Esa mosca

El autor había discutido con un amigo de la facultad sobre los caracteres y pormenores de la predicción. Sentados lejos de la televisión, estaban tomando un café y él sostenía un diario abierto en casi la última página.




-Son todas boludeces, Juan. –le había dicho con un cigarrillo apagado en la boca.

-Te digo que no son boludeces. De pibe teníamos un campo, a unos kilómetros de Juárez. Absolutamente todos los animales sabían uno o dos días antes que los íbamos a matar. No sabés cómo se pone un cerdo.

Apoyando el diario, había prendido el cigarrillo negando con la cabeza. Alisó la página que acababa de ojear contra la mesa y, sacándose el cigarrillo de la boca, señaló una sección con una bocanada de humo.

-¿Y eso? Supongo que teniendo el místico don de la adivinación, tercer ojo, o como se te cante llamarlo, un flaco no va a poder hacer mejor cosa que escribir un horóscopo impreciso en el diario local.

-Qué se yo quién escribe el horóscopo, che. Además lo que yo te dije son los animales. Los hombres con un tercer ojo nunca pueden ver su propio futuro.

-...dios es un sarcástico, eh? –le había respondido segundos antes de que la conversación se diluyera en café, cine y mujeres.

Esa noche, el autor se sentó en frente de la máquina de escribir con una taza en la mano. Descansó los dedos sobre las teclas, y perdió la mirada unos instantes en la blancura amarillenta del papel, y mientras lo hacía, se preguntó cuál sería su reacción si pudiera predecir su propia muerte. Cómo sería conocer de antemano cada palmo del torbellino, y del trayecto final hasta su centro.

Recordó las palabras en el café, sobre los hombres y los animales, y descartando este y aquel personaje, comenzó a escribir:

La mosca se posa un segundo en el alfeizar frotando sus patas ávidamente y atraviesa la ventana abierta, introduciéndose en la oscuridad cálida de la habitación. Siente el fuerte hedor de la comida, cerca, muy cerca, y comienza a volar trazando su impredecible trayectoria, sus círculos y diagonales incomprensibles. Finalmente, encuentra el resto de tarta despreciado en la parte más alta del tacho de basura, y allí se detiene.

Justo después, la habitación se ilumina fuertemente y una puerta se abre, dejando pasar a una figura oscura, enorme. La persona cierra la puerta tras de sí, luego la ventana, y se sienta en una silla a escribir en un papel.

De repente, una sensación recorre el centímetro de cuerpo de la mosca, agitándola y angustiándola. Una electricidad impulsiva, más fuerte que su lógica de garabateo aéreo, más fuerte incluso que la comida en gloriosa descomposición, le dice que algo viene mal. Sabe que peligra su integridad física, sus alas, su boca, sus patas, su vida entera. Y movida por el temor salta del tacho de basura en busca de la salida de aquel lugar.

Irónicamente, tras el tecleo de ese último punto, el autor escuchó el zumbido de una mosca golpeteando contra la pared a su derecha. Entre divertido y asustado, recogió el diario, lo hizo un rollo y aplastó al insecto, reduciéndolo a una mancha más.

“Esa mancha –pensaba- se ha matado a sí misma. Lo único que tenía que hacer era quedarse quieta y no la habría escuchado”. Luego se sentó y continuó:

Entrando en la desesperación, la mosca golpea enérgica contra la transparencia infranqueable del vidrio, sin entender qué es lo que le impide alejarse de aquella habitación letal. Y al hacerlo, llama la atención del hombre que, perdido en sus palabras y letras, no la había visto.

El hombre se acerca con paso decidido hacia la ventana, y la abre, permitiendo que la mosca deje de rebotar tristemente y pueda salir al aire puro. Y mientras la observa partir, con las manos apoyadas en el alfeizar, disfruta unos segundos de la brisa en la cara. Unos instantes más tarde, sufre un ataque al corazón que le deja vivir menos de un cuarto de hora.

Tras terminar aquella oración, el autor quitó la hoja, la releyó, y luego miró preocupado la mancha en su pared blanca. No sabía con exactitud si él había asesinado a la mosca, o si se había salvado la vida. Ni tampoco si iba a poder limpiar la pared con un trapito.

Lentamente, desenrolló el diario para ver el horóscopo, pero estaba todo arrugado y los restos de insecto le impedían leer el suyo.


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El pasillo verde

-Vení, es acá –dijo, pero yo estaba concentrado en mandarle un mensaje de texto a Lucía y cuando levanté la mirada ya había desaparecido completamente de mi vista. Quedé solo en uno de los pasillos, acompañado por el murmullo de las plantas. La florería era gigantesca, se introducía en la manzana mucho más de lo que uno podría suponer con un primer vistazo a la fachada. Un pequeño mostrador de caoba coronaba la entrada, con algunos papeles sueltos y una caja registradora antigua. Detrás, largas hileras de potus, kentias y afelandras se extendían hasta el final del local. Las hojas se inclinaban hacia los pasillos y los angostaban aún más de lo que ya eran. Siguiendo un diseño de cuadrícula, cada algunos metros un pasillo cortaba horizontalmente.




-¡Eh! ¿Dónde estás? –aposté en voz baja, sintiéndome un ridículo por haberme desorientado. Tras unos segundos de silencio di el primer paso y busqué a la vendedora, intentando levantar la cabeza por sobre las plantas. Tenía las piernas saturadas de calambres, completamente agotadas de haber estado caminando desde hacía horas y no me hacía gracia tener que dar un solo paso de más ni buscar a nadie. Ponerse en puntas de pie era ya bastante, pero apenas si podía otear un panorama verde que cubría la totalidad del negocio. No me quedó otra que empezar a caminar, a paso rápido, por entre los pasillos sembrados.

Lo que realmente me molestaba era el “sí, creo que está”. Richmond Red. Y la seguridad de que una vez que encontrara a la vendedora me pondría una cara inocente de “no, al final no la tengo”. ¿Podía ser que nadie tuviera la bendita flor? De los minoristas del barrio al mercado de las flores, y después a un par de cementerios para terminar, gracias al dato del viejo (ciego) que atendía un puestito, en este lugar. Me habían bombardeado toda la mañana con jaquinis, reyes de la selva, antorchas blancas; incluso rosas y fresias. Explicaciones místicas sobre el poder espiritual de la muscari coeleste, y de lo romántico que puede ser regalar una cheflera. Pero ni una Richmond Red. ¿Era muy difícil de entender? La flor se ajustaba con el rostro de Lucía, con los labios y los ojos terriblemente claros. Sus manos bajarían el tallo pasando los pétalos desde su frente hasta la boca. La olería durante unos segundos y sonreiría de a poco, no demasiado, con un arco perfecto. Luego se mordería el labio inferior, y me miraría (qué importa cuánto tiempo). Esa flor era para ella. El rojo fuerte, los bordes cetrinos, el tallo larguísimo de regalo perfecto.

Tras unos segundos llegué a la primera transversal y decidí tomarla. Llamaba cada algunos pasos a la vendedora que parecía realmente haber desaparecido entre la densidad verde de las macetas. Aceleré, intentando sobreponerme al dolor en los muslos y esperando toparme de repente con la figura de la dueña. El dolor, de algún modo, comenzó a dejar de importarme ante la perspectiva de conseguir finalmente lo que había estado buscando toda la mañana.

Saqué el celular y lo miré. Era extraño que Lucía no me hubiera contestado el mensaje. Pensé que quizás no había suficiente señal, aunque el bicho mostraba perfecta recepción. Un tanto ofuscado, lo bloqueé y lo guardé en el bolsillo trasero de la bermuda. Sin notarlo me incliné hacia la derecha, ayudado por el dolor en las rodillas, con la precisión exacta para clavarme un cactus piccolo que descansaba a la altura de la pantorrilla. El pinchazo fue agudo y me doblé al instante para agarrarme la herida, pero no exhalé más que un quejido pequeño, como si quisiera ocultarme a mí mismo la estupidez. La espina se había clavado unos dos centímetros y sostenía una brillante gota de sangre que no terminaba de precipitar. Entonces, en la posición en la que estaba, pude ver a una silueta desaparecer por un pasillo a mis espaldas. Me terminé de clavar las uñas en la pierna, intentando distraer un poco la pinchazón, y me incorporé hacia ella.

-¡Eh! –llamé mientras volvía sobre mis pasos. Después de clavarme la aguja (en realidad, después de haber estado toda la mañana caminando entre florerías), las plantas comenzaban a resultarme un verdadero estorbo. Parecía como si se hubieran inclinado aún más hacia el pasillo. Al pasar rozaban mis brazos y después quedaban balanceando por el impulso, como si corriera una brisa insulsa. Empujando con bronca la hoja de una cinta, llegué a la esquina y doblé. Nuevamente no había rastros de la vendedora, aunque quizás aquello que doblaba a lo lejos era su pelo.

Empecé a caminar con paso firme y los brazos tiesos a los costados, poniéndole el pecho a los tallos y las hojas que interferían el pasillo. El punto en mi pantorrilla sangraba con una lentitud constante y perturbadora. Cada dos o tres pasos, me dolía. Intentaba contener las ganas de insultar a la dueña pensando en los ojos, en los labios de Lucía. Al fin y al cabo, nada de eso era demasiado para ella, por ella. Antes de la tarde, iba a conseguirle una Richmond Red.

Nuevamente llegué a una intersección, y tuve que correr una maceta con una enorme beucarnia para avanzar. Me pareció ver la silueta más adelante, así que mantuve el paso firme. “Beucarnia” –pensé, y comprendí que haber estado buscando la flor toda la mañana me había redituado más que algunos puntazos musculares. El día anterior no la podría haber diferenciado de un mero Ficus. Ahora me sentía un botánico aficionado, aunque perdido en mi propia colección, y con un poco de odio despectivo con la clorofila.

De repente escuché a la puerta del local deslizándose. Resonaba lejana, casi en un eco, pero el viento que comenzó a correr a través de ella se extendió al instante. Las plantas se agitaban ahora no sólo por donde yo había pasado, sino que también hacia delante y los costados. De todos modos, la suma entre el ruido de las hojas y el viento en la cara era suficientemente refrescante. Pude ver, entre el movimiento verde, la espalda de la vendedora alejándose despacio.

Agobiado, aparté los tallos de una fatsia que se me venía encima e intenté alcanzarla. Tenía que ir moviendo los brazos en arco, empujando las plantas que se cruzaban en el camino o no me dejaban ver bien. Las hojas me golpeaban la cara y el pecho, dejándome un olor a savia que me invadía los pulmones. Tuve que inclinarme hacia delante para poder penetrar mejor entre los troncos y los arbustos. Mis piernas comenzaron a redoblar su quejido, como si estuvieran a punto de tirarme al suelo en cualquier momento. La herida de espina ya no sangraba, pero continuaba latiendo cada uno, dos, tres pasos. Más allá podía ver el pelo de la mujer danzando entre enredaderas. Pero llegué entonces a un sector de densas lianas y tuve que desviarme unos metros hacia la derecha, atravesando las kentias que había vislumbrado desde la entrada.

Finalmente tropecé con algo y caí bruscamente al suelo. Disfruté el instante de descanso mientras intentaba darme cuenta con qué había tropezado. Por encima de mi cabeza las grandes hojas iban y volvían con el viento, tapando el techo por completo. En ese momento mi mano encontró lo que me había hecho caer: una raíz. Estaba recostado sobre pasto y tierra. El piso de madera, pensé, debería de estar enterrado unos centímetros bajo todo eso, pero al escarbar no lo encontré.

Restándole importancia, me incorporé de a poco y miré a mi alrededor. Trescientos sesenta grados. El aire se había vuelto pesado, atravesado por partículas de tierra, quizás polen. El pasillo había desaparecido completamente y el viento que entraba por la puerta del local ahora se sentía cálido y pegajoso. Llevé mi mano hacia mi bolsillo y palpé el celular. Seguía en su lugar, pero no había recibido ningún mensaje. Paso a paso seguí atravesando entre los tallos cada vez más cercanos. Ya no se veían macetas.

Avancé durante varios minutos, preguntándome cómo podía ser que la vendedora me hubiera dejado solo, que la falta de respeto y la defensa al consumidor. El negocio, de silencioso, había pasado a contener un murmullo continuo de insectos y crecimiento. Entre el ruido, ya no me pareció estúpido gritar y entonces vociferé que me había perdido, y que no encontraba el pasillo C.

Finalmente moví una hoja del tamaño de mi cuerpo y encontré un claro. La mujer estaba en la otra punta, junto a un gran tronco. Se dio vuelta, y al verme, agitó la mano con una sonrisa increíble y unos ojos de “aquí no pasó nada”. A los pies del árbol se veía una especie de alfombra rojo intenso. Poco a poco me fui acercando y ella me gritó “sí, al final sí la tengo!”. No me había dado cuenta antes de lo clara que tenía la voz.

Cuando estuve junto a ella, se inclinó y tomó con una hoz pequeña una de las Richmond Red. Me preguntó si quería que le cortara el tallo tan largo, y le dije que sí, que no importaba, y que cuánto salía. Resultó ser bastante cara. En silencio, me quedé mirándola. Era una mujer hermosa. Se recortaba, perfecta, entre el rojo de las Richmond. El viento se había detenido, pero me pareció como si ella siguiera moviéndose.

Me recosté sobre el pasto, y le dije que estaba molido de estar caminando todo el día. La Richmond Red que había cortado se dibujaba contra su rostro, como si la flor estuviera pensada para ella. En serio le quedaba bien, era única, irrepetible. Tomé un poco de coraje y le pregunté el nombre. El celular callaba, en el bolsillo y sin señal. La vendedora sostenía con el aire y el rojo un juego sutil, una opacidad flameante. Yo intentaba, entre el vértigo, imprimirme esa imagen en la cabeza. Una en un millón. Inigualable. De repente, entre tanta vegetación, se levantó una brisa extraña, y el pecho se me llenó de un peculiar olor a caja registradora antigua.


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A mano alzada

La araña avanzaba con un talento instintivo para el orden. Sus ocho patas seduciéndose entre sí con pasos precisos y equilibrados, en una danza que no era más que el trayecto desde la pieza hacia el comedor. Era negra, negrísima, y tan grande como el puño de un hombre. No parecía tener ojos, tal vez ocultos bajo esa capa de vello, pero uno adivina su rostro por la dirección en la que camina, y así sabía cuándo estaba mirando y cuándo no.




En realidad, desde siempre, eran muy pocas las veces que me miraba. Parecía inmersa en un sin fin de rutinas sin orden que la mantenían ocupada y abstraída del mundo. Nada de lo que hacía se veía arbitrario y eso estaba bien, porque yo tampoco soy de entregarme al azar, y hasta ahí teníamos equilibrio.

La vi por primera vez hace varios años, la tarde en que terminé mi primer dibujo. Había encontrado en un mueble viejo un cajón lleno de lápices de trazo grueso, todos con punta y de diversos largos, y se me había antojado sentarme a ver qué me salía. No era algo que antes me hubiera llamado la atención, pero ese día estuve cinco horas dibujando, sin comer ni tomar. De hecho, jamás había siquiera garabateado nada en ningún cuaderno, pero el impulso y sobre todo la posición curvada que adopté me absorbieron por completo. Al terminar tenía frente a mí la ciudad en la que vivía y que se sucedía colosal detrás de las paredes del comedor, o aunque sea a mi visión de ella. Las líneas y las formas guardaban entre ellas un dejo de acuarela infantil, pero al fin y al cabo esa era mi ciudad y me dejaba satisfecho. De todos modos no podría haberla corregido, ni detallado, porque a los segundos de terminar el último trazo la araña se decidió aparecer en mi vida, cayendo lentamente frente a mis ojos desde el techo. Se detuvo unos segundos a la altura de mi nariz y luego siguió descendiendo a través de ese hilo grueso que le salía de las entrañas. Boquiabierto, la vi posarse en la mesa y desaparecer por la puerta del pasillo como un manojo de negrura.

Desde entonces la vi con mayor y menor regularidad en diferentes partes de la casa. Jamás encontré, ni busqué sea dicho, el nido o la madriguera o como se llame el lugar en donde duerme, y si es que lo hace. A veces olvidaba por días su presencia y hasta llegaba a pensar que no era más que un sueño recurrente que había logrado apoderarse de un pequeño puesto en la vigilia. Pero al caerse el tintero, o al abrir la alacena de las especias, me encontraba con esas celosías impalpables que tejía en mi ausencia y que la reafirmaban como habitante indiscutible. Sobre todo en el pasillo que da al estudio antiguo, donde la cantidad abismal de telarañas que se cruzaban y sostenían entre sí me había terminado por negar el paso.

No es que ella nunca hubiera insinuado nada por el estilo, pero en un momento dado comencé a sospechar que esa enorme red tejida en el pasillo del fondo estaba pensada específicamente para atraparme a mí. Insisto, nunca uso esa parte de la casa, así que era probable que sólo fuera una paranoia de las que tanto nos gusta paladear los dibujantes (y es que después de varios años de darme cuerda con las estilográficas, ya me gusta llamarme así). Además era imposible, porque si bien las fuerzas no me sobraban, tampoco era como para no poder romper esas telas milimétricas. Pero la inquietud es un escozor, no una idea, y por más que lo intentara no la podía desechar.

Cierta tarde hace no mucho tiempo, mientras me encontraba en la mesa de trabajo, vi pasar a la araña. Me atrajo unos segundos con esas patas velludas, hasta que un sonido estridente me sacó del trance. Me sobresalté, poco acostumbrado a escuchar ningún ruido más que el de los lápices raspando su grafito contra las hojas. El ruido se repitió: había alguien llamando al timbre de la puerta.

Desmotivado, balbuceé un “ya voy” que probablemente no se hubiera oído a un metro de distancia y busqué una remera con que taparme el torso. Luego me acerqué hasta la puerta de entrada y la abrí. Vestido en un traje estrictamente planchado, el vecino de a junto me miraba sin amago de sonrisa.

-Buenos días, espero no molestarlo. Mi nombre es Roque, vivo acá al lado.

-Sí, lo sé –le dije. Hacía siete años que vivía en el barrio junto a él-… Buenos días.

-Verá, lo molesto con malas noticias. Estábamos pensando que quizás podría usted ser de ayuda.

“Estábamos quiénes…” me pregunté. Jamás nadie venía hasta mi puerta pero, al parecer, al espíritu de solidaridad le importaba un cuerno. Callado, lo miré al tal Roque invitándolo a seguir.

-…Verá –se repitió otra vez-, ¿ubica a Martincito?, el hijo de la mujer de la casa amarilla.

-No, en realidad no.

-Bueno, no alargaré el asunto: no aparece hace tres días. La mujer está destrozada y estamos viendo cómo podemos alivianarle un poco las cosas, cómo ayudar a encontrarlo. Pero nos hace falta una imagen… Es decir, tenemos una foto reciente del chico, pero sale oscurísima en la fotocopia y no nos sirve para los carteles.

Respiré hondo. No me gustaba confraternizar con extraños, ni preocuparme por anónimos que vivían a tan solo una cuadra. Y sin embargo la idea de la pobre madre arrancada de sí misma fue más fuerte que yo.

-Ah, mire que desgracia. Usted quiere que yo haga un retrato fiel del niño que sí se pueda fotocopiar. –dije, y al segundo me odié por las palabra que acababa de largar, pero al hombre no pareció importarle.

-Sí, exacto, ¿Puede?, al menos para ver cómo sale. Todos están ayudando con lo que pueden.

-Sí, sí, cómo no, por favor présteme esa fotografía y ya me pongo a trabajar en eso.

El vecino me tendió una pequeña foto que había sido sacada sin flash. El niño se hallaba en el medio de la imagen picando una pelota. El fondo era demasiado oscuro y los tonos de la piel también. Parecía lógico que no se pudiera fotocopiar. Sin embargo pensé que sí podría hacer una reproducción más o menos conveniente con algo de tiempo. El vecino me agradeció y se fue para su casa, y sentí que le acababa de sacar un gran peso de encima. Por lo demás, realmente no recordaba haber visto al niño antes en ninguna parte del barrio.

Volví adentro y la araña ya no estaba. Sobre la mesa de trabajo me esperaba un dibujo que debía entregar al día siguiente en una revista extranjera. Tan solo me faltaba ultimar algunos detalles, así que dejé la foto del niño sobre el mueble del teléfono y me puse a trabajar.

Dejé que la noche se fuera extendiendo por la casa, hasta que quedó en penumbras. Había descubierto tiempo atrás que así, rodeado de sombras, el lápiz se deslizaba con mayor seguridad sobre mis impresiones. Sin embargo, en el momento en que sentía que mi mano se comenzaba a aflojar, un sonido apagado me sustrajo a la realidad de la casa.

Agucé el oído. El sonido se repetía con una cadencia ceremoniosa: las patas de la araña en el extremo derecho de la mesa habían hecho su reaparición. Desconcentrado, me quedé mirando al insecto pasearse entre los sacapuntas. Finalmente decidí suspender el trabajo hasta otro momento.

Fui hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Al hacerlo, la heladera vertió su iluminación dorada. Aún no había prendido ninguna otra luz de la casa. Así, de algún modo, parecía menos vacía.

Luego volví al escritorio donde había abandonado a la entrega para la revista. La araña seguía allí, pero apenas le presté atención.

Un poco aburrido, me estiré hacia el teléfono y tomé la foto del niño que me había parido el vecino. Seguía ahí, tieso junto a su pelota. Pensé que me vendría bien como ejercicio sacar sus rasgos afilados. Jamás había dibujado chicos, aunque pensé que no podría ser demasiado diferente a los adultos.

Prendí las luces de la pieza. No necesitaba inspiración si iba a copiar una foto. Retomé mi ubicación cerca de las minas gruesas y dejé volar el pensamiento durante unos segundos, imaginando lo agradecido que estaría el barrio cuando terminara y cómo a mí me importaría un comino todo eso.

Otra vez, el nudo de patas me interrumpió con su ritmo. Hice caso omiso y me puse a dibujar.

Pasé un buen tiempo frente a mi block de hojas canson sin poder sacar nada bueno. Era consciente de que se me había pasado la hora de la cena y que me adentraba estúpidamente en la madrugada, pero me obsesionaba un poco el hecho de no poder copiar el rostro del niño. Llevaba bocetadas suficientes hojas, y todas me parecían igualmente malas. En vez de dibujar al pibe de la foto, me salía un cualquiera, el niño menos específico que se me pudiera ocurrir, una especie de molde de imagen.

De pronto comencé a sentir una exasperación desmedida. El grafito era mi material desde hacía años y era inconcebible que se me resistiera así. Traté de encontrar los rasgos del pequeño con todo tipo de lápices de diferentes tamaños pero siempre algo me rehuía, o más bien casi todo. Iba apilando a mi derecha una torre de rostros redondos y ovalados que parecían sacados de fotografías de billetera y que, de distintos modos, mirabas serios como burlándose.

Solté uno de los lápices gruesos y estiré la mano hacia el más delgado de todos. Sin embargo, cuando lo levanté sentí con extrañeza que me había equivocado de útil. Pesaba demasiado, aunque fuera del diámetro correcto. Molesto, levanté la vista hacia mi mano y vi que, ciertamente, no le había errado al lápiz. El peso excesivo venía de la araña que se había agarrado de alguna manera a la punta. Reflejaba desde allí la luz del techo sobre su cuerpo negro y sin cara.

Incorporándome, tiré el lápiz al suelo. Me había sobresaltado ver al insecto tan cerca. Un insulto ahogado en mi garganta me crispó las sienes.

Busqué el lugar en donde había caído mi lápiz. Allí cerca estaba la araña, que ahora se desplazaba a velocidad hacia la puerta. No había perdido la elegancia ni por un segundo el bicho. Sentí ganas de aplastarlo y entonces, cuando casi había sobrepasado el marco de la puerta, noté que no era lo único moviéndose.

Dócil, el lápiz la seguía medio metros atrás en línea recta. Uno de esos hilos transparentes lo unía al cuerpo del insecto. Bastante ofuscado, tomé dos o tres de los intentos de retrato que había apilado y los enrollé en un gran tubo. Luego atravesé la puerta con paso firme, mirando hacia abajo.

El piso de la cocina, negro oscuro, me impidió seguirle el rastro. Sin embargo, mientras manoteaba el interruptor de la luz pude verla varios metros adelante, empezando a meterse en el pasillo del fondo.

La seguí hasta allí tanteando con la mirada si mi lápiz se había desprendido en el trayecto. Varios metros más adelante creí notar un destello de su madera alejándose.

Me detuve antes de salir de la cocina. Podía ver frente a mí al enorme tejido de telarañas que se había amontonado en esa parte de la casa. Aún así, noté que sobre la pared derecha se abría (no muy alta) toda una sección limpia que me permitiría pasar sin tocar ninguna de las trampas.

Avancé por allí y, tras pasarlas todas, se renovó extrañamente mi furia hacia la araña. Apreté en las manos el rollo de papel y continué hacia el estudio, al final. La puerta estaba cerrada, pero la rendija inferior era suficientemente alta como para que el insecto se hubiera colado. Decidido, moví la manija y empujé con el cuerpo.

Un halo de polvo me recibió, y el olor a encierro fue tan intenso que me cerró lo pulmones. Tosí durante unos instantes, mientras tanteaba la pared en busca de la luz. En la oscuridad creí escuchar el gemido de la madera rozando contra mi lápiz.

Me mantuve unos segundos quieto, como si la expectativa de algo que no iba a pasar me hubiera congelado los músculos. Cuando retomé el movimiento, di al instante con el interruptor.

La luz me encegueció. No era sólo el desacostumbramiento normal, el dolor de la pupila dilatada. La habitación estaba demasiado, absurdamente iluminada por una halógena colosal. Desde las paredes de un marrón mugroso, parecían brillar rectángulos de luz que no terminaba de comprender.

Entonces, mientras todavía me ardían los ojos, sentí regulares, diminutos toques trepándome la pantorrilla. Me estremeció un temblor casi convulsivo. La piedra negra, ese insecto velludo se posicionaba de a poco en la parte posterior de mi rodilla. Con un último movimiento frenético, logré desprenderla. El impulso la sacó volando hacia una de las paredes, y la oí golpear contra el suelo.

Azorado, me recosté contra el lado contrario del estudio. La luz había dejado de molestarme, y ahora tenía una visión más perfecta del panorama. Pero algo más me llamó la atención. Un hormigueo me recorrió la espalda como un recuerdo inconsciente de algo que no había sucedido.

Los rectángulos de las paredes se revelaban ahora como meras hojas canson colgadas, donde se esbozaban trazos de dibujos simples. De a poco me di vuelta y miré la que estaba justo detrás de mí. Una chinche negra la adosaba al yeso de la pared. En ella se veía una serie de curvas bien definidas que formaban una imagen precisa y clara. Miré de nuevo. El niño desaparecido me miraba desde el centro de la hoja, con una sonrisa que no se me podría antojar más que siniestra.

Arranque el dibujo de su chinche y, empezando a desesperarme, recorrí todas las paredes. El niño se repetía, con las facciones exactas, la mirada justa, las proporciones ideales. Era una serie fantástica de retratos sobre alguien que yo nunca había visto, que yo no conocía, que yo había dibujado.

Un calor espeso me recorrió el esófago y me dejó mal sabor de boca en la garganta. Una vez más busqué por la habitación, mientras sentía que me hervían y se tensaban los músculos de la mano. A menos de un paso, estaba de nuevo la araña. Ahora, por primera vez, le pude ver los ojos. Eran ocho, apelotonados sobre una curva negra. Me vi repetido mil veces en esas cuencas, y sentí que la mano me seguía quemando, que las uñas y los huesos se crispaban adentro del puño cerrado.

Pegué un grito, o una especie de gemido, y levantando el palo, el tubo de papel, sobre mi cabeza salté hacia la araña. Para mi sorpresa, no se movió un centímetro. Casi podía imaginar en sus pupilas al reflejo de mi brazo mientras describía el arco y a mi rostro deformado en una máscara roja.

Descargué todo el peso del cuerpo en el golpe, y el cachetazo del papel contra el suelo se agigantó en la habitación mientras dos de las patas de la araña empezaban a desprender un líquido grasiento. Los ocho ojos no amagaron a moverse y yo volví a levantar mi brazo y mi arma de papel y un grito antes de retumbarme la cabeza con otra de las patas aplastada, sacada de lugar. De nuevo, ataqué poseído por ese impulso, con el movimiento mecanizado aceitándome las circunvoluciones y apretándome los dientes. Les destruí todas las patas, una y otra vez, hasta que el líquido negruzco dejó de salir y el insecto volvió a ser un puñado de algo, pero ahora inmóvil, ahora sin ojos y en un charco.

Solté el palo de papel. Me quedé mirando mi obra y todas las otras que me observaban desde las paredes. Casi al instante salí corriendo. Atravesé la puerta del estudio que había estado cerrada tanto tiempo y pasé el pasillo. Y entonces con el primer paso sentí un roce, una caricia en la boca y el gusto amargo de las telarañas rodeándome el rostro. Manoteé asqueado sin dejar de correr, pero el pasillo parecía infestado y más adelante sentí las mismas texturas finas pegoteándose en los dedos. Me desesperé por unos segundos y la idea de la trampa me surcó la cabeza como llenándola. Deteniéndome en seco empecé a pensar en la posibilidad de que algún objeto punzante pendiera entre aquellas telas. Pero un segundo más tarde mis piernas, totalmente dueñas de sí mismas, pegaron un último envión y me hicieron atravesar lo que restaba de pasillo y telarañas.

Atrás mío oí algo metálico que caía, como si la araña realmente hubiera preparado alguna especie de mecanismo, o tal vez sólo fuera algo de yeso, o mi imaginación.

Ya en la cocina, me fui quitando las telarañas adheridas a la ropa y al pelo mientras mantenía un ritmo rápido hacia la puerta del comedor. Abrí la puerta de la casa casi arrancándola y salí a la calle.

De algún modo, se había hecho de día. El sol, fuerte y despejado, se repartía en el barrio. Por varios minutos me quedé en la mitad de la vereda, tiesa y con calor, casi oyendo tras de mí a la casa vacía. Finalmente miré hacia uno de los costados. Necesitaba estar con alguien. Alejar con una voz definida toda esa especie de tumba y sinsentido que acababa de vivir.

Pensé que tal vez si veía al tal Roque, al hombre correcto que me había encargado (¡Dios!) el retrato, y quizás hablarle del estudio, del pasillo y las telarañas. Así que me dirigí paso tras paso. No había cerrado la puerta de mi casa, pero tampoco quería hacerlo. Subí al zaguán y toqué el timbre, que resonó más de lo que esperaba.

Tras unos momentos que me parecieron eternos, y cuando ya estaba apunto de volver a tocar, la puerta se abrió. Una mujer imponente que nunca había visto me recibió con un aspecto glacial. Debería rozar los sesenta años y cargaba en las acciones una robusta herencia europea. Yo no había esperado encontrarme nadie más que al vecino, y la sorpresa me enmudeció unos instantes.

-Sí. Qué pasa – dijo al fin ella, dando a entender que por su parte sí me reconocía. Su voz, a diferencia de lo que había creído, no era fría sino distante.

-Nada. Lo que pasa… yo… -sentí otra vez la presencia de mi casa como algo ominoso y una súbita culpabilidad me apretó las entrañas. Intenté tomar un respiro antes de preguntarle a la mujer por mi vecino, pero ella continuó la charla.

-Usted es el dibujante, cierto. No pensé que fuera a venir nadie. A ver eso. –extendió entonces su mano a la mía y me di cuenta que aún aferraba ese dibujo del niño, de Martín, que había encontrado en el estudio. Antes de que pudiera retirar la mano, ella tomó la hoja y la alisó. Hubo un minuto en que contempló como ida.

-Muy bien, le agradezco. Ahora recuerdo que le habían encargado esto. Es un gran retrato. –Hablaba como si estuviera en otra parte, o no estuviera del todo y su cuerpo se limitara a repetir palabras con más y menos sentido. –Supongo que no se enteró de que el niño reapareció anoche.

El pecho se me detuvo de golpe. Repetí la frase de la mujer en mi cabeza. Era imposible predecir si lo que había dicho era bueno o malo.

-Así es –siguió – lo encontraron ayer sentado en el zaguán de la casa. Flaco, pero bien. Parece que no recuerda nada de dónde estuvo todos estos días. O no quiero acordarse, pero ya no importa.

Me recorrió una electricidad aflojándome los músculos uno a uno. No pude evitar una mueca de alivio que disfracé rápido de falso interés. Los fantasmas de la casa y sus ocho patas parecían diluirse a una velocidad fantástica. Ahora sí, no titubeé al responder, esperando alejarme pronto de esa mujer que comenzaba a incomodarme.

-Qué bien, qué bien. Bueno, entonces ese retrato ya no va a servir. Mándele mis saludos a su…¿hijo? –tanteé, y entonces algo más brilló en la mirada perdida de mi interlocutora.

-Usted realmente vive encerrado en su casa, sabe. No creí que me reconociera, pero al menos esperaba que se hubiera enterado de algo. –Largó la última palabra como una cachetada.

-¿Perdón?

-Yo no vivo aquí. Soy de enfrente. He venido a ayudar cuidando la casa mientras la familia se recompone y hace los trámites de comisaría. ¿En serio no oyó ninguna de las sirenas de la mañana?

Negué despacio, recordando con un escalofrío a la habitación del fondo en la que había estado.

-Roque apareció muerto hoy temprano.

-No lo creo. ¿Qué pasó?

-Lo molieron a palos. Las piernas, una y otra vez. Lo dejaron desangrándose en el baldío que hay llegando a las vías. Totalmente aplastado a palazos…

-Como un insecto –dije, mientras un regusto a vómito comenzaba a moverme el estómago.

Me dejé cerrar la puerta en la cara por la vecina y me quedé allí, inmóvil. En la nuca comencé a notar un terror helado que me paralizó el cuerpo. El barrio estaba tranquilo y, a través de la puerta, podía oír los ruidos de la mujer adentrándose en su casa, los pasos precisos, rítmicos y equilibrados.


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