El otro Prometeo

Su grito se esparció por la plaza vacía. Supongo que en parte era eso: que yo me entretuviera mirando la cantidad de gente que había mientras ella trataba de hacerme un planteo. Pero sus motivos principales, o admitidos al menos, giraban en torno a lo rutinario de la relación y a mi obsesión con el trabajo. En realidad, pocas cosas me podrían aburrir más que aquello.




Sentí el frío de una diminuta gota de su saliva chocándome el rostro. ¿Cuánto más soportar? Jamás había sido del tipo impulsivo, del tipo que explota en aullidos y galimatías y se marcha pateando un banco de hormigón. Por su parte, era lo que ella estaba esperando que yo hiciera: un poco de locura, algo más inestable que amar y cosas del estilo.

No lo hice. En cambio alcé la mano y me sequé su saliva con la manga. Yo no estaba obsesionado con el trabajo. Lo que pasaba –y no sabía cómo más hacérselo entender- era que menos estaba obsesionado con ella. Digo, estaba muy bien la relación y todo el asunto, pero prefería siempre otras cosas. El arte, por ejemplo. Y justamente de eso vivía.

Me consideraba a mí mismo un periodista de arte. El término “crítico” me quedaba grande (o chico; en todo caso, incómodo). En otra época había tratado de crear algo decente sin lograrlo ni una vez. Ahora, andar destripando a otros intentos se me salía del molde, pero trataba de encontrarles al menos algún enfoque diferente. El periódico que me pagaba parecía bastante conforme con mi dedicación a ellos, y punto final.

Pero ella seguía gritando mientras arriba de los árboles el cielo se le iba manchando de gris y azul oscuro. Ahora además lloraba, y algunas nubes se agrupaban hacia el norte. De repente, se oyó un fuerte chasquido, seguido del ruido de un generador tomando potencia. Con él, las luces de la plaza empezaron ir de apagadas hacia un amarillo intenso. Todo parecía adoptar un perfil diferente bajo esa nueva luz. Finalmente se terminó de ir el día, y yo aún la tenía a ella repitiéndome por cuarta vez los mismos argumentos y planteos. Parecía necesitar decirlos muchas veces para entenderse a sí misma. Los postes de luz estaban hechos con una clásica esfera blanca de vidrio, dentro de las que se podía ver un resto de insectos muertos que se habían seducido demasiado con la electricidad. Entonces ella también me pareció distinta con la noche. Pensé que nunca antes la había realmente mirado. Los faroles de luz y de moscas la mostraban totalmente desaliñada, como si un desquiciado la hubiera desarmado y rehecho con trozos de fotografía. El llanto la había transformado en una suerte de mancha de Rimel, la hacía grotesca.

Tuve que quitarle la mirada. De pronto, algo más llamó mi atención. A mi derecha, casi al final de la manzana, una nueva lámpara se había encendido. A diferencia de las demás, era de brillo blanco e iluminaba desde el suelo. Lo que fuera a lo que apuntaba, me lo estaba tapando una enorme araucaria, pero me extrañó que nunca antes lo hubiera notado. No era la primera vez que nos juntábamos allí. Justamente algo sobre visitar siempre los mismos tres lugares era de lo que ella estaba hablando en ese momento.

-Basta, Julieta, callate.

Lo solté, y no había sido en un momento cualquiera. Me fascinaba la manera en que podía dominar ciertas cosas, y una de ellas eran mis conversaciones con Julieta. La calma y el instante en que lo dije bastaban para cortar con todo: los gritos, el llanto y la relación. Y bastaron. Sólo me tenía que quedar mirándola unos instantes a los ojos, dándole tiempo a que digiriera de a poco.

Me insultó, y no dejé de mirarla. Después se fue, y mientras la veía irse podía imaginar todos los portazos que le habría gustado dar: algunas cosas necesitan morir melodramáticamente. En realidad, no puedo decir que no la quisiera. Me dejó ahí estacado sobre la piedra naranja, tragándome también yo lo que había pasado.

Pero ya me había inundado de esa imagen deforme suya. Ese último –no lo sería- ataque de locura que se adueñó de su rostro. Así que no pude velarla demasiado. A decir verdad, hubo algo más que me arrancó de ese suelo: una luz blanca.

Lentamente, empecé a caminar hacia aquel rincón a mi derecha que me había llamado antes la atención. A través del gran tronco se comenzó a asomar un perfil de piedra fría.

Una estatua de mármol reflejaba la iluminación de la plaza como si fuera propia. Conforme los contornos y líneas iban apareciendo, me costaba más y más trabajo pensar en Julieta. De algún modo, cuando me detuve justo frente a la escultura, ya no podía recordar ni por qué había llegado allí. El rostro grotesco de aquella había sido guardado, o desechado. Pero a mí me daba lo mismo.

Después de ver cientos de otras obras, en silencio había comenzado a desconfiar de la existencia de ese vínculo entre artista – espectador que tantos proclamaban. Sin embargo tenía que ser esto. La fuerza que la figura irradiaba frente a mí me encegueció por unos segundos, y luego se me amoldó a la perfección.

Cada uno de los cincelazos parecía haber sido dado con la precisión de un genio y a la vez hechos para que tomaran sentido en conjunto. Se trataba de un hombre gritándole a la noche, arrodillado, con sus pies y manos encadenadas a algo más. Los dedos estaban cerrados en puños demasiado detallados, con una desesperación agobiante. Tenía el torso desnudo y de alguna manera se veía imperfecto, pero sin romper la armonía explosiva de la obra.

Fascinado, me acerqué aún más y palpé las rodillas. No podía explicar dónde estaba el punctum de la estatua, el foco donde todo lo demás se resumía y potenciaba. Más bien sentía que toda en sí era una enorme potencia, un grito hecho de piedra. A uno de los costados, noté una placa. Estaba hecha de un bronce viejo que confirmaba que la estatua estaba allí hacía tiempo, y recién ahora se me revelaba. Sólo contenía el título: “El otro Prometeo”. La firma del autor figuraba más abajo, tallada en el mármol, pero era ilegible.

Dándome tiempo, miré al Prometeo desde todos los ángulos. Estuve así una hora, intentando comprender un poco más ese efecto estupidizante que había tenido en mí. Luego, aún aturdido, me marché hacia mi casa.

En los días que siguieron terminé algunos de los artículos que le debía al periódico. Mi velocidad de trabajo había disminuido mucho. Me costaba centrar mis recuerdos en las otras obras que debía revisar. Aún quería investigar sobre la estatua de la plaza, que de algún modo me había afectado más que cualquier otra pieza anterior. Además, debía acostumbrarme a mi nueva vida sin pareja: los pequeños excesos que hacían a su ausencia.

Cuando ya llevaba una semana entera de todo eso, necesité hacer un alto para pensar un poco. Largué las redacciones y me recosté boca arriba, pero entonces la voz de Julieta irrumpió en mi teléfono. Me insultó a través de la contestadota, y me exigió que le devolviera algo. A la hora llamó disculpándose.

La misma perorata comenzó a repetirse diariamente. Con cada uno de esos llamados, sentía que me importaba un tanto menos. Lo que realmente me haría bien sería concentrarme en mi propio desorden, no en el suyo. Ya no podía comprender cómo había estado tanto tiempo con ella, cuál fuerza me había cegado ciertas obviedades.

Finalmente, en la segunda semana recibí un llamado diferente. Era de un amigo del periódico, una suerte de topo de los registros. Le había pedido si podía averiguarme algo de “El otro Prometeo”, y así lo había hecho.

-El autor es un tal Morel. No aparece casi en ningún lado, ¿sabés?, pero parece que tiene un estudio en Almagro.

-Fantástico, Lautaro –le dije-, te la debo. Este tipo es genial, le tengo que hacer una entrevista o algo. ¿La dirección bien la encontraste?

Cuando corté, desconecté el teléfono. Estaba harto de oírlo sonar, y de que la contestadota siguiera escupiendo la voz grabada de la otra. Aún no era el mediodía así que decidí comer algo y luego salir hacia el estudio del escultor.

Me vestí y mientras lo hacía los ojos y los dientes crispados de la estatua volvieron a darme ánimos. Salí ya de tarde y me tomé un colectivo. Me sentía excitado e infantil. Bajé en Almagro, y tras caminar algunas cuadras me encontré con la entrada a un gran galpón. Yo era pequeño ante esa puerta, y todo lo que tendría detrás. Toqué un timbre oxidado y esperé.

Luego de quince minutos y un segundo timbrazo (¿funcionaba?), escuché a alguien quitando las trabas de la puerta. Por fin se abrió la chapa y por un segundo vi a una persona de delantal gris manchado de blanco. Algo de la fuerza del Prometeo descansaba en la postura de ese hombre. Pero cuando levanté la vista hacia su rostro, lo olvidé.

La piel se le hundía y brotaba en surcos y ángulos vivos. Toda la cabeza era del color rojizo de la carne, pero como apagada y árida. Lo que más impresión me causaba era la ausencia completa de pelo y de nariz. Detrás de todo eso, aún estaban dos ojos serenos –tanto que parecían pertenecer a alguien más- mirándome y esperando algo.

Traté en un instante de poder retener esa imagen en mi cabeza: racionarla y aceptarla de a pedazos, sobreponerme a la sorpresa como haría un hombre adulto. Sabía que mi silencio era insultante, pero una especie de instinto me congeló la boca durante tres segundos, que fueron más que suficientes.

-Bueno, qué pasa. –dijo el hombre del rostro quemado. En realidad, no había enojo en su voz, sólo una frontalidad directa.

-¿Usted es el artista Morel?

-Tal cual, qué sucede.

Ya estaba listo para tenderle la mano y sonreírle como si fuera a la persona más normal del país, pero no lo hice. Era exactamente lo que hacía ante todos mis entrevistados, pero en ese momento me habría hecho sentir un estúpido. No quería negar que el otro estaba allí, delante mío, con la cabeza calcinada.

-Perdone. No me lo esperaba.

El hombre se tomó un segundo y pareció asentir. No había resultado mal.

-Mi nombre es Fabián Gardenas. Soy periodista. Venía para ver si podía hacerle algunas preguntas sobre su trabajo…

Lo ojos me dieron una segunda mirada: -Ah. Qué raro che. Sí, sí, pasá.

-Si quiere podemos arreglar para otro momento.

-No, ahora tengo tiempo libre, entrá –me dijo corriéndose hacia adentro. Lo seguí mientras buscaba en el bolsillo mi anotador. El galpón por dentro era frío, y todo el suelo estaba cubierto de un polvo blanco. De manera casi laberíntica, montones de figuras de yeso y piedra se dispersaban sin ningún orden aparente. En todas se podía notar la mano de Morel, pero ninguna parecía causarme ni remotamente la atracción que me había producido el Prometeo. La mayoría, además, estaban inconclusas.

-Vení, seguime. –Morel me guió hacia la otra punta del galpón, donde tenía una especie de cocina y lavadero levantados con Durlock. Las huellas que se iban marcando en el suelo blanco demostraban que ese era el mismo camino que hacía siempre, y que hacía tiempo no se acercaba al resto de sus obras. Luego, se metió en el lavadero y salió con dos sillas desplegables de tela.

Me senté y esperé mientras Morel calentaba una pava de agua. Su silla estaba junto a una pequeña escultura de una mujer en sobretodo que miraba hacia delante. Por un momento creí que tenía un aire a la Venus de Botticelli, con el pelo y la ropa soplados por Céfiro, pero me di cuenta que a lo que en realidad me hacía acordar era a Julieta. Cuando el artista volvió, colocó a sus pies la pava con agua y me obligué a dejar de prestarle atención.

Durante cerca de una hora me dejó hablar a mí. Le expliqué quién era y cómo había conocido su obra. Pareció incumbirle especialmente mi interés por la estatua de la plaza. Él tomaba mate lentamente y contestaba una a una todas las preguntas. Su boca, al hablar, se movía con dificultad, y lo hacía parecer una máscara. El contraste, una especie de lucha, entro lo sulfúrico de si rostro y la calma de sus acciones resultaba insoportable. Traté de concentrarme en la entrevista, pero lo cierto es que apenas atinaba a hacer las preguntas típicas que, en general, eran sólo relleno. Formación artística, influencias, otras obras, esa clase de cosas. Al parecer “El otro Prometeo” era la única obra que había alcanzado cierto reconocimiento. Todo lo demás lo había vendido a aficionados y especuladores. La idea de que su fracaso estaba ligado a su piel deforme me resultó casi una seguridad.

Cuando se me acabaron las preguntas generales se produjo un silencio. Morel tomaba mate, y yo simulaba releer algo en mi libreta.

-¿Cómo le ocurrió? –largué de repente.

-La cara decís

-Sí…

-Y el resto del cuerpo también. Algo habrás ojeado debajo de las mangas.

-No, no me fijé. Si prefiere no hablarlo me dice.

-Está bien, no es mucha historia. Se quemó mi casa.

-Ah…

-Sí.

-Cómo…

-No sé. Dijeron que fue intencional. Se supone que fue mi mujer.

Lo decía con calma, pero no lo tenía asumido. Más bien parecía no poder hablar de otra manera.

-¿Cómo es eso?

-No sé cómo es eso. Estaba durmiendo y desperté en llamas. Ni el humo ni el aire: me despertó directamente el fuego. Ella murió en el mismo incendio.

La historia tomaba un matiz insoportable salida de ese rostro quemado.

-¿Y no existe alguna otra explicación?

-Yo me pregunto lo mismo

-Ah

-¿Quiere saber algo? –dijo, pero en vez de continuar se quedó esperando a que yo contestara.

-Sí, claro.

-Todas las noches sueño que estoy bien, que nunca sufrí ni un rasguño. Toda la piel lisa y radiante. Pestañas, todo. Después algo siempre combustiona. Algunas veces papel, o el suelo o el aire, a veces el aire. Ni siquiera sé de antemano que eso va a suceder, y entonces no puedo evitarlo y el fuego me alcanza. Cada noche revivo todo: el ardor, la agonía, el ruido crepitante y el olor de mi carne prendida. Veo y siento cómo voy perdiendo todo otra vez. Después me despierto y mi piel sigue en aquel sueño ¿entiende?, me cuesta discernir cuándo termina la ilusión y comienza el día. Una vez o dos, todas las noches.

Nos quedamos en silencio. Morel no esperaba que yo le contestara. Mientras imaginaba nuevamente su sueño, sentía que la garganta se me comenzaba a cerrar. Creía comprender ahora que la actitud del artista no era de calma sino de cansancio. El hombre estaba seco como la piel que llevaba encima. Me había hecho conocer una mínima parte de eso, y había sido como un traspaso, un golpe directo al hígado.

Con algunas palabras corté la entrevista. No soportaba más estar cerca de ese hombre. De pronto me repelía más allá de su aspecto. Sin mostrar ninguna clase de sorpresa, me guió de nuevo hacia la salida. Lo hizo despacio, con la lentitud con que hacía todo. Mientras lo seguía, la mirada de las estatuillas de piel de yeso y mármol –obsesivamente pulidas hasta dar con el liso exacto- me deprimió aún más.

Afuera ya era de noche. Me despedí y partí a paso rápido. Tenía la necesidad de acelerar un poco los músculos de las piernas. Morel me había dejado en parte angustiado y en parte asqueado. La fuerza de su Prometeo se me hacía ahora maravillosa y ridícula, como un monumento a las cadenas más que al dios griego. No podía dejar de pensar en el artista despertando una y otra vez, reviviendo lo mismo todos los días de su vida.

Tomé el colectivo y, sentado, pegué la cabeza a la ventanilla. Fijé la vista en la imagen de la calle junto a mi propia mirada reflejada durante todo el viaje. Poco a poco, la idea del incendio empezó a afectarme menos, hasta que logré controlarla. Cuando finalmente bajé del colectivo, aún me sentía tocado y vacilante –casi acobardado-, pero ya mucho más tranquilo que al principio.

Sin embargo, al llegar a mi edificio, sentí otra sacudida. Julieta acababa de salir por la puerta principal, y nos cruzamos en la calle. Cargaba una caja de embalaje y ya no se veía deforme. Era tan solo ella, aunque más nerviosa y sorprendida.

-Hola

-Hola.

-Vine a llevarme mis cosas, Fabián.

“Ya se ve”, pensé, y dije: -Ah, está bien. Me parece bien.

-Bueno, me voy.

-Sí, sí, está bien. –hablaba como borracho. Ella empezó a moverse.

-Pará un segundo Julieta. Eh… me porté mal con vos. Perdoná que no te contesté las llamadas.

-Qué querés que te diga –lo peor del asunto era que se viera tan bien como cuando la había conocido.

-Nada. Dejame las llaves.

Lo hizo y se marchó. De nuevo me dejó pegado al suelo durante unos minutos. La noche me pasaba silenciosa por el cuello.

Subí a mi departamento y ni bien entré solté el anotador y la ropa hasta quedar con el torso desnudo. Luego me dejé caer en la cama sobre las arrugas frías de las sábanas desarmadas. Julieta había dejado todas las puertas cerradas, para que no notara rápido todo lo que se había llevado. Pero no me importaba. Fui al baño y comencé a desvestirme. Me hablé un poco de ella y no pude decidir si habíamos cortado en la plaza, o recién en la calle. Luego pensé en las demás mujeres con las que había vivido la misma historia. Como siempre, sentía que esta última vez había sido diferente.

En algunas horas Morel iba a estar soñando nuevamente con su fuego. Me terminé de sacar la ropa y giré la canilla de agua caliente de la ducha.

Recién entonces pude olerlo, o me permití hacerlo. El ruido solapado del piloto del calefón me llegó junto al aroma acre del gas que alguien había dejado abierto, detrás de la puerta de la cocina. Luego, el sonido de la combustión librándose.

No sé cuáles fueron mis pensamientos mientras oía la fuerza de la explosión y veía al resplandor naranja atravesar los goznes. Tal vez el rostro grotesco –el otro, el deformado- de Julieta.

Caí en un lugar oscuro, y aún más solitario.


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