-Vení, es acá –dijo, pero yo estaba concentrado en mandarle un mensaje de texto a Lucía y cuando levanté la mirada ya había desaparecido completamente de mi vista. Quedé solo en uno de los pasillos, acompañado por el murmullo de las plantas. La florería era gigantesca, se introducía en la manzana mucho más de lo que uno podría suponer con un primer vistazo a la fachada. Un pequeño mostrador de caoba coronaba la entrada, con algunos papeles sueltos y una caja registradora antigua. Detrás, largas hileras de potus, kentias y afelandras se extendían hasta el final del local. Las hojas se inclinaban hacia los pasillos y los angostaban aún más de lo que ya eran. Siguiendo un diseño de cuadrícula, cada algunos metros un pasillo cortaba horizontalmente.
-¡Eh! ¿Dónde estás? –aposté en voz baja, sintiéndome un ridículo por haberme desorientado. Tras unos segundos de silencio di el primer paso y busqué a la vendedora, intentando levantar la cabeza por sobre las plantas. Tenía las piernas saturadas de calambres, completamente agotadas de haber estado caminando desde hacía horas y no me hacía gracia tener que dar un solo paso de más ni buscar a nadie. Ponerse en puntas de pie era ya bastante, pero apenas si podía otear un panorama verde que cubría la totalidad del negocio. No me quedó otra que empezar a caminar, a paso rápido, por entre los pasillos sembrados.
Lo que realmente me molestaba era el “sí, creo que está”. Richmond Red. Y la seguridad de que una vez que encontrara a la vendedora me pondría una cara inocente de “no, al final no la tengo”. ¿Podía ser que nadie tuviera la bendita flor? De los minoristas del barrio al mercado de las flores, y después a un par de cementerios para terminar, gracias al dato del viejo (ciego) que atendía un puestito, en este lugar. Me habían bombardeado toda la mañana con jaquinis, reyes de la selva, antorchas blancas; incluso rosas y fresias. Explicaciones místicas sobre el poder espiritual de la muscari coeleste, y de lo romántico que puede ser regalar una cheflera. Pero ni una Richmond Red. ¿Era muy difícil de entender? La flor se ajustaba con el rostro de Lucía, con los labios y los ojos terriblemente claros. Sus manos bajarían el tallo pasando los pétalos desde su frente hasta la boca. La olería durante unos segundos y sonreiría de a poco, no demasiado, con un arco perfecto. Luego se mordería el labio inferior, y me miraría (qué importa cuánto tiempo). Esa flor era para ella. El rojo fuerte, los bordes cetrinos, el tallo larguísimo de regalo perfecto.
Tras unos segundos llegué a la primera transversal y decidí tomarla. Llamaba cada algunos pasos a la vendedora que parecía realmente haber desaparecido entre la densidad verde de las macetas. Aceleré, intentando sobreponerme al dolor en los muslos y esperando toparme de repente con la figura de la dueña. El dolor, de algún modo, comenzó a dejar de importarme ante la perspectiva de conseguir finalmente lo que había estado buscando toda la mañana.
Saqué el celular y lo miré. Era extraño que Lucía no me hubiera contestado el mensaje. Pensé que quizás no había suficiente señal, aunque el bicho mostraba perfecta recepción. Un tanto ofuscado, lo bloqueé y lo guardé en el bolsillo trasero de la bermuda. Sin notarlo me incliné hacia la derecha, ayudado por el dolor en las rodillas, con la precisión exacta para clavarme un cactus piccolo que descansaba a la altura de la pantorrilla. El pinchazo fue agudo y me doblé al instante para agarrarme la herida, pero no exhalé más que un quejido pequeño, como si quisiera ocultarme a mí mismo la estupidez. La espina se había clavado unos dos centímetros y sostenía una brillante gota de sangre que no terminaba de precipitar. Entonces, en la posición en la que estaba, pude ver a una silueta desaparecer por un pasillo a mis espaldas. Me terminé de clavar las uñas en la pierna, intentando distraer un poco la pinchazón, y me incorporé hacia ella.
-¡Eh! –llamé mientras volvía sobre mis pasos. Después de clavarme la aguja (en realidad, después de haber estado toda la mañana caminando entre florerías), las plantas comenzaban a resultarme un verdadero estorbo. Parecía como si se hubieran inclinado aún más hacia el pasillo. Al pasar rozaban mis brazos y después quedaban balanceando por el impulso, como si corriera una brisa insulsa. Empujando con bronca la hoja de una cinta, llegué a la esquina y doblé. Nuevamente no había rastros de la vendedora, aunque quizás aquello que doblaba a lo lejos era su pelo.
Empecé a caminar con paso firme y los brazos tiesos a los costados, poniéndole el pecho a los tallos y las hojas que interferían el pasillo. El punto en mi pantorrilla sangraba con una lentitud constante y perturbadora. Cada dos o tres pasos, me dolía. Intentaba contener las ganas de insultar a la dueña pensando en los ojos, en los labios de Lucía. Al fin y al cabo, nada de eso era demasiado para ella, por ella. Antes de la tarde, iba a conseguirle una Richmond Red.
Nuevamente llegué a una intersección, y tuve que correr una maceta con una enorme beucarnia para avanzar. Me pareció ver la silueta más adelante, así que mantuve el paso firme. “Beucarnia” –pensé, y comprendí que haber estado buscando la flor toda la mañana me había redituado más que algunos puntazos musculares. El día anterior no la podría haber diferenciado de un mero Ficus. Ahora me sentía un botánico aficionado, aunque perdido en mi propia colección, y con un poco de odio despectivo con la clorofila.
De repente escuché a la puerta del local deslizándose. Resonaba lejana, casi en un eco, pero el viento que comenzó a correr a través de ella se extendió al instante. Las plantas se agitaban ahora no sólo por donde yo había pasado, sino que también hacia delante y los costados. De todos modos, la suma entre el ruido de las hojas y el viento en la cara era suficientemente refrescante. Pude ver, entre el movimiento verde, la espalda de la vendedora alejándose despacio.
Agobiado, aparté los tallos de una fatsia que se me venía encima e intenté alcanzarla. Tenía que ir moviendo los brazos en arco, empujando las plantas que se cruzaban en el camino o no me dejaban ver bien. Las hojas me golpeaban la cara y el pecho, dejándome un olor a savia que me invadía los pulmones. Tuve que inclinarme hacia delante para poder penetrar mejor entre los troncos y los arbustos. Mis piernas comenzaron a redoblar su quejido, como si estuvieran a punto de tirarme al suelo en cualquier momento. La herida de espina ya no sangraba, pero continuaba latiendo cada uno, dos, tres pasos. Más allá podía ver el pelo de la mujer danzando entre enredaderas. Pero llegué entonces a un sector de densas lianas y tuve que desviarme unos metros hacia la derecha, atravesando las kentias que había vislumbrado desde la entrada.
Finalmente tropecé con algo y caí bruscamente al suelo. Disfruté el instante de descanso mientras intentaba darme cuenta con qué había tropezado. Por encima de mi cabeza las grandes hojas iban y volvían con el viento, tapando el techo por completo. En ese momento mi mano encontró lo que me había hecho caer: una raíz. Estaba recostado sobre pasto y tierra. El piso de madera, pensé, debería de estar enterrado unos centímetros bajo todo eso, pero al escarbar no lo encontré.
Restándole importancia, me incorporé de a poco y miré a mi alrededor. Trescientos sesenta grados. El aire se había vuelto pesado, atravesado por partículas de tierra, quizás polen. El pasillo había desaparecido completamente y el viento que entraba por la puerta del local ahora se sentía cálido y pegajoso. Llevé mi mano hacia mi bolsillo y palpé el celular. Seguía en su lugar, pero no había recibido ningún mensaje. Paso a paso seguí atravesando entre los tallos cada vez más cercanos. Ya no se veían macetas.
Avancé durante varios minutos, preguntándome cómo podía ser que la vendedora me hubiera dejado solo, que la falta de respeto y la defensa al consumidor. El negocio, de silencioso, había pasado a contener un murmullo continuo de insectos y crecimiento. Entre el ruido, ya no me pareció estúpido gritar y entonces vociferé que me había perdido, y que no encontraba el pasillo C.
Finalmente moví una hoja del tamaño de mi cuerpo y encontré un claro. La mujer estaba en la otra punta, junto a un gran tronco. Se dio vuelta, y al verme, agitó la mano con una sonrisa increíble y unos ojos de “aquí no pasó nada”. A los pies del árbol se veía una especie de alfombra rojo intenso. Poco a poco me fui acercando y ella me gritó “sí, al final sí la tengo!”. No me había dado cuenta antes de lo clara que tenía la voz.
Cuando estuve junto a ella, se inclinó y tomó con una hoz pequeña una de las Richmond Red. Me preguntó si quería que le cortara el tallo tan largo, y le dije que sí, que no importaba, y que cuánto salía. Resultó ser bastante cara. En silencio, me quedé mirándola. Era una mujer hermosa. Se recortaba, perfecta, entre el rojo de las Richmond. El viento se había detenido, pero me pareció como si ella siguiera moviéndose.
Me recosté sobre el pasto, y le dije que estaba molido de estar caminando todo el día.
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