Esa mosca

El autor había discutido con un amigo de la facultad sobre los caracteres y pormenores de la predicción. Sentados lejos de la televisión, estaban tomando un café y él sostenía un diario abierto en casi la última página.




-Son todas boludeces, Juan. –le había dicho con un cigarrillo apagado en la boca.

-Te digo que no son boludeces. De pibe teníamos un campo, a unos kilómetros de Juárez. Absolutamente todos los animales sabían uno o dos días antes que los íbamos a matar. No sabés cómo se pone un cerdo.

Apoyando el diario, había prendido el cigarrillo negando con la cabeza. Alisó la página que acababa de ojear contra la mesa y, sacándose el cigarrillo de la boca, señaló una sección con una bocanada de humo.

-¿Y eso? Supongo que teniendo el místico don de la adivinación, tercer ojo, o como se te cante llamarlo, un flaco no va a poder hacer mejor cosa que escribir un horóscopo impreciso en el diario local.

-Qué se yo quién escribe el horóscopo, che. Además lo que yo te dije son los animales. Los hombres con un tercer ojo nunca pueden ver su propio futuro.

-...dios es un sarcástico, eh? –le había respondido segundos antes de que la conversación se diluyera en café, cine y mujeres.

Esa noche, el autor se sentó en frente de la máquina de escribir con una taza en la mano. Descansó los dedos sobre las teclas, y perdió la mirada unos instantes en la blancura amarillenta del papel, y mientras lo hacía, se preguntó cuál sería su reacción si pudiera predecir su propia muerte. Cómo sería conocer de antemano cada palmo del torbellino, y del trayecto final hasta su centro.

Recordó las palabras en el café, sobre los hombres y los animales, y descartando este y aquel personaje, comenzó a escribir:

La mosca se posa un segundo en el alfeizar frotando sus patas ávidamente y atraviesa la ventana abierta, introduciéndose en la oscuridad cálida de la habitación. Siente el fuerte hedor de la comida, cerca, muy cerca, y comienza a volar trazando su impredecible trayectoria, sus círculos y diagonales incomprensibles. Finalmente, encuentra el resto de tarta despreciado en la parte más alta del tacho de basura, y allí se detiene.

Justo después, la habitación se ilumina fuertemente y una puerta se abre, dejando pasar a una figura oscura, enorme. La persona cierra la puerta tras de sí, luego la ventana, y se sienta en una silla a escribir en un papel.

De repente, una sensación recorre el centímetro de cuerpo de la mosca, agitándola y angustiándola. Una electricidad impulsiva, más fuerte que su lógica de garabateo aéreo, más fuerte incluso que la comida en gloriosa descomposición, le dice que algo viene mal. Sabe que peligra su integridad física, sus alas, su boca, sus patas, su vida entera. Y movida por el temor salta del tacho de basura en busca de la salida de aquel lugar.

Irónicamente, tras el tecleo de ese último punto, el autor escuchó el zumbido de una mosca golpeteando contra la pared a su derecha. Entre divertido y asustado, recogió el diario, lo hizo un rollo y aplastó al insecto, reduciéndolo a una mancha más.

“Esa mancha –pensaba- se ha matado a sí misma. Lo único que tenía que hacer era quedarse quieta y no la habría escuchado”. Luego se sentó y continuó:

Entrando en la desesperación, la mosca golpea enérgica contra la transparencia infranqueable del vidrio, sin entender qué es lo que le impide alejarse de aquella habitación letal. Y al hacerlo, llama la atención del hombre que, perdido en sus palabras y letras, no la había visto.

El hombre se acerca con paso decidido hacia la ventana, y la abre, permitiendo que la mosca deje de rebotar tristemente y pueda salir al aire puro. Y mientras la observa partir, con las manos apoyadas en el alfeizar, disfruta unos segundos de la brisa en la cara. Unos instantes más tarde, sufre un ataque al corazón que le deja vivir menos de un cuarto de hora.

Tras terminar aquella oración, el autor quitó la hoja, la releyó, y luego miró preocupado la mancha en su pared blanca. No sabía con exactitud si él había asesinado a la mosca, o si se había salvado la vida. Ni tampoco si iba a poder limpiar la pared con un trapito.

Lentamente, desenrolló el diario para ver el horóscopo, pero estaba todo arrugado y los restos de insecto le impedían leer el suyo.


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