielo frágil, pero con setenta grados más. Él mismo no sabía cómo iba a terminar todo eso si no se concentraba. Y, por supuesto, jamás habría podido cargar el paquete él solo. Llevarlo hasta el auto les había costado una hernia y media a ambos, y todo el chasis se había resentido cuando lo dejaron en el baúl. No podía entender cómo alguien podía pesar tanto, o qué carajo le había metido Pereyra entre las tripas. Los amortiguadores traseros iban a quedar hechos polvo.

Además, no estaba seguro si hubiera podido lograr que Morel no lo acompañara. Los dos habían estado juntos, asándose en el bar. El viento que largaba el ventilador de techo no tenía fuerza suficiente ni para alcanzar el suelo. Si alguien se ponía justo abajo, sentía algo de brisa, pero ellos eran dos. No había un solo alma en el negocio, así que Alarcón estaba limpiando su arma. Morel jugaba con un salero, lo hacía rodar. En toda la mañana, Pereyra no los había llamado a entrar. Últimamente andaba muy paranoico, y no quería salir del despacho. Los hacía quedarse cerca, de traje y mirando mal a todo el mundo. Se cagaban de calor.

En eso estaban cuando el ventilador se detuvo. No podía asegurar por qué se acordaba de eso, pero lo tenía muy claro. Escucharon un grito espantoso que venía de atrás y cuatro disparos al hilo. Los dos se pararon como espásticos. El salero rodó por el suelo mientras se precipitaban al despacho. Sin embargo, un segundo después de los disparos escucharon un grito de Pereyra:

-¡Quédense ahí!

Habían entrado al despacho y estaba vacío. La puerta oxidada que conducía al patio interno estaba cerrada y la voz venía de ahí. Se miraron un segundo. No sonaba como él. Pereyra tenía voz de mando. El tipo le podía infundir temor y respeto a una piedra. Pero el grito de recién era histérico, agudo.

Morel había empezado a avanzar hacia la puerta, pero Alarcón lo detuvo. Una parte de él creyó que mientras esa puerta se mantuviera cerrada los disparos no iban a tener nada que ver con ellos. Además era una orden bastante clara. Preguntaron si todo estaba bien, y Pereyra les dijo que sí, que volvieran al bar.

En la hora siguiente el calor pareció intensificarse. Se volvió una especie de pasta flotando en el aire. La gente ya ni siquiera pasaba por la puerta del local. Como era de esperarse, la pólvora había recorrido el barrio antes que los disparos. Finalmente se abrió la puerta del despacho y salió Pereyra.

Tenía el traje desaliñado y la camisa pegada al cuerpo. Sin embargo la mirada era fría y precisa. Lo primero que hizo fue notar la sal que se había desparramado al caer el salero y mirar a Alarcón, culpándolo. Se acercó y entonces pudieron notarle unas ojeras débiles naciéndole de los ojos. Cuando habló, lo hizo con su voz habitual. Había barrido todo rastro de histeria.

Les indicó que recogieran la bolsa que había en el patio trasero y la llevaran a la casa del vecino. Que la metieran en su auto y la llevaran al kilómetro ciento cuarenta por la ruta. Luego que doblaran a la derecha y enterraran todo a una distancia prudente. Como siempre, había sido conciso y no había dado lugar a segundas opiniones. Pedir que Morel no lo acompañara habría significado una larga discusión y mucho tiempo perdido.

Ahora estaban ya en la mitad de la ruta y no tenía sentido seguir haciéndose la cabeza con ello, pero no podía evitarlo. Oyeron un nuevo ruido golpeando la chapa inferior del automóvil. No faltaba mucho para llegar y lo mejor era mantenerse callados. Alarcón se aferró al volante y apuró el motor. La imagen de la bolsa parecía volver para cubrirle el cerebro una y otra vez.

Recordó nuevamente el bar. Al salir al patio, se habían quedado quietos un instante. Contra la pared del fondo, un paquete enorme de bolsas de consorcio se apilaba como basura. Era la primera vez que veía un muerto y la imagen se le había metido por la retina y empastado en la garganta. No había una gota de viento y todo parecía haberse detenido. El pasto crecido, las paredes de hormigón, la bolsa negra tiesa. Avanzaron hasta ella y permaneció quieta.

En el primer intento no pudieron levantarla. Había resbalado de sus manos y caído sobre la tierra con un golpe seco. Era increíble que pesara tanto. Volvieron a intentarlo y lograron empujarla por la medianera hacia la casa contigua. Luego la hicieron rodar hasta su auto. El dueño no estaba presente, pero sus llaves estaban puestas en el Ford viejo y, contra una de las puertas, estaba apoyada una pala. Era de suponerse que Pereyra hubiera arreglado las cosas antes. Terminaron encendiendo la máquina, y saliendo con un estrépito a la calle. Dos cuadras más adelante, la gente caminaba por la vereda sin prestarles atención.

“Basta” intentó decirse Alarcón, secándose la frente. Sentía que el oxígeno le achicaba los pulmones, comprimiéndolos. La ruta estaba vacía y el otro seguía mudo y recostado en la parte trasera del auto.

Entonces otro golpe resonó en la cabina. Morel bajó las piernas del asiento y se reclinó hacia delante.

-Qué. Carajo. –pausó entre cada palabra.

-No sé, no sé. Viene de abajo.

-Una mierda, viene de atrás.

-Se levanta una piedra y golpea, cómo querés que le de atrás.

-Yo estoy acá atrás, y te digo que no viene de abajo.

Otro ruido más. En realidad, no sonaba como una piedra.

-Viene del baúl.

-Callate cagón.

-¡Vos también lo escuchás!

-Te estás paranoiqueando.

-Lo que sea que nos dio Pereyra, se está moviendo.

-O hay algo suelto rebotando. Dejame manejar.

-Carajo

-¿Qué pasa?

-Te pasaste, mirá el kilómetro que estamos.

Ciento cuarenta y siete. Cierto. Alarcón le escupió un insulto al volante y clavó los frenos. Después de quedarse treinta segundos parados en la mitad del camino, volvió a cebar el acelerador y giró a la derecha, hacia pleno desierto. El auto se quejó cuando tuvieron que pasar la banquina para salir de la ruta, y junto a él escucharon otra vez el ruido fuerte desde el baúl.

Avanzaron callados durante algunos minutos más. Las piedras y saltos del camino taparon cualquier otro ruido que hubieran oído. Detrás de ellos se levantaba una enorme nube de tierra que los vendía como un estandarte, pero a ninguno de los dos se le cruzó avanzar más lento.

Finalmente creyeron haberse alejado lo suficiente. Alarcón detuvo el auto y clavó el freno de mano. Después salió del automóvil y esperó a que Morel, que volvía a estar tieso, terminara de salir. La temperatura parecía haber descendido unos grados.

Cuando estuvieron los dos detrás del Ford, intentaron escuchar algo más, pero todo se mantuvo callado. Alarcón miró a Morel que seguía pálido, e introdujo la llave. El baúl se levantó con un chirrido. El bulto seguía en su lugar, retorcido por el viaje pero completamente inmóvil, y despidiendo un tenue olor a polietileno.

Estiraron los brazos y la atrajeron hacia si. Entre los dos levantaron uno de los extremos fuera del auto. Luego fueron tirando de él, deslizando el cuerpo hacia fuera.

De repente la bolsa se movió. Morel dio un salto hacia atrás soltando las manos. Alarcón no soportó el peso y tuvo que dejar caer el extremo. Al hacerlo, el paragolpe trasero del auto rasgó el plástico negro.

Un segundo más tarde, por esa rasgadura asomaron dos manos que abrieron aún más el agujero. Morel gritó algo. La figura había terminado de salir de la bolsa y se había incorporado junto al auto. Alarcón dio un paso hacia atrás, tanteando estúpidamente por su arma, pero se detuvo. La figura que había salido del baúl era igual a él. En todo sentido. Misma nariz, mismos ojos, mismo pelo, misma altura. Tenía incluso el mismo puto traje y la camisa sudada.

Se quedaron absortos, mirándolo. Entonces la figura dio un salto hacia Alarcón y lo empujó al suelo. Luego embistió contra Morel. Era velocísimo, y tenía el rostro clavado en una mueca de locura. Su compañero intentó retroceder, pero el otro lo alcanzó al instante y lo levantó por los hombros, hundiéndole los dedos en la clavícula.

Alarcón intentó reincorporarse. No podía creer lo que tenía delante. El hombre era idéntico, como mirarse en un espejo deformado. Verlo levantar por los aires a Morel le resultaba fascinante, lo dejaba aturdido. Quiso copiar la expresión de frenesí que tenía su doble, pero no lo logró. Sin embargo logró pararse. Le dolían todos los huesos del empujón: el otro era demasiado fuerte. Se acercó hacia él por la espalda, mientras éste empujaba a su compañero hacia el suelo y le quitaba las manos del hombro.

Alarcón sacó el arma y le apuntó a la figura. No le temblaban las manos, sino todo el cuerpo. Era la primera vez que intentaba disparar su arma contra alguien. Vio a su propio cuerpo reunir las manos sobre la cabeza y tomar impulso para aplastarle el pecho a Morel. Y luego vio a su propio cuerpo desplomarse hacia un costado, su propia mueca vacía al ser atravesado por dos agujeros en el cerebro.

Morel gritó nuevamente, y empujó el cuerpo lejos de sí. Alarcón dejó de temblar y se guardó el arma en la cintura. Dio un paso hacia delante y observó el cuerpo.

Ya no se le parecía en nada. La figura había tomado ahora una contextura como de arcilla, sin ningún tipo de rasgo en la cara más que los dos agujeros que había abierto su arma. Se quedó mirándola durante unos minutos, mientras Morel intentaba dejar de sacudirse y se levantaba.

El cuerpo, nuevamente tieso, se confundía con un cúmulo más de tierra en el desierto. Aparte del rostro, tenía una sola herida de bala en el pecho. Parecía que de los cuatro disparos que habían oído en el bar, Pereyra había errado tres. Para asegurarse, Alarcón volvió a sacar su arma y terminó de vaciarla en lo que parecía la cabeza y el cuello del pedazo de arcilla.

Después fue hasta el auto, sacó la pala y se la tiró a Morel, que parecía en shock.

-Era igual a mí, era idéntico.

-De qué hablás, Morel. Era igual a mí.

-Yo lo vi de cerca, era un calco mío.

-No jodas, querés. Laburá.

Morel empezó a cavar, y cada diez segundos miraba que el cuerpo siguiera inmóvil.

-Che... carajo, gracias por lo de ahí.

-Está bien

-En serio te digo

-Está bien.

Alarcón lo miró trabajar otra media hora. No sabía qué era lo que habían llevado hasta allí, pero lo iban a enterrar profundo. Cuando el pozo estuvo listo, ayudó a salir al otro y empujaron el cuerpo de arcilla hacia dentro.

-Morel, sabés qué pienso. Pereyra nos mandó con semejante fardo y ni siquiera pudo matarlo del todo.

-Ajá.

-Y somos los únicos que lo bancamos ¿ves? Y aún así nos mandó con eso en el baúl, sin una puta advertencia, nada.

-Cierto…

Alarcón se secó por doceava vez la frente.

–Buen. Ya vamos a ver qué se puede hacer. Tapá el pozo, querés.

Volvieron en el auto y Morel se sentó a su costado, aunque estaba tieso. Alarcón condujo en silencio, pensando a mil por hora. Se sentía lúcido, como si con los disparos hubiera matado a una parte de sí que lo venía demorando. .

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Ya no hay hombres

Por un segundo, los dos viejos se quedaron callados, como recuperando el aliento. Acababan de terminar una conversación larga, que en realidad ya habían tenido muchas otras veces. El gordo sorbió lo último del café negro, como para hacer algo, y después se limpió la boca con un pañuelo de tela.

En eso entró una pareja de adolescentes, muy pegados, que se fue a sentar del mismo lado de una de las mesas del fondo. El gordo se sintió como renovado..

-Miralos a estos, Jorge, recién arrancan.

-Ajá… Se ve que lo tratan bien al muchacho

-Lástima que ahora es tan así la cosa

-Aprietan en cualquier lado

-No, no. No es eso. Por mí si se quieren desnudar acá, adelante. Lo que me jode a mí es que ni se conocen, Jorge, ni se conocen.

-Yo los veo explorando bastante

-En serio te digo. Los pibes se cruzan dos minutos en la calle y es todo lo que necesitan. Con la calentura que hay hoy en día, se saltean hasta el saludo. Antes no era así. Antes teníamos todo un proceso, un acercamiento paulatino, un lugar que daba pie a la imaginación.

-El cortejo

-Tal cual, y de antes del cortejo también. Esas cosas hacían a las minas lindas, mucho más lindas. Y a las hermosas te las hacía inolvidables. Ahora todo eso se perdió.

-Sí, puede ser.

-¡Claro! Mirá, vos me conocés bien, sabés que yo tuve mis tiempos de galán. No verseo.

-No, gordo. Un playboy no, pero tuviste tu racha.

-Mah, qué racha. Estuve con más minas que unos cuantos. Pero así todo, me sigo acordando de cada una. Me acuerdo de mi primer mina como si nunca la hubiera dejado

-Es que teníamos nuestros tiempos para conocerlas

-Tal cual, tal cual. Escuchá, se me vino toda junta. Era una castaña con una carita así, redonda, y unos ojos claros que te desarmaban. Yo me la pasaba mirando, a cada rato libre que tuviera, soñando

-De dónde la conocías

-¡Ni me junaba todavía!, pero yo sentía que la conocía a fondo de leer su muro, y de mirar sus fotos. A esa edad me venía bárbaro el tema de las fotos: el poder quedarme diez minutos mirándola a los ojos sin tener que preocuparme por articular alguna conversación interesante. La verdad es que me encantaba.

-Está, pero de dónde la habías sacado

-Y qué se yo. Era amiga de un amigo, creo. La página me la había recomendado como “gente que quizás conozcas”. Y fue la única vez que sirvió para algo esa función. Primero empecé mirando las fotos, pero de a poco empecé a leer las cosas que escribía, los chistes que hacía con sus amigos. Después, leyendo su información de contacto, ví que teníamos gustos de música muy parecidos, y de películas también. Todo eso me fascinó más. Quería siempre mandarle la solicitud de amistad, viste, pero no me animaba

-Querías estar preparado

-Sí, pero además estaba cagado. Si me ignoraba la solicitud, yo quedaba como un necesitado, un gil. Y al final de cuentas, no mandarle nada era perderme la única oportunidad que tenía. No me terminaba de decidir, y entonces un día ella restringe los permisos de su página, y ya sin ser “amigo” no podía ver más su muro. Fue el empujón que necesitaba: puse mi mejor foto en el perfil, y le mandé nomás la solicitud.

-Qué buen momento que era ese, cuando ya habías apretado el botón y lo que faltaba era ver cómo respondían del otro lado. Igual, gordo, lo de poner la mejor foto es medio de nabo.

-Sí…. Estaba hecho un nabo. Y después fue peor, pero al menos al principio funcionó. Tuve unos días de silencio y después me apareció el mensaje de que me había aceptado. Fue increíble, tenía el ego por las nubes.

-Pero tenías que empezar a hablarle

-¡Lo que era eso! Sacar de la nada misma algún motivo para hablarle aunque no te la hubieras cruzado siquiera. Decidí que lo mejor era ser directo, avanzar de una.

-Qué grande

-Sí, y la piba picó. Más o menos. No te puedo explicar la sensación cada vez que saltaba el aviso de “mensaje nuevo”. Vivía pegado al monitor. Pero ella también. En esa época, teníamos esos monitores de cómo cuatro centímetros de ancho.

-Cierto. Duraban una barbaridad. Hoy en día lo que venden está todo hecho para el carajo y se te rompe a los cinco días.

-Cierto. Che, me pido otro café

-Dale. ¿Pero en qué quedó todo? ¿La llegaste a ver cara a cara?

-¡Claro! Era hermosa… Estuvimos saliendo tres meses, que a esa edad es como una vida, tan pendejo era. Pero ya no era lo mismo. No estaba ese vértigo de elegir cada palabra de cada mensaje, como si estuviera jugando un ajedrez. A los dos meses ya los dos estábamos cambiando y no escuchábamos la misma música ni nada. Le corté un día antes de irme con amigos de vacaciones a Gesell

-Acá el café es muy bueno

-Pero ya nada me saca esos días de tenerla ahí, sonriéndome a través de la internet, con ese brillo particular.

-Muy bueno

-Y ahora los pibes ya no tienen nada de todo eso. Se ha perdido el espíritu, la esencia de lo que es conocer a una mujer. Se abalanzan los unos a los otros, y cada cual sigue su camino como si nada importara.

-Ya no hay hombres

-Tal cual

-Pasame el diario.

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El otro Prometeo (última versión)

Su grito se esparció por la plaza vacía. Supongo que en parte era eso: que yo me entretuviera mirando la cantidad de gente que había mientras ella trataba de hacerme un planteo. Pero los motivos principales, o los esgrimidos al menos, giraban en torno a lo rutinario de la relación y a mi obsesión con el trabajo. En realidad, pocas cosas me podían aburrir más que aquello.




Sentí el frío de una diminuta gota de su saliva chocándome el rostro. ¿Tenía que soportar todo eso? Jamás había sido del tipo impulsivo, del tipo que explota en aullidos e insultos y se marcha pateando un banco de hormigón. Por su parte, era lo que ella estaba esperando que yo hiciera: un poco de locura, algo más inestable que amar y cosas del estilo.

No lo hice. En cambio alcé la mano y me sequé su saliva con la manga. Mi problema no era la obsesión con el trabajo. Lo que pasaba –y no sabía cómo hacérselo entender- era que menos estaba obsesionado con ella. Es decir, estaba muy bien la relación y todo el asunto, pero siempre había algo para poner por delante. El arte, y el laburo, eran claros ejemplos.

Yo era una especie de periodista de arte. El término “crítico” me quedaba grande: nunca había asistido a estudios formales. De todos modos, prefería mantenerme alejado de ese mote. En otra época había tratado de crear algo decente sin lograrlo ni una vez. Ahora, andar destripando a otros intentos se me salía del molde, pero trataba de encontrarles al menos algún enfoque diferente. El periódico que me pagaba parecía bastante conforme con mi dedicación a ellos, y punto final.

Pero ella seguía gritando mientras arriba de los árboles el cielo se le iba manchando de gris y azul oscuro. Ahora además lloraba, y algunas nubes se agrupaban hacia el norte. De repente, se oyó un fuerte chasquido, seguido del ruido de un generador tomando potencia. Con él, las luces de la plaza empezaron a ir de apagadas hacia un amarillo intenso. Todo parecía adoptar un perfil diferente bajo esa nueva luz. Finalmente se terminó de ir el día, y yo aún la tenía a ella repitiéndome por cuarta vez los mismos argumentos y planteos. Parecía necesitar decirlos muchas veces para entenderse a sí misma. Los postes de luz estaban hechos con una clásica esfera blanca de vidrio, dentro de las que se podía ver un resto de insectos muertos que se habían seducido demasiado con la electricidad. Entonces ella también me pareció distinta con la noche. Pensé que nunca antes la había realmente mirado. Los faroles de luz y de moscas la mostraban totalmente desaliñada, como si un desquiciado la hubiera desarmado y rehecho con trozos de fotografía. El llanto la había transformado en una suerte de mancha de Rimel, la hacía grotesca.

Tuve que quitarle la mirada. De pronto, algo más llamó mi atención. A mi derecha, casi al final de la manzana, una nueva lámpara se había encendido. A diferencia de las demás, era de brillo blanco e iluminaba desde el suelo. Lo que fuera a lo que apuntaba, me lo estaba tapando una enorme araucaria, pero me extrañó que nunca antes lo hubiera notado. No era la primera vez que nos juntábamos allí. Justamente algo sobre visitar siempre los mismos tres lugares era de lo que ella estaba hablando en ese momento.

-Basta, Julieta, callate.

Lo solté, y no había sido en un momento cualquiera. Me fascinaba la manera en que podía dominar ciertas cosas, y una de ellas eran mis conversaciones con Julieta. La calma y el instante en que lo dije bastaban para cortar con todo: los gritos, el llanto y la relación. Y bastaron. Sólo me tenía que quedar mirándola unos instantes a los ojos, dándole tiempo a que digiriera de a poco.

Me insultó, y no dejé de mirarla. Después se fue, y mientras la veía irse podía imaginar todos los portazos que le habría gustado dar: algunas cosas necesitan morir melodramáticamente. En realidad, no puedo decir que no la quisiera. Me dejó ahí estacado sobre la piedra naranja, tragándome también yo lo que había pasado.

Pero ya me había inundado de esa imagen deforme suya. Ese último –no lo sería- ataque de locura que se adueñó de su rostro. Así que no pude velarla demasiado. A decir verdad, hubo algo más que me arrancó de ese suelo: una luz blanca.

Lentamente, empecé a caminar hacia aquel rincón a mi derecha que me había llamado antes la atención. A través del gran tronco se comenzó a asomar un perfil de piedra fría.

Una estatua de mármol reflejaba la iluminación de la plaza como si fuera propia. Conforme los contornos y líneas iban apareciendo, me costaba más y más trabajo pensar en Julieta. De algún modo, cuando me detuve justo frente a la escultura, ya no podía recordar ni por qué había llegado allí. El rostro grotesco de aquella había sido guardado, o desechado. Pero a mí me daba lo mismo.

Después de ver cientos de otras obras, en silencio había comenzado a desconfiar de la existencia de ese vínculo entre artista – espectador que tantos proclamaban. Sin embargo tenía que ser esto. La fuerza que la figura irradiaba frente a mí me encegueció por unos segundos, y luego se me amoldó a la perfección.

Cada uno de los cincelazos parecía haber sido dado con la precisión de un genio y a la vez hechos para que tomaran sentido en conjunto. Se trataba de un hombre gritándole a la noche, arrodillado, con sus pies y manos encadenadas a algo más. Los dedos estaban cerrados en puños demasiado detallados, con una desesperación agobiante. Tenía el torso desnudo y de alguna manera se veía imperfecto, pero sin romper la armonía explosiva de la obra.

Fascinado, me acerqué aún más y palpé las rodillas. No podía explicar dónde estaba el punctum de la estatua, el foco donde todo lo demás se resumía y potenciaba. Más bien sentía que toda en sí era una enorme potencia, un grito hecho de piedra. A uno de los costados, noté una placa. Estaba hecha de un bronce viejo que confirmaba que la estatua estaba allí hacía tiempo, y recién ahora se me revelaba. Sólo contenía el título: “El otro Prometeo”. La firma del autor figuraba más abajo, tallada en el mármol, pero era ilegible.

Dándome tiempo, miré al Prometeo desde todos los ángulos. Estuve así una hora, intentando comprender un poco más ese efecto estupidizante que había tenido en mí. Luego, aún aturdido, me marché hacia mi casa.

En los días que siguieron terminé algunos de los artículos que le debía al periódico. Mi velocidad de trabajo había disminuido mucho. Me costaba centrar mis recuerdos en las otras obras que debía revisar. Aún quería investigar sobre la estatua de la plaza, que de algún modo me había afectado más que cualquier otra pieza anterior. Además, debía acostumbrarme a mi nueva vida sin pareja: los pequeños excesos que hacían a su ausencia.

Cuando ya llevaba una semana entera de todo eso, necesité hacer un alto para pensar un poco. Largué las redacciones y me recosté boca arriba, pero entonces la voz de Julieta irrumpió en mi teléfono. Me insultó a través de la contestadota, y me exigió que le devolviera algo. A la hora llamó disculpándose.

La misma perorata comenzó a repetirse diariamente. Con cada uno de esos llamados, sentía que me importaba un tanto menos. Lo que realmente me haría bien sería concentrarme en mi propio desorden, no en el suyo. Ya no podía comprender cómo había estado tanto tiempo con ella, cuál fuerza me había cegado ciertas obviedades.

Finalmente, en la segunda semana recibí un llamado diferente. Era de un amigo del periódico, un fanático de los registros. Le había pedido si podía averiguarme algo de “El otro Prometeo”, y así lo había hecho.

-El autor es un tal Morel. No aparece casi en ningún lado, ¿sabés?, pero parece que tiene un estudio en Almagro.

-Fantástico, Lautaro –le dije-, te la debo. Este tipo es genial, le tengo que hacer una entrevista o algo. ¿La dirección bien la encontraste?

Cuando corté, desconecté el teléfono. Estaba harto de oírlo sonar y de que la contestadora siguiera escupiendo la voz grabada de la otra. Aún no era el mediodía así que decidí comer algo y luego salir hacia el estudio del escultor.

Me vestí y mientras lo hacía los ojos y los dientes crispados de la estatua volvieron a darme ánimos. Salí ya de tarde y me tomé un colectivo. Me sentía excitado e infantil. Bajé en Almagro y tras caminar algunas cuadras me encontré con la entrada a un gran galpón. Yo era pequeño ante esa puerta, y todo lo que tendría detrás. Toqué un timbre oxidado. Esperé.

Luego de quince minutos y un segundo timbrazo (¿funcionaba?), escuché a alguien quitando las trabas de la puerta. Por fin se abrió la chapa y por un segundo vi a una persona de delantal gris manchado de blanco. Algo de la fuerza del Prometeo descansaba en la postura de ese hombre. Pero cuando levanté la vista hacia su rostro, lo olvidé.

La piel se le hundía y brotaba en surcos y ángulos vivos. Toda la cabeza era del color rojizo de la carne, pero como apagada y árida. Lo que más impresión me causaba era la ausencia completa de pelo y de nariz. Detrás de todo eso, aún estaban dos ojos serenos –tanto que parecían pertenecer a alguien más- mirándome y esperando algo.

Traté en un instante de poder retener esa imagen en mi cabeza: racionarla y aceptarla de a pedazos, sobreponerme a la sorpresa como haría un hombre adulto. Sabía que mi silencio era insultante, pero una especie de instinto me congeló la boca durante tres segundos, que fueron más que suficientes.

-Bueno, qué pasa. –dijo el hombre del rostro quemado. En realidad, no había enojo en su voz, sólo costumbre.

-¿Usted es el artista Morel?

-Tal cual, qué sucede.

Ya estaba listo para tenderle la mano y sonreírle como si fuera a la persona más normal del país, pero no lo hice. Era exactamente lo que hacía ante todos mis entrevistados, pero en ese momento me habría hecho sentir un estúpido. No quería negar que el otro estaba allí, delante mío, con la cabeza calcinada.

-Perdone. No me lo esperaba.

El hombre se tomó un segundo y pareció asentir. No había resultado mal.

-Mi nombre es Fabián Gardenas. Soy periodista. Venía para ver si podía hacerle algunas preguntas sobre su trabajo…

Lo ojos me dieron una segunda mirada: -Ah. Qué raro che. Sí, sí, pasá.

-Si quiere podemos arreglar para otro momento.

-No, ahora tengo tiempo libre, entrá –me dijo corriéndose hacia adentro. Lo seguí mientras buscaba en el bolsillo mi anotador. El galpón por dentro era frío, y todo el suelo estaba cubierto de un polvo blanco. De manera casi laberíntica, montones de figuras de yeso y piedra se dispersaban sin ningún orden. En todas se podía notar la mano de Morel, pero ninguna parecía causarme ni remotamente la atracción que me había producido el Prometeo. La mayoría, además, estaban inconclusas.

-Vení, seguime. –Morel me guió hacia la otra punta del galpón, donde tenía una especie de cocina y lavadero levantados con Durlock. Las huellas que se iban marcando en el suelo blanco demostraban que ese era el mismo camino que hacía siempre. Hacía tiempo que no se acercaba al resto de sus obras. Luego, se metió en el lavadero y salió con dos sillas plegables de tela.

Me senté y esperé mientras Morel calentaba una pava de agua. Su silla estaba junto a una pequeña escultura de una mujer en sobretodo que miraba hacia delante. Por un momento creí que tenía un aire a la Venus de Botticelli, con el pelo y la ropa soplados por Céfiro, pero me di cuenta que a lo que en realidad me hacía acordar era a Julieta. Cuando el artista volvió, colocó a sus pies la pava con agua y me obligué a dejar de prestarle atención.

Durante cerca de una hora me dejó hablar a mí. Le expliqué quién era y cómo había conocido su obra. Pareció incumbirle especialmente mi interés por la estatua de la plaza. Él tomaba mate lentamente y contestaba una a una todas las preguntas. Su boca, al hablar, se movía con dificultad, y lo hacía parecer una máscara. El contraste entre el rostro sulfúrico y la calma de sus acciones era insoportable. Traté de concentrarme en la entrevista, pero lo cierto es que apenas atinaba a hacer las preguntas básicas de relleno. Formación artística, influencias, otras obras, esa clase de cosas. Al parecer “El otro Prometeo” era la única obra que había alcanzado cierto reconocimiento. Todo lo demás lo había vendido a aficionados y especuladores. La idea de que su fracaso estaba ligado a su piel deforme me resultó casi una seguridad.

Cuando se me acabaron las preguntas generales se produjo un silencio. Morel tomaba mate, y yo simulaba releer algo en mi libreta.

-¿Cómo le ocurrió? –largué de repente.

-La cara decís

-Sí…

-Y el resto del cuerpo también. Algo habrás ojeado debajo de las mangas.

-No, no me fijé. Si prefiere no hablarlo me dice.

-Está bien, no es mucha historia. Se quemó mi casa.

-Ah…

-Sí.

-Cómo…

-No sé. Dijeron que fue intencional. Se supone que fue mi mujer.

Lo decía con calma, pero no lo tenía asumido. Más bien parecía no poder hablar de otra manera. Yo no quería ahondar, pero me sentí obligado.

-¿Cómo es eso?

-No sé cómo es eso. Estaba durmiendo y desperté en llamas. Ni el humo ni el aire: me despertó directamente el fuego. Ella murió en el mismo incendio.

La historia tomaba un matiz terrible salida de ese rostro quemado.

-¿Y no existe alguna otra explicación?

-Yo me pregunto lo mismo

-Ah

-¿Quiere saber algo? –dijo, pero en vez de continuar se quedó esperando a que yo contestara.

-Dígame.

-Todas las noches sueño que estoy bien, que nunca sufrí ni un rasguño. Toda la piel lisa y radiante. Pestañas, todo… Después algo siempre combustiona: Algunas veces papel, o el suelo o el aire, a veces el aire. Ni siquiera sé de antemano que eso va a suceder, y entonces no puedo evitarlo y el fuego me alcanza. Cada noche revivo todo: el ardor, la agonía, el ruido crepitante y el olor de mi carne encendida. Veo y siento cómo voy perdiendo todo otra vez. Después me despierto y mi piel sigue en aquel sueño ¿entiende?, me cuesta discernir cuándo termina la ilusión y comienza el día. Una vez o dos, todas las noches.

Nos quedamos en silencio. Morel no esperaba que yo le contestara. Mientras imaginaba nuevamente su sueño, sentí que la garganta se me comenzaba a cerrar. Creía comprender ahora que la actitud del artista no era de calma sino de cansancio. El hombre estaba seco como la piel que llevaba encima. Me había hecho conocer una mínima parte de eso, y había sido como un traspaso, un golpe directo al hígado.

Con algunas palabras corté la entrevista. No soportaba más estar cerca de esa persona. De pronto me repelía más allá de su aspecto. Sin mostrar ninguna clase de sorpresa, me guió de nuevo hacia la salida. Lo hizo despacio, con la lentitud con que hacía todo. Mientras lo seguía, la mirada de las estatuillas de piel de yeso y mármol –obsesivamente pulidas hasta dar con el liso exacto- me deprimió aún más.

Afuera ya era de noche. Me despedí y partí a paso rápido. Tenía la necesidad de acelerar un poco los músculos de las piernas. Morel me había dejado en parte angustiado y en parte asqueado. La fuerza de su Prometeo se me hacía ahora maravillosa y ridícula, como un monumento a las cadenas más que al dios griego. No podía dejar de pensar en el artista despertando una y otra vez, reviviendo lo mismo todos los días de su vida.

Tomé el colectivo y, sentado, pegué la cabeza a la ventanilla. Fijé la vista en la imagen de la calle junto a mi propia mirada reflejada durante todo el viaje. Poco a poco, la idea del incendio empezó a afectarme menos, hasta que logré controlarla. Cuando finalmente bajé del colectivo, aún me sentía tocado y vacilante –casi acobardado-, pero ya mucho más tranquilo que al principio.

Sin embargo, al llegar a mi edificio, sentí otra sacudida. Julieta acababa de salir por la puerta principal, y nos cruzamos en la calle. Cargaba una caja de embalaje y ya no se veía deforme. Era tan solo ella, aunque nerviosa y sin ganas de verme.

-Hola

-Hola.

-Vine a llevarme mis cosas, Fabián.

“Ya se ve”, pensé, y dije: -Ah, está bien. Me parece bien.

-Bueno, me voy.

-Sí, sí, está bien. –hablaba como borracho. Ella empezó a moverse.

-Pará un segundo Julieta. Eh… me porté mal con vos. Perdoná que no te contesté las llamadas.

-Qué querés que te diga –me dijo luego de unos segundos. Lo peor del asunto era que se viera tan bien como cuando la había conocido.

-Nada. Dejame las llaves.

Lo hizo y se apuró en marcharse. Por segunda vez me dejó pegado al suelo durante unos minutos. La noche me pasaba silenciosa por el cuello.

Subí a mi departamento y ni bien entré solté el anotador y la ropa hasta quedar con el torso desnudo. Luego me dejé caer en la cama sobre las arrugas frías de las sábanas. Julieta había dejado todas las puertas cerradas, para que no notara lo que se había llevado. Pero no me importaba. El cuarto parecía empequeñecido, y con una quietud asfixiante.

Me desabroché el cinturón y lo dejé caer a un costado. El ruido irrumpió en mi cabeza, como venido desde un lugar lejano. Miré el reloj: dentro de unas horas, Morel empezaría a soñar con su fuego. Comencé a hablarme un poco de Julieta y no pude decidir si habíamos cortado en la plaza o recién en la calle. Luego pensé en las demás mujeres con las que había vivido la misma historia. Como siempre, sentía que esta última vez había sido diferente. Los rostros se sucedieron hasta que un sopor denso le ganó a mis recuerdos y me quedé dormido.

Desperté, sin embargo, una hora más tarde. Sentía la garganta aplastada. Di media vuelta sobre mí mismo y vomité a uno de los costados de la cama. El aire estaba enrarecido. El olor a gas era insoportable.

Me incorporé con algo de dificultad y abrí una de las ventanas. Tosí hasta que recuperé el aliento, y luego miré hacia la puerta de la cocina, que permanecía cerrada. Agarré una de las almohadas, me la llevé a la nariz y me dirigí hacia ella.

Al abrirla, una ráfaga de gas se me vino encima, sobrepasando la tela de la almohada e inundándome los pulmones. Perdí el equilibrio y me tambaleé hacia delante. La imagen de la mano de Julieta abriendo las hornallas me dio vueltas en la cabeza.

No podía ver bien, ni encontrar la fuente de la pérdida, pero podía oír su susurro. Sentí el impulso de alejarme de él. Toda la cocina se había convertido en ese ruido sibilante.

Retrocedí como pude, pero al abrirme paso topé con algo. No puedo asegurar que era –tal vez la radio, tal vez otra cosa-, pero lo vi caer lentamente al suelo y allí romperse en pedazos y chispas de fuego.

No sé cuáles fueron mis pensamientos mientras oía la fuerza de la explosión. Tal vez el rostro grotesco –el otro, el deformado- de Julieta.

Caí en un lugar oscuro, y aún más solitario.


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Esa mosca

El autor había discutido con un amigo de la facultad sobre los caracteres y pormenores de la predicción. Sentados lejos de la televisión, estaban tomando un café y él sostenía un diario abierto en casi la última página.




-Son todas boludeces, Juan. –le había dicho con un cigarrillo apagado en la boca.

-Te digo que no son boludeces. De pibe teníamos un campo, a unos kilómetros de Juárez. Absolutamente todos los animales sabían uno o dos días antes que los íbamos a matar. No sabés cómo se pone un cerdo.

Apoyando el diario, había prendido el cigarrillo negando con la cabeza. Alisó la página que acababa de ojear contra la mesa y, sacándose el cigarrillo de la boca, señaló una sección con una bocanada de humo.

-¿Y eso? Supongo que teniendo el místico don de la adivinación, tercer ojo, o como se te cante llamarlo, un flaco no va a poder hacer mejor cosa que escribir un horóscopo impreciso en el diario local.

-Qué se yo quién escribe el horóscopo, che. Además lo que yo te dije son los animales. Los hombres con un tercer ojo nunca pueden ver su propio futuro.

-...dios es un sarcástico, eh? –le había respondido segundos antes de que la conversación se diluyera en café, cine y mujeres.

Esa noche, el autor se sentó en frente de la máquina de escribir con una taza en la mano. Descansó los dedos sobre las teclas, y perdió la mirada unos instantes en la blancura amarillenta del papel, y mientras lo hacía, se preguntó cuál sería su reacción si pudiera predecir su propia muerte. Cómo sería conocer de antemano cada palmo del torbellino, y del trayecto final hasta su centro.

Recordó las palabras en el café, sobre los hombres y los animales, y descartando este y aquel personaje, comenzó a escribir:

La mosca se posa un segundo en el alfeizar frotando sus patas ávidamente y atraviesa la ventana abierta, introduciéndose en la oscuridad cálida de la habitación. Siente el fuerte hedor de la comida, cerca, muy cerca, y comienza a volar trazando su impredecible trayectoria, sus círculos y diagonales incomprensibles. Finalmente, encuentra el resto de tarta despreciado en la parte más alta del tacho de basura, y allí se detiene.

Justo después, la habitación se ilumina fuertemente y una puerta se abre, dejando pasar a una figura oscura, enorme. La persona cierra la puerta tras de sí, luego la ventana, y se sienta en una silla a escribir en un papel.

De repente, una sensación recorre el centímetro de cuerpo de la mosca, agitándola y angustiándola. Una electricidad impulsiva, más fuerte que su lógica de garabateo aéreo, más fuerte incluso que la comida en gloriosa descomposición, le dice que algo viene mal. Sabe que peligra su integridad física, sus alas, su boca, sus patas, su vida entera. Y movida por el temor salta del tacho de basura en busca de la salida de aquel lugar.

Irónicamente, tras el tecleo de ese último punto, el autor escuchó el zumbido de una mosca golpeteando contra la pared a su derecha. Entre divertido y asustado, recogió el diario, lo hizo un rollo y aplastó al insecto, reduciéndolo a una mancha más.

“Esa mancha –pensaba- se ha matado a sí misma. Lo único que tenía que hacer era quedarse quieta y no la habría escuchado”. Luego se sentó y continuó:

Entrando en la desesperación, la mosca golpea enérgica contra la transparencia infranqueable del vidrio, sin entender qué es lo que le impide alejarse de aquella habitación letal. Y al hacerlo, llama la atención del hombre que, perdido en sus palabras y letras, no la había visto.

El hombre se acerca con paso decidido hacia la ventana, y la abre, permitiendo que la mosca deje de rebotar tristemente y pueda salir al aire puro. Y mientras la observa partir, con las manos apoyadas en el alfeizar, disfruta unos segundos de la brisa en la cara. Unos instantes más tarde, sufre un ataque al corazón que le deja vivir menos de un cuarto de hora.

Tras terminar aquella oración, el autor quitó la hoja, la releyó, y luego miró preocupado la mancha en su pared blanca. No sabía con exactitud si él había asesinado a la mosca, o si se había salvado la vida. Ni tampoco si iba a poder limpiar la pared con un trapito.

Lentamente, desenrolló el diario para ver el horóscopo, pero estaba todo arrugado y los restos de insecto le impedían leer el suyo.


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El pasillo verde

-Vení, es acá –dijo, pero yo estaba concentrado en mandarle un mensaje de texto a Lucía y cuando levanté la mirada ya había desaparecido completamente de mi vista. Quedé solo en uno de los pasillos, acompañado por el murmullo de las plantas. La florería era gigantesca, se introducía en la manzana mucho más de lo que uno podría suponer con un primer vistazo a la fachada. Un pequeño mostrador de caoba coronaba la entrada, con algunos papeles sueltos y una caja registradora antigua. Detrás, largas hileras de potus, kentias y afelandras se extendían hasta el final del local. Las hojas se inclinaban hacia los pasillos y los angostaban aún más de lo que ya eran. Siguiendo un diseño de cuadrícula, cada algunos metros un pasillo cortaba horizontalmente.




-¡Eh! ¿Dónde estás? –aposté en voz baja, sintiéndome un ridículo por haberme desorientado. Tras unos segundos de silencio di el primer paso y busqué a la vendedora, intentando levantar la cabeza por sobre las plantas. Tenía las piernas saturadas de calambres, completamente agotadas de haber estado caminando desde hacía horas y no me hacía gracia tener que dar un solo paso de más ni buscar a nadie. Ponerse en puntas de pie era ya bastante, pero apenas si podía otear un panorama verde que cubría la totalidad del negocio. No me quedó otra que empezar a caminar, a paso rápido, por entre los pasillos sembrados.

Lo que realmente me molestaba era el “sí, creo que está”. Richmond Red. Y la seguridad de que una vez que encontrara a la vendedora me pondría una cara inocente de “no, al final no la tengo”. ¿Podía ser que nadie tuviera la bendita flor? De los minoristas del barrio al mercado de las flores, y después a un par de cementerios para terminar, gracias al dato del viejo (ciego) que atendía un puestito, en este lugar. Me habían bombardeado toda la mañana con jaquinis, reyes de la selva, antorchas blancas; incluso rosas y fresias. Explicaciones místicas sobre el poder espiritual de la muscari coeleste, y de lo romántico que puede ser regalar una cheflera. Pero ni una Richmond Red. ¿Era muy difícil de entender? La flor se ajustaba con el rostro de Lucía, con los labios y los ojos terriblemente claros. Sus manos bajarían el tallo pasando los pétalos desde su frente hasta la boca. La olería durante unos segundos y sonreiría de a poco, no demasiado, con un arco perfecto. Luego se mordería el labio inferior, y me miraría (qué importa cuánto tiempo). Esa flor era para ella. El rojo fuerte, los bordes cetrinos, el tallo larguísimo de regalo perfecto.

Tras unos segundos llegué a la primera transversal y decidí tomarla. Llamaba cada algunos pasos a la vendedora que parecía realmente haber desaparecido entre la densidad verde de las macetas. Aceleré, intentando sobreponerme al dolor en los muslos y esperando toparme de repente con la figura de la dueña. El dolor, de algún modo, comenzó a dejar de importarme ante la perspectiva de conseguir finalmente lo que había estado buscando toda la mañana.

Saqué el celular y lo miré. Era extraño que Lucía no me hubiera contestado el mensaje. Pensé que quizás no había suficiente señal, aunque el bicho mostraba perfecta recepción. Un tanto ofuscado, lo bloqueé y lo guardé en el bolsillo trasero de la bermuda. Sin notarlo me incliné hacia la derecha, ayudado por el dolor en las rodillas, con la precisión exacta para clavarme un cactus piccolo que descansaba a la altura de la pantorrilla. El pinchazo fue agudo y me doblé al instante para agarrarme la herida, pero no exhalé más que un quejido pequeño, como si quisiera ocultarme a mí mismo la estupidez. La espina se había clavado unos dos centímetros y sostenía una brillante gota de sangre que no terminaba de precipitar. Entonces, en la posición en la que estaba, pude ver a una silueta desaparecer por un pasillo a mis espaldas. Me terminé de clavar las uñas en la pierna, intentando distraer un poco la pinchazón, y me incorporé hacia ella.

-¡Eh! –llamé mientras volvía sobre mis pasos. Después de clavarme la aguja (en realidad, después de haber estado toda la mañana caminando entre florerías), las plantas comenzaban a resultarme un verdadero estorbo. Parecía como si se hubieran inclinado aún más hacia el pasillo. Al pasar rozaban mis brazos y después quedaban balanceando por el impulso, como si corriera una brisa insulsa. Empujando con bronca la hoja de una cinta, llegué a la esquina y doblé. Nuevamente no había rastros de la vendedora, aunque quizás aquello que doblaba a lo lejos era su pelo.

Empecé a caminar con paso firme y los brazos tiesos a los costados, poniéndole el pecho a los tallos y las hojas que interferían el pasillo. El punto en mi pantorrilla sangraba con una lentitud constante y perturbadora. Cada dos o tres pasos, me dolía. Intentaba contener las ganas de insultar a la dueña pensando en los ojos, en los labios de Lucía. Al fin y al cabo, nada de eso era demasiado para ella, por ella. Antes de la tarde, iba a conseguirle una Richmond Red.

Nuevamente llegué a una intersección, y tuve que correr una maceta con una enorme beucarnia para avanzar. Me pareció ver la silueta más adelante, así que mantuve el paso firme. “Beucarnia” –pensé, y comprendí que haber estado buscando la flor toda la mañana me había redituado más que algunos puntazos musculares. El día anterior no la podría haber diferenciado de un mero Ficus. Ahora me sentía un botánico aficionado, aunque perdido en mi propia colección, y con un poco de odio despectivo con la clorofila.

De repente escuché a la puerta del local deslizándose. Resonaba lejana, casi en un eco, pero el viento que comenzó a correr a través de ella se extendió al instante. Las plantas se agitaban ahora no sólo por donde yo había pasado, sino que también hacia delante y los costados. De todos modos, la suma entre el ruido de las hojas y el viento en la cara era suficientemente refrescante. Pude ver, entre el movimiento verde, la espalda de la vendedora alejándose despacio.

Agobiado, aparté los tallos de una fatsia que se me venía encima e intenté alcanzarla. Tenía que ir moviendo los brazos en arco, empujando las plantas que se cruzaban en el camino o no me dejaban ver bien. Las hojas me golpeaban la cara y el pecho, dejándome un olor a savia que me invadía los pulmones. Tuve que inclinarme hacia delante para poder penetrar mejor entre los troncos y los arbustos. Mis piernas comenzaron a redoblar su quejido, como si estuvieran a punto de tirarme al suelo en cualquier momento. La herida de espina ya no sangraba, pero continuaba latiendo cada uno, dos, tres pasos. Más allá podía ver el pelo de la mujer danzando entre enredaderas. Pero llegué entonces a un sector de densas lianas y tuve que desviarme unos metros hacia la derecha, atravesando las kentias que había vislumbrado desde la entrada.

Finalmente tropecé con algo y caí bruscamente al suelo. Disfruté el instante de descanso mientras intentaba darme cuenta con qué había tropezado. Por encima de mi cabeza las grandes hojas iban y volvían con el viento, tapando el techo por completo. En ese momento mi mano encontró lo que me había hecho caer: una raíz. Estaba recostado sobre pasto y tierra. El piso de madera, pensé, debería de estar enterrado unos centímetros bajo todo eso, pero al escarbar no lo encontré.

Restándole importancia, me incorporé de a poco y miré a mi alrededor. Trescientos sesenta grados. El aire se había vuelto pesado, atravesado por partículas de tierra, quizás polen. El pasillo había desaparecido completamente y el viento que entraba por la puerta del local ahora se sentía cálido y pegajoso. Llevé mi mano hacia mi bolsillo y palpé el celular. Seguía en su lugar, pero no había recibido ningún mensaje. Paso a paso seguí atravesando entre los tallos cada vez más cercanos. Ya no se veían macetas.

Avancé durante varios minutos, preguntándome cómo podía ser que la vendedora me hubiera dejado solo, que la falta de respeto y la defensa al consumidor. El negocio, de silencioso, había pasado a contener un murmullo continuo de insectos y crecimiento. Entre el ruido, ya no me pareció estúpido gritar y entonces vociferé que me había perdido, y que no encontraba el pasillo C.

Finalmente moví una hoja del tamaño de mi cuerpo y encontré un claro. La mujer estaba en la otra punta, junto a un gran tronco. Se dio vuelta, y al verme, agitó la mano con una sonrisa increíble y unos ojos de “aquí no pasó nada”. A los pies del árbol se veía una especie de alfombra rojo intenso. Poco a poco me fui acercando y ella me gritó “sí, al final sí la tengo!”. No me había dado cuenta antes de lo clara que tenía la voz.

Cuando estuve junto a ella, se inclinó y tomó con una hoz pequeña una de las Richmond Red. Me preguntó si quería que le cortara el tallo tan largo, y le dije que sí, que no importaba, y que cuánto salía. Resultó ser bastante cara. En silencio, me quedé mirándola. Era una mujer hermosa. Se recortaba, perfecta, entre el rojo de las Richmond. El viento se había detenido, pero me pareció como si ella siguiera moviéndose.

Me recosté sobre el pasto, y le dije que estaba molido de estar caminando todo el día. La Richmond Red que había cortado se dibujaba contra su rostro, como si la flor estuviera pensada para ella. En serio le quedaba bien, era única, irrepetible. Tomé un poco de coraje y le pregunté el nombre. El celular callaba, en el bolsillo y sin señal. La vendedora sostenía con el aire y el rojo un juego sutil, una opacidad flameante. Yo intentaba, entre el vértigo, imprimirme esa imagen en la cabeza. Una en un millón. Inigualable. De repente, entre tanta vegetación, se levantó una brisa extraña, y el pecho se me llenó de un peculiar olor a caja registradora antigua.


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A mano alzada

La araña avanzaba con un talento instintivo para el orden. Sus ocho patas seduciéndose entre sí con pasos precisos y equilibrados, en una danza que no era más que el trayecto desde la pieza hacia el comedor. Era negra, negrísima, y tan grande como el puño de un hombre. No parecía tener ojos, tal vez ocultos bajo esa capa de vello, pero uno adivina su rostro por la dirección en la que camina, y así sabía cuándo estaba mirando y cuándo no.




En realidad, desde siempre, eran muy pocas las veces que me miraba. Parecía inmersa en un sin fin de rutinas sin orden que la mantenían ocupada y abstraída del mundo. Nada de lo que hacía se veía arbitrario y eso estaba bien, porque yo tampoco soy de entregarme al azar, y hasta ahí teníamos equilibrio.

La vi por primera vez hace varios años, la tarde en que terminé mi primer dibujo. Había encontrado en un mueble viejo un cajón lleno de lápices de trazo grueso, todos con punta y de diversos largos, y se me había antojado sentarme a ver qué me salía. No era algo que antes me hubiera llamado la atención, pero ese día estuve cinco horas dibujando, sin comer ni tomar. De hecho, jamás había siquiera garabateado nada en ningún cuaderno, pero el impulso y sobre todo la posición curvada que adopté me absorbieron por completo. Al terminar tenía frente a mí la ciudad en la que vivía y que se sucedía colosal detrás de las paredes del comedor, o aunque sea a mi visión de ella. Las líneas y las formas guardaban entre ellas un dejo de acuarela infantil, pero al fin y al cabo esa era mi ciudad y me dejaba satisfecho. De todos modos no podría haberla corregido, ni detallado, porque a los segundos de terminar el último trazo la araña se decidió aparecer en mi vida, cayendo lentamente frente a mis ojos desde el techo. Se detuvo unos segundos a la altura de mi nariz y luego siguió descendiendo a través de ese hilo grueso que le salía de las entrañas. Boquiabierto, la vi posarse en la mesa y desaparecer por la puerta del pasillo como un manojo de negrura.

Desde entonces la vi con mayor y menor regularidad en diferentes partes de la casa. Jamás encontré, ni busqué sea dicho, el nido o la madriguera o como se llame el lugar en donde duerme, y si es que lo hace. A veces olvidaba por días su presencia y hasta llegaba a pensar que no era más que un sueño recurrente que había logrado apoderarse de un pequeño puesto en la vigilia. Pero al caerse el tintero, o al abrir la alacena de las especias, me encontraba con esas celosías impalpables que tejía en mi ausencia y que la reafirmaban como habitante indiscutible. Sobre todo en el pasillo que da al estudio antiguo, donde la cantidad abismal de telarañas que se cruzaban y sostenían entre sí me había terminado por negar el paso.

No es que ella nunca hubiera insinuado nada por el estilo, pero en un momento dado comencé a sospechar que esa enorme red tejida en el pasillo del fondo estaba pensada específicamente para atraparme a mí. Insisto, nunca uso esa parte de la casa, así que era probable que sólo fuera una paranoia de las que tanto nos gusta paladear los dibujantes (y es que después de varios años de darme cuerda con las estilográficas, ya me gusta llamarme así). Además era imposible, porque si bien las fuerzas no me sobraban, tampoco era como para no poder romper esas telas milimétricas. Pero la inquietud es un escozor, no una idea, y por más que lo intentara no la podía desechar.

Cierta tarde hace no mucho tiempo, mientras me encontraba en la mesa de trabajo, vi pasar a la araña. Me atrajo unos segundos con esas patas velludas, hasta que un sonido estridente me sacó del trance. Me sobresalté, poco acostumbrado a escuchar ningún ruido más que el de los lápices raspando su grafito contra las hojas. El ruido se repitió: había alguien llamando al timbre de la puerta.

Desmotivado, balbuceé un “ya voy” que probablemente no se hubiera oído a un metro de distancia y busqué una remera con que taparme el torso. Luego me acerqué hasta la puerta de entrada y la abrí. Vestido en un traje estrictamente planchado, el vecino de a junto me miraba sin amago de sonrisa.

-Buenos días, espero no molestarlo. Mi nombre es Roque, vivo acá al lado.

-Sí, lo sé –le dije. Hacía siete años que vivía en el barrio junto a él-… Buenos días.

-Verá, lo molesto con malas noticias. Estábamos pensando que quizás podría usted ser de ayuda.

“Estábamos quiénes…” me pregunté. Jamás nadie venía hasta mi puerta pero, al parecer, al espíritu de solidaridad le importaba un cuerno. Callado, lo miré al tal Roque invitándolo a seguir.

-…Verá –se repitió otra vez-, ¿ubica a Martincito?, el hijo de la mujer de la casa amarilla.

-No, en realidad no.

-Bueno, no alargaré el asunto: no aparece hace tres días. La mujer está destrozada y estamos viendo cómo podemos alivianarle un poco las cosas, cómo ayudar a encontrarlo. Pero nos hace falta una imagen… Es decir, tenemos una foto reciente del chico, pero sale oscurísima en la fotocopia y no nos sirve para los carteles.

Respiré hondo. No me gustaba confraternizar con extraños, ni preocuparme por anónimos que vivían a tan solo una cuadra. Y sin embargo la idea de la pobre madre arrancada de sí misma fue más fuerte que yo.

-Ah, mire que desgracia. Usted quiere que yo haga un retrato fiel del niño que sí se pueda fotocopiar. –dije, y al segundo me odié por las palabra que acababa de largar, pero al hombre no pareció importarle.

-Sí, exacto, ¿Puede?, al menos para ver cómo sale. Todos están ayudando con lo que pueden.

-Sí, sí, cómo no, por favor présteme esa fotografía y ya me pongo a trabajar en eso.

El vecino me tendió una pequeña foto que había sido sacada sin flash. El niño se hallaba en el medio de la imagen picando una pelota. El fondo era demasiado oscuro y los tonos de la piel también. Parecía lógico que no se pudiera fotocopiar. Sin embargo pensé que sí podría hacer una reproducción más o menos conveniente con algo de tiempo. El vecino me agradeció y se fue para su casa, y sentí que le acababa de sacar un gran peso de encima. Por lo demás, realmente no recordaba haber visto al niño antes en ninguna parte del barrio.

Volví adentro y la araña ya no estaba. Sobre la mesa de trabajo me esperaba un dibujo que debía entregar al día siguiente en una revista extranjera. Tan solo me faltaba ultimar algunos detalles, así que dejé la foto del niño sobre el mueble del teléfono y me puse a trabajar.

Dejé que la noche se fuera extendiendo por la casa, hasta que quedó en penumbras. Había descubierto tiempo atrás que así, rodeado de sombras, el lápiz se deslizaba con mayor seguridad sobre mis impresiones. Sin embargo, en el momento en que sentía que mi mano se comenzaba a aflojar, un sonido apagado me sustrajo a la realidad de la casa.

Agucé el oído. El sonido se repetía con una cadencia ceremoniosa: las patas de la araña en el extremo derecho de la mesa habían hecho su reaparición. Desconcentrado, me quedé mirando al insecto pasearse entre los sacapuntas. Finalmente decidí suspender el trabajo hasta otro momento.

Fui hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Al hacerlo, la heladera vertió su iluminación dorada. Aún no había prendido ninguna otra luz de la casa. Así, de algún modo, parecía menos vacía.

Luego volví al escritorio donde había abandonado a la entrega para la revista. La araña seguía allí, pero apenas le presté atención.

Un poco aburrido, me estiré hacia el teléfono y tomé la foto del niño que me había parido el vecino. Seguía ahí, tieso junto a su pelota. Pensé que me vendría bien como ejercicio sacar sus rasgos afilados. Jamás había dibujado chicos, aunque pensé que no podría ser demasiado diferente a los adultos.

Prendí las luces de la pieza. No necesitaba inspiración si iba a copiar una foto. Retomé mi ubicación cerca de las minas gruesas y dejé volar el pensamiento durante unos segundos, imaginando lo agradecido que estaría el barrio cuando terminara y cómo a mí me importaría un comino todo eso.

Otra vez, el nudo de patas me interrumpió con su ritmo. Hice caso omiso y me puse a dibujar.

Pasé un buen tiempo frente a mi block de hojas canson sin poder sacar nada bueno. Era consciente de que se me había pasado la hora de la cena y que me adentraba estúpidamente en la madrugada, pero me obsesionaba un poco el hecho de no poder copiar el rostro del niño. Llevaba bocetadas suficientes hojas, y todas me parecían igualmente malas. En vez de dibujar al pibe de la foto, me salía un cualquiera, el niño menos específico que se me pudiera ocurrir, una especie de molde de imagen.

De pronto comencé a sentir una exasperación desmedida. El grafito era mi material desde hacía años y era inconcebible que se me resistiera así. Traté de encontrar los rasgos del pequeño con todo tipo de lápices de diferentes tamaños pero siempre algo me rehuía, o más bien casi todo. Iba apilando a mi derecha una torre de rostros redondos y ovalados que parecían sacados de fotografías de billetera y que, de distintos modos, mirabas serios como burlándose.

Solté uno de los lápices gruesos y estiré la mano hacia el más delgado de todos. Sin embargo, cuando lo levanté sentí con extrañeza que me había equivocado de útil. Pesaba demasiado, aunque fuera del diámetro correcto. Molesto, levanté la vista hacia mi mano y vi que, ciertamente, no le había errado al lápiz. El peso excesivo venía de la araña que se había agarrado de alguna manera a la punta. Reflejaba desde allí la luz del techo sobre su cuerpo negro y sin cara.

Incorporándome, tiré el lápiz al suelo. Me había sobresaltado ver al insecto tan cerca. Un insulto ahogado en mi garganta me crispó las sienes.

Busqué el lugar en donde había caído mi lápiz. Allí cerca estaba la araña, que ahora se desplazaba a velocidad hacia la puerta. No había perdido la elegancia ni por un segundo el bicho. Sentí ganas de aplastarlo y entonces, cuando casi había sobrepasado el marco de la puerta, noté que no era lo único moviéndose.

Dócil, el lápiz la seguía medio metros atrás en línea recta. Uno de esos hilos transparentes lo unía al cuerpo del insecto. Bastante ofuscado, tomé dos o tres de los intentos de retrato que había apilado y los enrollé en un gran tubo. Luego atravesé la puerta con paso firme, mirando hacia abajo.

El piso de la cocina, negro oscuro, me impidió seguirle el rastro. Sin embargo, mientras manoteaba el interruptor de la luz pude verla varios metros adelante, empezando a meterse en el pasillo del fondo.

La seguí hasta allí tanteando con la mirada si mi lápiz se había desprendido en el trayecto. Varios metros más adelante creí notar un destello de su madera alejándose.

Me detuve antes de salir de la cocina. Podía ver frente a mí al enorme tejido de telarañas que se había amontonado en esa parte de la casa. Aún así, noté que sobre la pared derecha se abría (no muy alta) toda una sección limpia que me permitiría pasar sin tocar ninguna de las trampas.

Avancé por allí y, tras pasarlas todas, se renovó extrañamente mi furia hacia la araña. Apreté en las manos el rollo de papel y continué hacia el estudio, al final. La puerta estaba cerrada, pero la rendija inferior era suficientemente alta como para que el insecto se hubiera colado. Decidido, moví la manija y empujé con el cuerpo.

Un halo de polvo me recibió, y el olor a encierro fue tan intenso que me cerró lo pulmones. Tosí durante unos instantes, mientras tanteaba la pared en busca de la luz. En la oscuridad creí escuchar el gemido de la madera rozando contra mi lápiz.

Me mantuve unos segundos quieto, como si la expectativa de algo que no iba a pasar me hubiera congelado los músculos. Cuando retomé el movimiento, di al instante con el interruptor.

La luz me encegueció. No era sólo el desacostumbramiento normal, el dolor de la pupila dilatada. La habitación estaba demasiado, absurdamente iluminada por una halógena colosal. Desde las paredes de un marrón mugroso, parecían brillar rectángulos de luz que no terminaba de comprender.

Entonces, mientras todavía me ardían los ojos, sentí regulares, diminutos toques trepándome la pantorrilla. Me estremeció un temblor casi convulsivo. La piedra negra, ese insecto velludo se posicionaba de a poco en la parte posterior de mi rodilla. Con un último movimiento frenético, logré desprenderla. El impulso la sacó volando hacia una de las paredes, y la oí golpear contra el suelo.

Azorado, me recosté contra el lado contrario del estudio. La luz había dejado de molestarme, y ahora tenía una visión más perfecta del panorama. Pero algo más me llamó la atención. Un hormigueo me recorrió la espalda como un recuerdo inconsciente de algo que no había sucedido.

Los rectángulos de las paredes se revelaban ahora como meras hojas canson colgadas, donde se esbozaban trazos de dibujos simples. De a poco me di vuelta y miré la que estaba justo detrás de mí. Una chinche negra la adosaba al yeso de la pared. En ella se veía una serie de curvas bien definidas que formaban una imagen precisa y clara. Miré de nuevo. El niño desaparecido me miraba desde el centro de la hoja, con una sonrisa que no se me podría antojar más que siniestra.

Arranque el dibujo de su chinche y, empezando a desesperarme, recorrí todas las paredes. El niño se repetía, con las facciones exactas, la mirada justa, las proporciones ideales. Era una serie fantástica de retratos sobre alguien que yo nunca había visto, que yo no conocía, que yo había dibujado.

Un calor espeso me recorrió el esófago y me dejó mal sabor de boca en la garganta. Una vez más busqué por la habitación, mientras sentía que me hervían y se tensaban los músculos de la mano. A menos de un paso, estaba de nuevo la araña. Ahora, por primera vez, le pude ver los ojos. Eran ocho, apelotonados sobre una curva negra. Me vi repetido mil veces en esas cuencas, y sentí que la mano me seguía quemando, que las uñas y los huesos se crispaban adentro del puño cerrado.

Pegué un grito, o una especie de gemido, y levantando el palo, el tubo de papel, sobre mi cabeza salté hacia la araña. Para mi sorpresa, no se movió un centímetro. Casi podía imaginar en sus pupilas al reflejo de mi brazo mientras describía el arco y a mi rostro deformado en una máscara roja.

Descargué todo el peso del cuerpo en el golpe, y el cachetazo del papel contra el suelo se agigantó en la habitación mientras dos de las patas de la araña empezaban a desprender un líquido grasiento. Los ocho ojos no amagaron a moverse y yo volví a levantar mi brazo y mi arma de papel y un grito antes de retumbarme la cabeza con otra de las patas aplastada, sacada de lugar. De nuevo, ataqué poseído por ese impulso, con el movimiento mecanizado aceitándome las circunvoluciones y apretándome los dientes. Les destruí todas las patas, una y otra vez, hasta que el líquido negruzco dejó de salir y el insecto volvió a ser un puñado de algo, pero ahora inmóvil, ahora sin ojos y en un charco.

Solté el palo de papel. Me quedé mirando mi obra y todas las otras que me observaban desde las paredes. Casi al instante salí corriendo. Atravesé la puerta del estudio que había estado cerrada tanto tiempo y pasé el pasillo. Y entonces con el primer paso sentí un roce, una caricia en la boca y el gusto amargo de las telarañas rodeándome el rostro. Manoteé asqueado sin dejar de correr, pero el pasillo parecía infestado y más adelante sentí las mismas texturas finas pegoteándose en los dedos. Me desesperé por unos segundos y la idea de la trampa me surcó la cabeza como llenándola. Deteniéndome en seco empecé a pensar en la posibilidad de que algún objeto punzante pendiera entre aquellas telas. Pero un segundo más tarde mis piernas, totalmente dueñas de sí mismas, pegaron un último envión y me hicieron atravesar lo que restaba de pasillo y telarañas.

Atrás mío oí algo metálico que caía, como si la araña realmente hubiera preparado alguna especie de mecanismo, o tal vez sólo fuera algo de yeso, o mi imaginación.

Ya en la cocina, me fui quitando las telarañas adheridas a la ropa y al pelo mientras mantenía un ritmo rápido hacia la puerta del comedor. Abrí la puerta de la casa casi arrancándola y salí a la calle.

De algún modo, se había hecho de día. El sol, fuerte y despejado, se repartía en el barrio. Por varios minutos me quedé en la mitad de la vereda, tiesa y con calor, casi oyendo tras de mí a la casa vacía. Finalmente miré hacia uno de los costados. Necesitaba estar con alguien. Alejar con una voz definida toda esa especie de tumba y sinsentido que acababa de vivir.

Pensé que tal vez si veía al tal Roque, al hombre correcto que me había encargado (¡Dios!) el retrato, y quizás hablarle del estudio, del pasillo y las telarañas. Así que me dirigí paso tras paso. No había cerrado la puerta de mi casa, pero tampoco quería hacerlo. Subí al zaguán y toqué el timbre, que resonó más de lo que esperaba.

Tras unos momentos que me parecieron eternos, y cuando ya estaba apunto de volver a tocar, la puerta se abrió. Una mujer imponente que nunca había visto me recibió con un aspecto glacial. Debería rozar los sesenta años y cargaba en las acciones una robusta herencia europea. Yo no había esperado encontrarme nadie más que al vecino, y la sorpresa me enmudeció unos instantes.

-Sí. Qué pasa – dijo al fin ella, dando a entender que por su parte sí me reconocía. Su voz, a diferencia de lo que había creído, no era fría sino distante.

-Nada. Lo que pasa… yo… -sentí otra vez la presencia de mi casa como algo ominoso y una súbita culpabilidad me apretó las entrañas. Intenté tomar un respiro antes de preguntarle a la mujer por mi vecino, pero ella continuó la charla.

-Usted es el dibujante, cierto. No pensé que fuera a venir nadie. A ver eso. –extendió entonces su mano a la mía y me di cuenta que aún aferraba ese dibujo del niño, de Martín, que había encontrado en el estudio. Antes de que pudiera retirar la mano, ella tomó la hoja y la alisó. Hubo un minuto en que contempló como ida.

-Muy bien, le agradezco. Ahora recuerdo que le habían encargado esto. Es un gran retrato. –Hablaba como si estuviera en otra parte, o no estuviera del todo y su cuerpo se limitara a repetir palabras con más y menos sentido. –Supongo que no se enteró de que el niño reapareció anoche.

El pecho se me detuvo de golpe. Repetí la frase de la mujer en mi cabeza. Era imposible predecir si lo que había dicho era bueno o malo.

-Así es –siguió – lo encontraron ayer sentado en el zaguán de la casa. Flaco, pero bien. Parece que no recuerda nada de dónde estuvo todos estos días. O no quiero acordarse, pero ya no importa.

Me recorrió una electricidad aflojándome los músculos uno a uno. No pude evitar una mueca de alivio que disfracé rápido de falso interés. Los fantasmas de la casa y sus ocho patas parecían diluirse a una velocidad fantástica. Ahora sí, no titubeé al responder, esperando alejarme pronto de esa mujer que comenzaba a incomodarme.

-Qué bien, qué bien. Bueno, entonces ese retrato ya no va a servir. Mándele mis saludos a su…¿hijo? –tanteé, y entonces algo más brilló en la mirada perdida de mi interlocutora.

-Usted realmente vive encerrado en su casa, sabe. No creí que me reconociera, pero al menos esperaba que se hubiera enterado de algo. –Largó la última palabra como una cachetada.

-¿Perdón?

-Yo no vivo aquí. Soy de enfrente. He venido a ayudar cuidando la casa mientras la familia se recompone y hace los trámites de comisaría. ¿En serio no oyó ninguna de las sirenas de la mañana?

Negué despacio, recordando con un escalofrío a la habitación del fondo en la que había estado.

-Roque apareció muerto hoy temprano.

-No lo creo. ¿Qué pasó?

-Lo molieron a palos. Las piernas, una y otra vez. Lo dejaron desangrándose en el baldío que hay llegando a las vías. Totalmente aplastado a palazos…

-Como un insecto –dije, mientras un regusto a vómito comenzaba a moverme el estómago.

Me dejé cerrar la puerta en la cara por la vecina y me quedé allí, inmóvil. En la nuca comencé a notar un terror helado que me paralizó el cuerpo. El barrio estaba tranquilo y, a través de la puerta, podía oír los ruidos de la mujer adentrándose en su casa, los pasos precisos, rítmicos y equilibrados.


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