Ayvlén

Ayvlén se llevó la mano a la boca. Había gritado y no quería volver a hacerlo. Estaba alejada cuatrocientos pasos hacia dentro del bosque, totalmente sola, pero la mera chance de que esos sollozos alcanzaran a los demás le resultaba inaceptable.

Con la otra mano se cubría el abdomen. Trataba de tapar el ardor intenso que le subía desde las entrañas. Miró abajo, hacia el líquido transparente que se iba acumulando a sus pies. Se lo notaba normal, pero ahora estaba cargado de fuego y dientes.




Cuando terminó, el dolor empezó a menguar gradualmente. Alcanzó su pollera y se la colocó con suavidad, temerosa de que un movimiento brusco volviera a despertar a esos dientes que le perforaban el sexo. Caminó los cuatrocientos pasos de vuelta a la misión y entró mirando el suelo. Deseaba no tener que hablar con nadie, pero a la vez aminoraba el paso al pensar en la oportunidad de toparse con Koyam. Poco después llegó a su habitación sin que nadie la hubiera detenido.

Al entrar se sentó y recostó contra la pared de piedra. El frío de las losas se le aplastaba por la espalda y la relajaba lentamente. Aquel día había logrado escaparle a las tareas matutinas, pero le iba a ser imposible repetirlo con la misa de la tarde y el lavado de las vasijas. En cualquier momento pasaría alguien a buscarla. Siempre se trataba de alguna de las tres viejas, aunque tal vez por esta ocasión viniera él.

Un momento más tarde apareció Eiaporé cargando un gran canasto.

-Vamos, Ayvlén.

-Sí, vamos.

-No te vi en toda la mañana.

***

Llegaron en silencio a la capilla, donde reinaba el ruido regular. No todos habían notado su ausencia, pensó Ayvlén. La gente charlaba animada durante el descanso de su trabajo. Algunas risas fuertes se alzaban sobre los demás sonidos, desde el centro de la pequeña congregación. Pudo imaginarse a Koyam en el medio de esas risas y con sus ojos puestos en ella, pero evitó mirar hacia allí. Acompañó a la vieja hacia delante y se sentó a su lado.

Entonces entró el Padre, con la vestimenta marrón roída y el Libro bajo el brazo. Tardó algún tiempo hasta que consiguió un relativo silencio. Lo mismo se repetía todas las tardes. En ese momento el vientre de Ayvlén se prendió fuego, pero el Padre comenzó su oficio.

Casi todas las veces los comenzaba igual, con el tono solemne y el mismo saludo. Luego abría su Libro por la mitad y empezaba a recitar en aquel otro idioma. El tono hipnótico con que el hombre exaltaba esas palabras pareció calmar el dolor que había empezado a gestarse entre sus piernas.

Sentía a Koyam en su cabello así que en cada pausa se lo recogía, pero sin quitar la mirada del frente. De repente las palabras de ese idioma parecieron tomar forma y todas le remitían a la noche de hacía cinco días. Recordaba el sudor y la piel fuerte de Koyam. El Padre cerró su libro con un golpe y una sonrisa en la cara, pero los ojos de Ayvlén seguían besándolo al otro. Las nuevas palabras de la misa eran las suyas retumbando desde la madera, tocándole la piel y la santísima virgen le besaba los labios bajo la mirada del Dios de los Cielos y se repetían hacia el Jardín, tanto paraíso, el calor y el sudor se mezclaban con esa agonía cálida de azufre.

De repente, el ardor comenzó a burbujearle y todas las imágenes desaparecieron. Se mordió el labio para olvidarlo y saboreó el gusto metálico de su sangre. La misa terminó y, siempre después del Padre, la congregación se fue dispersando. Ayvlén no quería internarse otra vez en el bosque, así que juntó las piernas y siguió a las viejas hacia el río. Trabajó en silencio y las otras le respetaron eso. También sentía sus miradas en la nuca, pero tal como con Koyam, podría estar sólo imaginándolo. Finalmente la oscuridad les tapó los rostros, y se retiraron a sus casas.

***

Ayvlén se acostó sobre su lecho sin saludar a su padre y madre, y apretó aún más las piernas. Sentía una presión en el pecho, como de nostalgia, pero no estaba segura de qué. Miró la cruz que habían colgado en su cuarto y pidió ayuda. Luego restregó los dientes hasta que el sueño le ganó al dolor.

***

Los ojos se le abrieron a la mitad de la noche. La luna todavía debería estar alta. Se levantó y se puso algo de ropa que la abrigara. Salió por una de las ventanas, y entonces se lo encontró a Koyam que estaba a punto de entrar. ¿Habían sido sus pasos los que la habían terminado de despertar? Se miraron unos segundos, pero el dolor que sentía Ayvlén no desistió. Con un roce seco, se alejó corriendo y rengueando hacia los árboles. Otra vez sentía el calor de sus ojos en la espalda. La luna la bañaba con una claridad traicionera.

El bosque, finalmente, era oscuro –inmenso y privado-. Pasó junto a los troncos bajos que todavía algunos tallaban con las figuras y contornos de los dioses. Apenas se notaban sus rasgos redondeados y sonrientes. Cuando ella había nacido, esas figuras le habían pronosticado una vida atroz y fantástica. Había demasiada magia en su futuro. Esa historia le había llegado como un cauce a través de las lenguas de las viejas, pero ella había decidido dejar de creerla, quizás desde la primera vez que había podido entenderla.

Atravesó esa zona de dioses antiguos y llegó a un pequeño claro. No podía soportar otro paso más, así que se mordió la mano y trató de orinar de la manera más rápida posible. Sabía que estaría allá tirada mucho tiempo, y que regresaría con los ojos rojos.

***

Salió a encontrarse con el aire helado. El cielo parecía ensancharse a esa hora de la mañana, como queriendo abarcar más y más de esa Tierra que hacía minutos no le pertenecía. Ya empezaba a haber algo de movimiento en la misión. Ayvlén saludó a algunas personas al pasar, que se quedaron mirando a dónde iba. Poco después llegó. La casa del Padre era la más grande y céntrica. Tenía ventanas y puertas que eran de una madera tallada y suave como la piel.

Hacía mucho que ella no se acercaba a ese lugar. Con una timidez que la sorprendía, golpeó dos veces la puerta. Al segundo, el hombre ya le había abierto y la miraba con una sonrisa.

***

Por dentro la casa era tal como ella recordaba. Había una mesa y montones de cruces y aquel dios clavado en algunas de ellas. Todo había pertenecido al Padre anterior, que había muerto hacía un año. El nuevo Padre era más joven y no había traído nada consigo, más que dos sotanas. Tenía una mirada pequeña y nunca se interesaba por las mujeres de la misión. Ante una señal suya, Ayvlén tomó asiento.

-Bueno, dime. ¿Qué te ha traído?

-…Creo tener algo.

-Deberías venir a confesión, no aquí.

Ayvlén apretó las piernas.

–No creo que pueda esperar hasta confesión.

-Por qué niña, qué sucede.

-Hay algo malo en mí, señor. Yo le juro que no hice nada, se lo juro, pero hay algo malo.

-A ver, explícame..

-En el vientre. El dolor me está matando. Yo le digo que me voy a morir. Es como fuego, pero todo el tiempo. No puedo caminar bien, ¡me voy a morir!

-Basta, Ayvlén. Dime qué es ese calor.

-¡Eso!

-¿Cuándo lo sientes?

-Varios días, y no se va, ya no sé qué hacer.

-Debes entender que el fuego es una mal estigma, niña. Esto habría sido mejor hacerlo en confesión.

-No lo sé, padre. Yo no hice nada, no pensé nada. ¿Cómo hago para alejarlo? Es fuego, pero no azufre..

-¿Sólo en el vientre?

-Y más abajo.

-Esto no es nuevo, Ayvlén, y te lo has traído a ti misma.

-¡Fue un error! No quiero que suceda más.

-No debes mentirme a mí.

-Yo no le miento, ¡no quiero que suceda más!

***

-Esta tarde haremos una caminata hasta la cumbre. Vendrás con nosotros, pero harás todo el camino arrodillada. Entiendo que te duela, pero debes mostrarle a la Virgen tu verdadero arrepentimiento, ¿ves?.

-Sí padre, lo haré.

-No sé qué puede salir de esto, pero debes hacerlo. Dios no perdona siempre. Ahora vete, necesito terminar de prepararme.

Ayvlén salió una vez más al frío de la mañana, pero esta vez no lo sintió. La conversación había parecido durar un instante. Las palabras del Padre le retumbaban en el cerebro y en el sexo. El cielo estaba ahora más claro, y ella tenía que empezar con sus tareas. Sabía que debía estar preocupada porque todo el mundo la vería arrodillada, pero de algún modo el dolor se había vuelto más grande que todo eso. Percibió la tierra entre sus dedos, y supo que era ella la que la estaba pisando: el ardor se apaciguó y pudo verlo como una parte más de ella, como lo eran las viejas y Koyam, y la misión y las tareas que restaban hasta la caminata de la tarde.

***

De repente, sus manos estaban sosteniendo la tela húmeda y pesada de alguien. Las miró con una mezcla de estupor y costumbre. Era la misma labor que había efectuado otras mil mañanas. Frotar y golpear hasta que todo quedara limpio. Luego vendría colgar todo en las largas sogas.

Había caminado y se había metido al río con las demás mujeres. No podía asegurar si había hablado en algún momento, ni tampoco en qué había estado pensando. La corriente del río calmaba, o distraía, el ardor en sus muslos.

Asustada por ese lapso de tiempo en que había estado ausente de sí, Ayvlén se concentró durante el resto del día. Guardó un silencio rencoroso, extendió las ropas grandes y pequeñas, sirvió en el comedor, sintió el dolor aumentar y decrecer.

***

Ya era la tarde.

Ayvlén se arrodilló. En algún momento de la mañana le había parecido que sería la mejor forma de proceder, el último recurso. Ahora se sentía más bien ridícula entre el resto de su gente que estaba parada y charlando animosamente. El sol recién empezaba a descender, y todo el mundo comenzó la caminata hacia el cerro. Ayvlén se quedó quieta unos minutos.

La masa de espaldas serpenteaba y se alejaba casi sin mirar para atrás. No era la primera vez que alguien debía hacer ese camino de rodillas. Koyam parecía haber encontrado el modo de escapar, y no se lo veía entre las espaldas. Ahora, el dolor se había convertido en una especie de móvil, con el que Ayvlén dio el primer paso.

La lomada comenzaba apenas unos cien pasos hacia el oeste. Era un cerro bastante bajo, en realidad, pero abundante en vegetación. Sólo unos minutos después, el follaje había roto la piel de sus rodillas y parecía querer penetrarla. La sangre se volvía apenas una mancha negruzca más de la tierra, su rastro desaparecía con cada avance.

En un momento levantó la cabeza y notó que ya no veía ni podía oír al resto. Entonces el ardor y las ganas de orinar volvieron como volcándosele, y la hicieron olvidarse de la piel de las rodillas.

Detener el peregrinaje sería herejía, y toda la humillación habría sido en vano. Sin embargo la urgencia crecía latiéndole en los ojos. Trataba de no pensar en su cuerpo, imaginarse como un pájaro o una esencia de magia que avanzaba hacia delante totalmente ajena. Pero a la vez tenía que obligarse a levantar la rodilla. Derecha, arriba, inclinar el cuerpo, abajo y sentir otra vez las ramas clavadas, izquierda.

Buscaba con la mirada en cada uno de los pasos, sintiendo que en realidad lo hacía cada cien. Y entonces la divisó a lo lejos. El rostro asomaba por la pendiente. La Virgen tallada en madera marcaba el punto más alto de la cumbre, y el final del camino. Tenía un rostro pequeño, como el del Padre, y la habían colocado para que mirara hacia la misión.

***

Ayvlén llegó hasta ella y se paró. No sabía dónde estaba el resto de su gente, pero así era mejor. No tenía ganas de aguantarse los gritos. Todo el sexo se le laceraba, picándola. Empezó a insultar en su lengua, primero en voz alta y luego a mayor velocidad pero para sus oídos. Hablaba con un odio que le surgía del paladar y del cuello tensado. Agarró la cabeza de la Virgen y se sostuvo de ella, con los dedos blancos de apretarla.

En ese momento notó un agujero en la nuca de la mujer. La figura estaba hecha de un tronco seco. Sabía que era una mala idea, pero no lo pudo evitar. El impulso le causaba gracia y la cegaba como durante la misa del Padre. Se bajó de un tirón la pollera y se apoyó contra la estatua. Con el mismo ardor que había sentido cada una de las veces, empezó a orinar. Algo resbaló por la espalda de la Virgen, y el resto entró en el agujero. Podía sentir cómo se hinchaba la madera, y eso la reconfortaba.

Pasó bastante tiempo, durante el cual se olvidó de todo el cerro y de la posibilidad de que alguien la estuviera mirando. Cuando terminó, dejó de insultar. Se subió la pollera y trastabilló hacia un costado. Se recostó contra un árbol y contempló la obra. Ya no podía orinar nada más, pero el dolor no había disminuido.

Escuchó ruidos a sus espaldas y vio al resto del grupo entrar tranquilamente en el claro. No la habían visto. El Padre iba al frente, pero le pasó de largo. Una de las viejas se quedó a su lado y le puso una mano silenciosa en el hombro.

De pronto uno de los hombres dijo: “¡Miren!”. Algo brotaba de la Virgen hinchada. Unas gotas gordas se estaban acumulando en los ojos tallados. Eran gotas amarillentas, que tomaban el color grisáceo de la madera. El líquido grueso con fuego y dientes se deslizó por el rostro de la diosa. Alguien dijo en la lengua vieja: -Está llorando.

Ayvlén se retorcía de dolor. El fuego se extendía hacia las piernas, luego hacia el pecho.

Y el Padre: -Es un milagro.

Se llevó la mano a la boca y la mordió

-Un milagro

Era inaceptable que la oyeran gritar.


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