El otro Prometeo

Su grito se esparció por la plaza vacía. Supongo que en parte era eso: que yo me entretuviera mirando la cantidad de gente que había mientras ella trataba de hacerme un planteo. Pero sus motivos principales, o admitidos al menos, giraban en torno a lo rutinario de la relación y a mi obsesión con el trabajo. En realidad, pocas cosas me podrían aburrir más que aquello.




Sentí el frío de una diminuta gota de su saliva chocándome el rostro. ¿Cuánto más soportar? Jamás había sido del tipo impulsivo, del tipo que explota en aullidos y galimatías y se marcha pateando un banco de hormigón. Por su parte, era lo que ella estaba esperando que yo hiciera: un poco de locura, algo más inestable que amar y cosas del estilo.

No lo hice. En cambio alcé la mano y me sequé su saliva con la manga. Yo no estaba obsesionado con el trabajo. Lo que pasaba –y no sabía cómo más hacérselo entender- era que menos estaba obsesionado con ella. Digo, estaba muy bien la relación y todo el asunto, pero prefería siempre otras cosas. El arte, por ejemplo. Y justamente de eso vivía.

Me consideraba a mí mismo un periodista de arte. El término “crítico” me quedaba grande (o chico; en todo caso, incómodo). En otra época había tratado de crear algo decente sin lograrlo ni una vez. Ahora, andar destripando a otros intentos se me salía del molde, pero trataba de encontrarles al menos algún enfoque diferente. El periódico que me pagaba parecía bastante conforme con mi dedicación a ellos, y punto final.

Pero ella seguía gritando mientras arriba de los árboles el cielo se le iba manchando de gris y azul oscuro. Ahora además lloraba, y algunas nubes se agrupaban hacia el norte. De repente, se oyó un fuerte chasquido, seguido del ruido de un generador tomando potencia. Con él, las luces de la plaza empezaron ir de apagadas hacia un amarillo intenso. Todo parecía adoptar un perfil diferente bajo esa nueva luz. Finalmente se terminó de ir el día, y yo aún la tenía a ella repitiéndome por cuarta vez los mismos argumentos y planteos. Parecía necesitar decirlos muchas veces para entenderse a sí misma. Los postes de luz estaban hechos con una clásica esfera blanca de vidrio, dentro de las que se podía ver un resto de insectos muertos que se habían seducido demasiado con la electricidad. Entonces ella también me pareció distinta con la noche. Pensé que nunca antes la había realmente mirado. Los faroles de luz y de moscas la mostraban totalmente desaliñada, como si un desquiciado la hubiera desarmado y rehecho con trozos de fotografía. El llanto la había transformado en una suerte de mancha de Rimel, la hacía grotesca.

Tuve que quitarle la mirada. De pronto, algo más llamó mi atención. A mi derecha, casi al final de la manzana, una nueva lámpara se había encendido. A diferencia de las demás, era de brillo blanco e iluminaba desde el suelo. Lo que fuera a lo que apuntaba, me lo estaba tapando una enorme araucaria, pero me extrañó que nunca antes lo hubiera notado. No era la primera vez que nos juntábamos allí. Justamente algo sobre visitar siempre los mismos tres lugares era de lo que ella estaba hablando en ese momento.

-Basta, Julieta, callate.

Lo solté, y no había sido en un momento cualquiera. Me fascinaba la manera en que podía dominar ciertas cosas, y una de ellas eran mis conversaciones con Julieta. La calma y el instante en que lo dije bastaban para cortar con todo: los gritos, el llanto y la relación. Y bastaron. Sólo me tenía que quedar mirándola unos instantes a los ojos, dándole tiempo a que digiriera de a poco.

Me insultó, y no dejé de mirarla. Después se fue, y mientras la veía irse podía imaginar todos los portazos que le habría gustado dar: algunas cosas necesitan morir melodramáticamente. En realidad, no puedo decir que no la quisiera. Me dejó ahí estacado sobre la piedra naranja, tragándome también yo lo que había pasado.

Pero ya me había inundado de esa imagen deforme suya. Ese último –no lo sería- ataque de locura que se adueñó de su rostro. Así que no pude velarla demasiado. A decir verdad, hubo algo más que me arrancó de ese suelo: una luz blanca.

Lentamente, empecé a caminar hacia aquel rincón a mi derecha que me había llamado antes la atención. A través del gran tronco se comenzó a asomar un perfil de piedra fría.

Una estatua de mármol reflejaba la iluminación de la plaza como si fuera propia. Conforme los contornos y líneas iban apareciendo, me costaba más y más trabajo pensar en Julieta. De algún modo, cuando me detuve justo frente a la escultura, ya no podía recordar ni por qué había llegado allí. El rostro grotesco de aquella había sido guardado, o desechado. Pero a mí me daba lo mismo.

Después de ver cientos de otras obras, en silencio había comenzado a desconfiar de la existencia de ese vínculo entre artista – espectador que tantos proclamaban. Sin embargo tenía que ser esto. La fuerza que la figura irradiaba frente a mí me encegueció por unos segundos, y luego se me amoldó a la perfección.

Cada uno de los cincelazos parecía haber sido dado con la precisión de un genio y a la vez hechos para que tomaran sentido en conjunto. Se trataba de un hombre gritándole a la noche, arrodillado, con sus pies y manos encadenadas a algo más. Los dedos estaban cerrados en puños demasiado detallados, con una desesperación agobiante. Tenía el torso desnudo y de alguna manera se veía imperfecto, pero sin romper la armonía explosiva de la obra.

Fascinado, me acerqué aún más y palpé las rodillas. No podía explicar dónde estaba el punctum de la estatua, el foco donde todo lo demás se resumía y potenciaba. Más bien sentía que toda en sí era una enorme potencia, un grito hecho de piedra. A uno de los costados, noté una placa. Estaba hecha de un bronce viejo que confirmaba que la estatua estaba allí hacía tiempo, y recién ahora se me revelaba. Sólo contenía el título: “El otro Prometeo”. La firma del autor figuraba más abajo, tallada en el mármol, pero era ilegible.

Dándome tiempo, miré al Prometeo desde todos los ángulos. Estuve así una hora, intentando comprender un poco más ese efecto estupidizante que había tenido en mí. Luego, aún aturdido, me marché hacia mi casa.

En los días que siguieron terminé algunos de los artículos que le debía al periódico. Mi velocidad de trabajo había disminuido mucho. Me costaba centrar mis recuerdos en las otras obras que debía revisar. Aún quería investigar sobre la estatua de la plaza, que de algún modo me había afectado más que cualquier otra pieza anterior. Además, debía acostumbrarme a mi nueva vida sin pareja: los pequeños excesos que hacían a su ausencia.

Cuando ya llevaba una semana entera de todo eso, necesité hacer un alto para pensar un poco. Largué las redacciones y me recosté boca arriba, pero entonces la voz de Julieta irrumpió en mi teléfono. Me insultó a través de la contestadota, y me exigió que le devolviera algo. A la hora llamó disculpándose.

La misma perorata comenzó a repetirse diariamente. Con cada uno de esos llamados, sentía que me importaba un tanto menos. Lo que realmente me haría bien sería concentrarme en mi propio desorden, no en el suyo. Ya no podía comprender cómo había estado tanto tiempo con ella, cuál fuerza me había cegado ciertas obviedades.

Finalmente, en la segunda semana recibí un llamado diferente. Era de un amigo del periódico, una suerte de topo de los registros. Le había pedido si podía averiguarme algo de “El otro Prometeo”, y así lo había hecho.

-El autor es un tal Morel. No aparece casi en ningún lado, ¿sabés?, pero parece que tiene un estudio en Almagro.

-Fantástico, Lautaro –le dije-, te la debo. Este tipo es genial, le tengo que hacer una entrevista o algo. ¿La dirección bien la encontraste?

Cuando corté, desconecté el teléfono. Estaba harto de oírlo sonar, y de que la contestadota siguiera escupiendo la voz grabada de la otra. Aún no era el mediodía así que decidí comer algo y luego salir hacia el estudio del escultor.

Me vestí y mientras lo hacía los ojos y los dientes crispados de la estatua volvieron a darme ánimos. Salí ya de tarde y me tomé un colectivo. Me sentía excitado e infantil. Bajé en Almagro, y tras caminar algunas cuadras me encontré con la entrada a un gran galpón. Yo era pequeño ante esa puerta, y todo lo que tendría detrás. Toqué un timbre oxidado y esperé.

Luego de quince minutos y un segundo timbrazo (¿funcionaba?), escuché a alguien quitando las trabas de la puerta. Por fin se abrió la chapa y por un segundo vi a una persona de delantal gris manchado de blanco. Algo de la fuerza del Prometeo descansaba en la postura de ese hombre. Pero cuando levanté la vista hacia su rostro, lo olvidé.

La piel se le hundía y brotaba en surcos y ángulos vivos. Toda la cabeza era del color rojizo de la carne, pero como apagada y árida. Lo que más impresión me causaba era la ausencia completa de pelo y de nariz. Detrás de todo eso, aún estaban dos ojos serenos –tanto que parecían pertenecer a alguien más- mirándome y esperando algo.

Traté en un instante de poder retener esa imagen en mi cabeza: racionarla y aceptarla de a pedazos, sobreponerme a la sorpresa como haría un hombre adulto. Sabía que mi silencio era insultante, pero una especie de instinto me congeló la boca durante tres segundos, que fueron más que suficientes.

-Bueno, qué pasa. –dijo el hombre del rostro quemado. En realidad, no había enojo en su voz, sólo una frontalidad directa.

-¿Usted es el artista Morel?

-Tal cual, qué sucede.

Ya estaba listo para tenderle la mano y sonreírle como si fuera a la persona más normal del país, pero no lo hice. Era exactamente lo que hacía ante todos mis entrevistados, pero en ese momento me habría hecho sentir un estúpido. No quería negar que el otro estaba allí, delante mío, con la cabeza calcinada.

-Perdone. No me lo esperaba.

El hombre se tomó un segundo y pareció asentir. No había resultado mal.

-Mi nombre es Fabián Gardenas. Soy periodista. Venía para ver si podía hacerle algunas preguntas sobre su trabajo…

Lo ojos me dieron una segunda mirada: -Ah. Qué raro che. Sí, sí, pasá.

-Si quiere podemos arreglar para otro momento.

-No, ahora tengo tiempo libre, entrá –me dijo corriéndose hacia adentro. Lo seguí mientras buscaba en el bolsillo mi anotador. El galpón por dentro era frío, y todo el suelo estaba cubierto de un polvo blanco. De manera casi laberíntica, montones de figuras de yeso y piedra se dispersaban sin ningún orden aparente. En todas se podía notar la mano de Morel, pero ninguna parecía causarme ni remotamente la atracción que me había producido el Prometeo. La mayoría, además, estaban inconclusas.

-Vení, seguime. –Morel me guió hacia la otra punta del galpón, donde tenía una especie de cocina y lavadero levantados con Durlock. Las huellas que se iban marcando en el suelo blanco demostraban que ese era el mismo camino que hacía siempre, y que hacía tiempo no se acercaba al resto de sus obras. Luego, se metió en el lavadero y salió con dos sillas desplegables de tela.

Me senté y esperé mientras Morel calentaba una pava de agua. Su silla estaba junto a una pequeña escultura de una mujer en sobretodo que miraba hacia delante. Por un momento creí que tenía un aire a la Venus de Botticelli, con el pelo y la ropa soplados por Céfiro, pero me di cuenta que a lo que en realidad me hacía acordar era a Julieta. Cuando el artista volvió, colocó a sus pies la pava con agua y me obligué a dejar de prestarle atención.

Durante cerca de una hora me dejó hablar a mí. Le expliqué quién era y cómo había conocido su obra. Pareció incumbirle especialmente mi interés por la estatua de la plaza. Él tomaba mate lentamente y contestaba una a una todas las preguntas. Su boca, al hablar, se movía con dificultad, y lo hacía parecer una máscara. El contraste, una especie de lucha, entro lo sulfúrico de si rostro y la calma de sus acciones resultaba insoportable. Traté de concentrarme en la entrevista, pero lo cierto es que apenas atinaba a hacer las preguntas típicas que, en general, eran sólo relleno. Formación artística, influencias, otras obras, esa clase de cosas. Al parecer “El otro Prometeo” era la única obra que había alcanzado cierto reconocimiento. Todo lo demás lo había vendido a aficionados y especuladores. La idea de que su fracaso estaba ligado a su piel deforme me resultó casi una seguridad.

Cuando se me acabaron las preguntas generales se produjo un silencio. Morel tomaba mate, y yo simulaba releer algo en mi libreta.

-¿Cómo le ocurrió? –largué de repente.

-La cara decís

-Sí…

-Y el resto del cuerpo también. Algo habrás ojeado debajo de las mangas.

-No, no me fijé. Si prefiere no hablarlo me dice.

-Está bien, no es mucha historia. Se quemó mi casa.

-Ah…

-Sí.

-Cómo…

-No sé. Dijeron que fue intencional. Se supone que fue mi mujer.

Lo decía con calma, pero no lo tenía asumido. Más bien parecía no poder hablar de otra manera.

-¿Cómo es eso?

-No sé cómo es eso. Estaba durmiendo y desperté en llamas. Ni el humo ni el aire: me despertó directamente el fuego. Ella murió en el mismo incendio.

La historia tomaba un matiz insoportable salida de ese rostro quemado.

-¿Y no existe alguna otra explicación?

-Yo me pregunto lo mismo

-Ah

-¿Quiere saber algo? –dijo, pero en vez de continuar se quedó esperando a que yo contestara.

-Sí, claro.

-Todas las noches sueño que estoy bien, que nunca sufrí ni un rasguño. Toda la piel lisa y radiante. Pestañas, todo. Después algo siempre combustiona. Algunas veces papel, o el suelo o el aire, a veces el aire. Ni siquiera sé de antemano que eso va a suceder, y entonces no puedo evitarlo y el fuego me alcanza. Cada noche revivo todo: el ardor, la agonía, el ruido crepitante y el olor de mi carne prendida. Veo y siento cómo voy perdiendo todo otra vez. Después me despierto y mi piel sigue en aquel sueño ¿entiende?, me cuesta discernir cuándo termina la ilusión y comienza el día. Una vez o dos, todas las noches.

Nos quedamos en silencio. Morel no esperaba que yo le contestara. Mientras imaginaba nuevamente su sueño, sentía que la garganta se me comenzaba a cerrar. Creía comprender ahora que la actitud del artista no era de calma sino de cansancio. El hombre estaba seco como la piel que llevaba encima. Me había hecho conocer una mínima parte de eso, y había sido como un traspaso, un golpe directo al hígado.

Con algunas palabras corté la entrevista. No soportaba más estar cerca de ese hombre. De pronto me repelía más allá de su aspecto. Sin mostrar ninguna clase de sorpresa, me guió de nuevo hacia la salida. Lo hizo despacio, con la lentitud con que hacía todo. Mientras lo seguía, la mirada de las estatuillas de piel de yeso y mármol –obsesivamente pulidas hasta dar con el liso exacto- me deprimió aún más.

Afuera ya era de noche. Me despedí y partí a paso rápido. Tenía la necesidad de acelerar un poco los músculos de las piernas. Morel me había dejado en parte angustiado y en parte asqueado. La fuerza de su Prometeo se me hacía ahora maravillosa y ridícula, como un monumento a las cadenas más que al dios griego. No podía dejar de pensar en el artista despertando una y otra vez, reviviendo lo mismo todos los días de su vida.

Tomé el colectivo y, sentado, pegué la cabeza a la ventanilla. Fijé la vista en la imagen de la calle junto a mi propia mirada reflejada durante todo el viaje. Poco a poco, la idea del incendio empezó a afectarme menos, hasta que logré controlarla. Cuando finalmente bajé del colectivo, aún me sentía tocado y vacilante –casi acobardado-, pero ya mucho más tranquilo que al principio.

Sin embargo, al llegar a mi edificio, sentí otra sacudida. Julieta acababa de salir por la puerta principal, y nos cruzamos en la calle. Cargaba una caja de embalaje y ya no se veía deforme. Era tan solo ella, aunque más nerviosa y sorprendida.

-Hola

-Hola.

-Vine a llevarme mis cosas, Fabián.

“Ya se ve”, pensé, y dije: -Ah, está bien. Me parece bien.

-Bueno, me voy.

-Sí, sí, está bien. –hablaba como borracho. Ella empezó a moverse.

-Pará un segundo Julieta. Eh… me porté mal con vos. Perdoná que no te contesté las llamadas.

-Qué querés que te diga –lo peor del asunto era que se viera tan bien como cuando la había conocido.

-Nada. Dejame las llaves.

Lo hizo y se marchó. De nuevo me dejó pegado al suelo durante unos minutos. La noche me pasaba silenciosa por el cuello.

Subí a mi departamento y ni bien entré solté el anotador y la ropa hasta quedar con el torso desnudo. Luego me dejé caer en la cama sobre las arrugas frías de las sábanas desarmadas. Julieta había dejado todas las puertas cerradas, para que no notara rápido todo lo que se había llevado. Pero no me importaba. Fui al baño y comencé a desvestirme. Me hablé un poco de ella y no pude decidir si habíamos cortado en la plaza, o recién en la calle. Luego pensé en las demás mujeres con las que había vivido la misma historia. Como siempre, sentía que esta última vez había sido diferente.

En algunas horas Morel iba a estar soñando nuevamente con su fuego. Me terminé de sacar la ropa y giré la canilla de agua caliente de la ducha.

Recién entonces pude olerlo, o me permití hacerlo. El ruido solapado del piloto del calefón me llegó junto al aroma acre del gas que alguien había dejado abierto, detrás de la puerta de la cocina. Luego, el sonido de la combustión librándose.

No sé cuáles fueron mis pensamientos mientras oía la fuerza de la explosión y veía al resplandor naranja atravesar los goznes. Tal vez el rostro grotesco –el otro, el deformado- de Julieta.

Caí en un lugar oscuro, y aún más solitario.


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Viaje a Europa

El Vértigo

Es

transportado

se le abre

la nuca

repica contra el ruido

y el pabellón se torna

inmenso

de las manos

gotean dedos

Fue un paso

el cuarto se vació

se llenó el aire de una línea

que partía el tronco de los cuerpos

Pesado

El ventanal era mínimo

y la pista

se le abalanzó

todo el vidrio

sólo de él

se encendió

mirando hacia afuera

esperaba en la silla

en el medio de la silla

nada llegaba

al suelo

de repente

detrás del paso

ser atrapado

en la ingravitud

solo sudor

sin control

ni manera de atajarlo

es

claro

caer



Ad a Yarkon

Esta tierra de acá

el banco marrón sobre la orilla

los dos viejos y el perro: se pelean

él habla sfaradit, pero ella está mejor ubicada

el perro se tiró a descansar

y me mira diciendo ¡qué hiciste!

Este perro

la ciudad está despedazada

y por sus jirones, respira

El lujo no se acomoda

pero empuja y tironea sobre la playa

otras fachadas

observan al shuk

las narices anchas y las manos de metal

el mercado sacado de otro lugar

oscuro

el yeso se raja

y el aire se llena de gritos y aceite

las barbas se esconden tras los libros

y la tradición se cubre el rostro

Acá a treinta cuadras

el Nevek Tzedek

Gutman proyecta un prisionero

desarmado

en su celda

Luego, junto a este río

rodeado de brazos de metal

(siguen arrancando los edificios desde el suelo)

dejan un espacio verde

y si uno lo camina

se puede ver reflejado en los nombres

qué mataron

Los nombres

en una lista

taxativa.

Estas letras

y los puentes que van

desde este lado

a este otro

esta gente

que se parece

este banco prolijo

todo está

lejísimos


Yad Vashem

Caminar solo a un espacio vacío

como anticipo: tierra y eucalipto

es todo parco y seco

el árbol verde y el color de la piedra que se repite.

Se termina el bosque

la puerta grita un silencio extenso

de piedra,

las figuras y formas geométricas

repiten:

llegaste

saliste de eso otro

dónde estabas

A través del corredor

los muros se aproximan y desaceleran

quisieran caerse sobre uno

y te aplastan

quisieran rezar

sobrevuelan la montaña /se sostienen entre sí \ vuelven a caer

y quisieran hacerse infinitos

grises

terminar de juntarse sobre la ciudad

Los isntantes

en que desaparecen los visitantes

uno recuerda

que se mató gente

El edificio se encarna en la montaña

se expande de piedra metal y cemento

y no tiene nada que ver

con los muertos

Se toma un arma y se dispara

y mientras más se dispara

se torna más fácil.

Me duelen los pies

de caminar entre tanto

en el pasillo

se amontona una pila

de zapatos robados

(Caminaron solos

hacia el gas

descalzos)

En la segunda pasada

las voces de los testimonios

como muertos en las paredes

que sobrevivieron




Para dejar de ser uno mismo

use el lugar del otro

vea con sus ojos

reproche con su crítica

sufra por sus derroteros

intente darse cuenta de cada palabra

qué diría a continuación

y qué piensa realmente

cómo son su casa y sus padres

de qué manera viste

qué quiere su religión

cómo lo ve a usted

y qué busca realmente

aunque no busque nada

para dejar de ser uno

aunque se equivoque

y ese lugar

sea totalmente nuevo.


Barcelona

Si el mineral duro

serpentea entre los balcones

no deja de moverse

entre caleidoscopios de hormigón

y bronce lavado

Cuándo se va a detener

De qué forma va a quedar clavado

Desde cuáles ventanales

va a mirar la ciudad

con las persianas a media asta

y los umbrales

comiéndose a la gente.

Cuándo se va a cansar

y preferirá volverse

Atractivo y estanco.


Versión 2 à ayudón del tío

Dar un paso y alejarse de la casa

entrarse a una zona fría

sobre toda la espalda la fachada

la mochila, la valija

Dentro

las manos que ayudaron a armarlo tapadas.

Cerca del final, el suelo

y aún más cerca, una planta.

La casa se va hinchando con el paso

se endurece, juega, se transparenta

pero todo esto no puedo verlo

no está en mi rango.

Sin embargo otro paso

y la espalda se congela

me doy vuelta a calmarla

pero ella tenía razón:

la casa se volvió inmensa

podrá verse desde todas partes

pero a pasos fríos,

las manos en la espalda,

voy a desaparecerme.


Avignon (Lorelei)

El conflicto trasladado

Le mush, le lev, les ei

le men-tu/on, le shev

el echarpe que no encaja

el cielo helado

y la distante

rubia y seria

distraída en otro andén

ça vá

-dulcemente- (lento)

se va acercando su silueta

me empieza a hablar

el idioma y me dejo enfriar el cuello (el cü)

me dejo sonreir de costado (le nishon)

me dejo acompañar adentro

de la estación, una foto

y sin que ella se entere

la abandono hacia París.


Paris compite ajustadamente entre el mito y las posibilidades. Le resulta imposible volverse inmensa y abarcar todo el globo, aunque sospecho que solo es cierto porque así lo prefiere. Su mito, en cambio, sí. Atraviesa los océanos cargándose de ondulaciones e impregna los oídos y los libros de nuestras tierras menores.

Sin embargo, al recorrerla finalmente, habiendo dejado atrás las distancias irreales que la circundan, uno descubre que no solo está caminando en el mito, sino que el mito es cierto y sólo de una manera sinuosa.

Dentro suyo, París se torna un nuevo mito de figuras de yeso y bronce, espacios agigantados y fachadas arrogantes. Uno comprende lo mucho que se está perdiendo tan solo por venir aquí a reconfirmar las historias. Cada jardín pareciera exigir una vida para poder alcanzar la grandeza ficcional que las erige, pero tenemos tan solo cuatro días. Y todo se vuelve aún más enorme y fatuo.

París logra encerrar su propio mito y luego, cuando este la supera, vuelve a crecer entre su gente, sus luces nocturnas, sus reyes y el Sena que la atraviesa, la nutre y sigue expandiendo al resto del mundo su cara lavada.

Fin de Amsterdam

Reglas y costumbres de uso generalizado

llenas de aceite

lámparas rojas que arden

se corren las cortinas

y todo se ve mucho más claro.

Las nubes se tragan al sol

muy temprano

cayó la noche cayó el día y llegó la noche

Otra mano corre una persiana

y el momento que se detiene

empieza a repetirse el grito

el golpeteo del vidrio

los ojos ensayados y el pecho empañado

la boca, las piernas, la silueta

todo detrás de un ventanal

a la venta

para el consumidor tipo

el hombre repetido

serial.


Londres

El suelo de Londres se aceleró hacia nosotros

Crack

nos rompieron las piernas contra el empedrado

todos quedaron con cara de aturdidos

la boca y las pupilas deseando

su mundo era un espejo del mundo

como si todo el resto estuviera equivocado

y los corsarios estos tenían

edificios contra el cielo

puentes entre todas las orillas

educación gratuita

detalles

detalles

árboles que brillaban de noche

fachadas silenciosas que te comían los ojos

jardines totalmente verdes en invierno

estos corsarios.


Pasé la noche viajando entre varias cosas

sentado en un asiento terrible y a la mañana

desperté con el celular perdido. Ya no tengo más mi celular. Voy a decirlo de otra manera para que no se convierta en un diario íntimo.





Lo real y lo tangible

lo que entra en la boca y se puede chupar

morder hasta atravesarlo

sentirlo pasar por la garganta

la comida no

el plástico – la tela – el metal

no valen nada

no significan nada

no cuestan nada

hasy cosa smás graves para perder

la dignidad, la valentía

otras cosas reales

otras cosas importantes

estas están bien

esto que uno tiene encima

los efectos personales




Cito la primer página del primer cuaderno Gloria

Escocia en los ojos

se trepa entre los párpados

la nieve y la niebla

una roca gris al lado de la otra

apiladas contra la montaña y las calles

tan inamovibles que mantienen

el alcohol y la moneda

picantes en las pupilas

van quemando

una representación de sí mismas

la forma de la erosión.

Hizo falta escapar

de esas rocas apiladas

y dejarse en la montaña.

Desde Arthurs Seat

la tierra blanca

alzaba sus dedos hacia las nuves

tocándolas

y nosotros mirábamos

(solo eso)

en el medio.



Vuelta a Londres por 1 día

Estamos en el medio del rumbo

en un segundo plano separado

de la bifurcación surgen repetidos

los rostros blancos y los dientes amarillos

aquí y allá sonríen mordiendo

el frío les deja las mejillas rojas

y en las manos guantes negros.

Entonces nos separamos

como la bifurcación

y en la soledad encuentro un canal de agua

totalmente quieta.

Sumergirse entre ladrillos expectantes

justo después de encontrar las formas y las luces

La calle respira a un solo ritmo

la ciudad se prolonga entre los recuerdos

se asienta finalmente

con el silencio de los pilares

y el frío de las ventanas



Aeropuerto Sabiha-Gokcën **TURQUÍA

La cabeza le dice a las piernas

le dice a las manos

la cabeza le dice a los ojos y la boca

a la sonrisa

pero mientras tanto

los ojos ven, la boca besa

el aire respira entre los pulmones

y las manos apretadas.

Entonces la retina detrás del cristalino

la mucosa húmeda del paladar

las yemas de los dedos gastadas

comen tratan observan y tocan

le dicen a la cabeza en un idioma

que esta no entiende, pero que imagina

una mueca de asco

párpados filosos y a media asta

nudillos blancos en los bolsillos

y entonces se les vuelve a repetir

la magnificencia recortada

la belleza simple y ostentosa

el río gigantesco empujando la tierra

pero la mueca clavada

sigue ahí

con lo propio

la náusea adoptada.



Entre toda esta náusea

el río ancho

con la bruma que le quita el horizonte

y rodando sobre él

la bandada blanca

el recorte negro que sobrevuela

batiendo las alas y expandiendo

el aire, las ondulaciones

las costas enfrentadas

como creciendo de la separación

transportante entre las plumas las palabras

reunidas en su lugar propio.

Ni el mismo río

Ni las mismas aves.


La capadocc(KY)ia resultó un gusto extravagante pero que sumó algo al viaje. La tierra en la región parece moldeada por el capricho infantil de algún ídolo. Las curvas suaves que insinúa el paisaje hacían recordar otras líneas femeninas más cálidas. El frío y la nieve que nos empapó los pies no encajaban del todo con el color árido de la roca.

Como en todos lados, el hombre se encargó de roer la tierra con sus propios dientes. Las cuevas y las casas de palomas sobrepuntuaban el paisaje. En algunos casos lo volvieron increíble. Los hoyos vacíos, sin embargo, parecían bocas que gritaban algo para perderlo en el viento.

La única gran contra, fuera de la fresca, fue escuchar en lugar de a la tierra, el graznido de los vendedores sonrientes

Estambul me deja con la imagen de sus palacios y mezquitas, y con la impresión fija de su río coronado y explosivo. Sin embargo a sus calles (tan similares a las del once) se las podrían meter en el culo. [Siento que no paré de perder plata]

En definitiva, el viaje volvió a terminar en Alba. No pude al final ver bien el parque ni el laberinto. Me habría gustado tener más tiempo para recorrerlo todo.

En el avión, descansado, el bis:

me habría gustado tener más tiempo para recorrerlo todo

(pero ahí radica la gracia, ¿no?).

FIN DE VIAJE


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Ayvlén

Ayvlén se llevó la mano a la boca. Había gritado y no quería volver a hacerlo. Estaba alejada cuatrocientos pasos hacia dentro del bosque, totalmente sola, pero la mera chance de que esos sollozos alcanzaran a los demás le resultaba inaceptable.

Con la otra mano se cubría el abdomen. Trataba de tapar el ardor intenso que le subía desde las entrañas. Miró abajo, hacia el líquido transparente que se iba acumulando a sus pies. Se lo notaba normal, pero ahora estaba cargado de fuego y dientes.




Cuando terminó, el dolor empezó a menguar gradualmente. Alcanzó su pollera y se la colocó con suavidad, temerosa de que un movimiento brusco volviera a despertar a esos dientes que le perforaban el sexo. Caminó los cuatrocientos pasos de vuelta a la misión y entró mirando el suelo. Deseaba no tener que hablar con nadie, pero a la vez aminoraba el paso al pensar en la oportunidad de toparse con Koyam. Poco después llegó a su habitación sin que nadie la hubiera detenido.

Al entrar se sentó y recostó contra la pared de piedra. El frío de las losas se le aplastaba por la espalda y la relajaba lentamente. Aquel día había logrado escaparle a las tareas matutinas, pero le iba a ser imposible repetirlo con la misa de la tarde y el lavado de las vasijas. En cualquier momento pasaría alguien a buscarla. Siempre se trataba de alguna de las tres viejas, aunque tal vez por esta ocasión viniera él.

Un momento más tarde apareció Eiaporé cargando un gran canasto.

-Vamos, Ayvlén.

-Sí, vamos.

-No te vi en toda la mañana.

***

Llegaron en silencio a la capilla, donde reinaba el ruido regular. No todos habían notado su ausencia, pensó Ayvlén. La gente charlaba animada durante el descanso de su trabajo. Algunas risas fuertes se alzaban sobre los demás sonidos, desde el centro de la pequeña congregación. Pudo imaginarse a Koyam en el medio de esas risas y con sus ojos puestos en ella, pero evitó mirar hacia allí. Acompañó a la vieja hacia delante y se sentó a su lado.

Entonces entró el Padre, con la vestimenta marrón roída y el Libro bajo el brazo. Tardó algún tiempo hasta que consiguió un relativo silencio. Lo mismo se repetía todas las tardes. En ese momento el vientre de Ayvlén se prendió fuego, pero el Padre comenzó su oficio.

Casi todas las veces los comenzaba igual, con el tono solemne y el mismo saludo. Luego abría su Libro por la mitad y empezaba a recitar en aquel otro idioma. El tono hipnótico con que el hombre exaltaba esas palabras pareció calmar el dolor que había empezado a gestarse entre sus piernas.

Sentía a Koyam en su cabello así que en cada pausa se lo recogía, pero sin quitar la mirada del frente. De repente las palabras de ese idioma parecieron tomar forma y todas le remitían a la noche de hacía cinco días. Recordaba el sudor y la piel fuerte de Koyam. El Padre cerró su libro con un golpe y una sonrisa en la cara, pero los ojos de Ayvlén seguían besándolo al otro. Las nuevas palabras de la misa eran las suyas retumbando desde la madera, tocándole la piel y la santísima virgen le besaba los labios bajo la mirada del Dios de los Cielos y se repetían hacia el Jardín, tanto paraíso, el calor y el sudor se mezclaban con esa agonía cálida de azufre.

De repente, el ardor comenzó a burbujearle y todas las imágenes desaparecieron. Se mordió el labio para olvidarlo y saboreó el gusto metálico de su sangre. La misa terminó y, siempre después del Padre, la congregación se fue dispersando. Ayvlén no quería internarse otra vez en el bosque, así que juntó las piernas y siguió a las viejas hacia el río. Trabajó en silencio y las otras le respetaron eso. También sentía sus miradas en la nuca, pero tal como con Koyam, podría estar sólo imaginándolo. Finalmente la oscuridad les tapó los rostros, y se retiraron a sus casas.

***

Ayvlén se acostó sobre su lecho sin saludar a su padre y madre, y apretó aún más las piernas. Sentía una presión en el pecho, como de nostalgia, pero no estaba segura de qué. Miró la cruz que habían colgado en su cuarto y pidió ayuda. Luego restregó los dientes hasta que el sueño le ganó al dolor.

***

Los ojos se le abrieron a la mitad de la noche. La luna todavía debería estar alta. Se levantó y se puso algo de ropa que la abrigara. Salió por una de las ventanas, y entonces se lo encontró a Koyam que estaba a punto de entrar. ¿Habían sido sus pasos los que la habían terminado de despertar? Se miraron unos segundos, pero el dolor que sentía Ayvlén no desistió. Con un roce seco, se alejó corriendo y rengueando hacia los árboles. Otra vez sentía el calor de sus ojos en la espalda. La luna la bañaba con una claridad traicionera.

El bosque, finalmente, era oscuro –inmenso y privado-. Pasó junto a los troncos bajos que todavía algunos tallaban con las figuras y contornos de los dioses. Apenas se notaban sus rasgos redondeados y sonrientes. Cuando ella había nacido, esas figuras le habían pronosticado una vida atroz y fantástica. Había demasiada magia en su futuro. Esa historia le había llegado como un cauce a través de las lenguas de las viejas, pero ella había decidido dejar de creerla, quizás desde la primera vez que había podido entenderla.

Atravesó esa zona de dioses antiguos y llegó a un pequeño claro. No podía soportar otro paso más, así que se mordió la mano y trató de orinar de la manera más rápida posible. Sabía que estaría allá tirada mucho tiempo, y que regresaría con los ojos rojos.

***

Salió a encontrarse con el aire helado. El cielo parecía ensancharse a esa hora de la mañana, como queriendo abarcar más y más de esa Tierra que hacía minutos no le pertenecía. Ya empezaba a haber algo de movimiento en la misión. Ayvlén saludó a algunas personas al pasar, que se quedaron mirando a dónde iba. Poco después llegó. La casa del Padre era la más grande y céntrica. Tenía ventanas y puertas que eran de una madera tallada y suave como la piel.

Hacía mucho que ella no se acercaba a ese lugar. Con una timidez que la sorprendía, golpeó dos veces la puerta. Al segundo, el hombre ya le había abierto y la miraba con una sonrisa.

***

Por dentro la casa era tal como ella recordaba. Había una mesa y montones de cruces y aquel dios clavado en algunas de ellas. Todo había pertenecido al Padre anterior, que había muerto hacía un año. El nuevo Padre era más joven y no había traído nada consigo, más que dos sotanas. Tenía una mirada pequeña y nunca se interesaba por las mujeres de la misión. Ante una señal suya, Ayvlén tomó asiento.

-Bueno, dime. ¿Qué te ha traído?

-…Creo tener algo.

-Deberías venir a confesión, no aquí.

Ayvlén apretó las piernas.

–No creo que pueda esperar hasta confesión.

-Por qué niña, qué sucede.

-Hay algo malo en mí, señor. Yo le juro que no hice nada, se lo juro, pero hay algo malo.

-A ver, explícame..

-En el vientre. El dolor me está matando. Yo le digo que me voy a morir. Es como fuego, pero todo el tiempo. No puedo caminar bien, ¡me voy a morir!

-Basta, Ayvlén. Dime qué es ese calor.

-¡Eso!

-¿Cuándo lo sientes?

-Varios días, y no se va, ya no sé qué hacer.

-Debes entender que el fuego es una mal estigma, niña. Esto habría sido mejor hacerlo en confesión.

-No lo sé, padre. Yo no hice nada, no pensé nada. ¿Cómo hago para alejarlo? Es fuego, pero no azufre..

-¿Sólo en el vientre?

-Y más abajo.

-Esto no es nuevo, Ayvlén, y te lo has traído a ti misma.

-¡Fue un error! No quiero que suceda más.

-No debes mentirme a mí.

-Yo no le miento, ¡no quiero que suceda más!

***

-Esta tarde haremos una caminata hasta la cumbre. Vendrás con nosotros, pero harás todo el camino arrodillada. Entiendo que te duela, pero debes mostrarle a la Virgen tu verdadero arrepentimiento, ¿ves?.

-Sí padre, lo haré.

-No sé qué puede salir de esto, pero debes hacerlo. Dios no perdona siempre. Ahora vete, necesito terminar de prepararme.

Ayvlén salió una vez más al frío de la mañana, pero esta vez no lo sintió. La conversación había parecido durar un instante. Las palabras del Padre le retumbaban en el cerebro y en el sexo. El cielo estaba ahora más claro, y ella tenía que empezar con sus tareas. Sabía que debía estar preocupada porque todo el mundo la vería arrodillada, pero de algún modo el dolor se había vuelto más grande que todo eso. Percibió la tierra entre sus dedos, y supo que era ella la que la estaba pisando: el ardor se apaciguó y pudo verlo como una parte más de ella, como lo eran las viejas y Koyam, y la misión y las tareas que restaban hasta la caminata de la tarde.

***

De repente, sus manos estaban sosteniendo la tela húmeda y pesada de alguien. Las miró con una mezcla de estupor y costumbre. Era la misma labor que había efectuado otras mil mañanas. Frotar y golpear hasta que todo quedara limpio. Luego vendría colgar todo en las largas sogas.

Había caminado y se había metido al río con las demás mujeres. No podía asegurar si había hablado en algún momento, ni tampoco en qué había estado pensando. La corriente del río calmaba, o distraía, el ardor en sus muslos.

Asustada por ese lapso de tiempo en que había estado ausente de sí, Ayvlén se concentró durante el resto del día. Guardó un silencio rencoroso, extendió las ropas grandes y pequeñas, sirvió en el comedor, sintió el dolor aumentar y decrecer.

***

Ya era la tarde.

Ayvlén se arrodilló. En algún momento de la mañana le había parecido que sería la mejor forma de proceder, el último recurso. Ahora se sentía más bien ridícula entre el resto de su gente que estaba parada y charlando animosamente. El sol recién empezaba a descender, y todo el mundo comenzó la caminata hacia el cerro. Ayvlén se quedó quieta unos minutos.

La masa de espaldas serpenteaba y se alejaba casi sin mirar para atrás. No era la primera vez que alguien debía hacer ese camino de rodillas. Koyam parecía haber encontrado el modo de escapar, y no se lo veía entre las espaldas. Ahora, el dolor se había convertido en una especie de móvil, con el que Ayvlén dio el primer paso.

La lomada comenzaba apenas unos cien pasos hacia el oeste. Era un cerro bastante bajo, en realidad, pero abundante en vegetación. Sólo unos minutos después, el follaje había roto la piel de sus rodillas y parecía querer penetrarla. La sangre se volvía apenas una mancha negruzca más de la tierra, su rastro desaparecía con cada avance.

En un momento levantó la cabeza y notó que ya no veía ni podía oír al resto. Entonces el ardor y las ganas de orinar volvieron como volcándosele, y la hicieron olvidarse de la piel de las rodillas.

Detener el peregrinaje sería herejía, y toda la humillación habría sido en vano. Sin embargo la urgencia crecía latiéndole en los ojos. Trataba de no pensar en su cuerpo, imaginarse como un pájaro o una esencia de magia que avanzaba hacia delante totalmente ajena. Pero a la vez tenía que obligarse a levantar la rodilla. Derecha, arriba, inclinar el cuerpo, abajo y sentir otra vez las ramas clavadas, izquierda.

Buscaba con la mirada en cada uno de los pasos, sintiendo que en realidad lo hacía cada cien. Y entonces la divisó a lo lejos. El rostro asomaba por la pendiente. La Virgen tallada en madera marcaba el punto más alto de la cumbre, y el final del camino. Tenía un rostro pequeño, como el del Padre, y la habían colocado para que mirara hacia la misión.

***

Ayvlén llegó hasta ella y se paró. No sabía dónde estaba el resto de su gente, pero así era mejor. No tenía ganas de aguantarse los gritos. Todo el sexo se le laceraba, picándola. Empezó a insultar en su lengua, primero en voz alta y luego a mayor velocidad pero para sus oídos. Hablaba con un odio que le surgía del paladar y del cuello tensado. Agarró la cabeza de la Virgen y se sostuvo de ella, con los dedos blancos de apretarla.

En ese momento notó un agujero en la nuca de la mujer. La figura estaba hecha de un tronco seco. Sabía que era una mala idea, pero no lo pudo evitar. El impulso le causaba gracia y la cegaba como durante la misa del Padre. Se bajó de un tirón la pollera y se apoyó contra la estatua. Con el mismo ardor que había sentido cada una de las veces, empezó a orinar. Algo resbaló por la espalda de la Virgen, y el resto entró en el agujero. Podía sentir cómo se hinchaba la madera, y eso la reconfortaba.

Pasó bastante tiempo, durante el cual se olvidó de todo el cerro y de la posibilidad de que alguien la estuviera mirando. Cuando terminó, dejó de insultar. Se subió la pollera y trastabilló hacia un costado. Se recostó contra un árbol y contempló la obra. Ya no podía orinar nada más, pero el dolor no había disminuido.

Escuchó ruidos a sus espaldas y vio al resto del grupo entrar tranquilamente en el claro. No la habían visto. El Padre iba al frente, pero le pasó de largo. Una de las viejas se quedó a su lado y le puso una mano silenciosa en el hombro.

De pronto uno de los hombres dijo: “¡Miren!”. Algo brotaba de la Virgen hinchada. Unas gotas gordas se estaban acumulando en los ojos tallados. Eran gotas amarillentas, que tomaban el color grisáceo de la madera. El líquido grueso con fuego y dientes se deslizó por el rostro de la diosa. Alguien dijo en la lengua vieja: -Está llorando.

Ayvlén se retorcía de dolor. El fuego se extendía hacia las piernas, luego hacia el pecho.

Y el Padre: -Es un milagro.

Se llevó la mano a la boca y la mordió

-Un milagro

Era inaceptable que la oyeran gritar.


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