Alarcón tenía los ojos agarrados al asfalto y sudor por todo el cuello. Como siempre, había una primera vez. No importa cuántos años le cayeran encima, todavía quedaban primeras veces. Y en todas había que hacer las cosas bien, había que probarse válido, funcional, útil. Tanto los demás como a uno mismo. Pifiarla feo la primera vez significaba cargar con ese error el resto de la vida, ¿Cierto? Para él no existían las segundas oportunidades. Esas eran simples ilusiones. Te corrés a tiempo, o no lo hacés y te queda la cara marcada a fuego.
-Dale, hace un calor de mierda, tengo el sol quemándome las pestañas.
-Te dije que me da náusea la turbulencia esa. Te digo que la subas.
-Callate, estoy conduciendo yo.
Al fin y al cabo, no lo estaba haciendo tan mal. El otro estaba peor, pálido y descompuesto en el asiento trasero. Tenía los labios blancos y el bigotito le quedaba como de cotillón. Era mejor olvidarse del tema y clavarle los ojos a la ruta, pensar en el tinto que iba a tomarse a la noche y no llegar a pasarse el cartel que había dicho Pereyra.
El aire que entraba por la ventanilla estaba caliente, pero al menos se movía. Además el ruido a papel que hacía al chocarle con el oído lo tranquilizaba. Lo estaba despeinando por completo, pero al carajo, ni que tuviera que dar su pésame. A Morel ya se lo veía suficientemente angustiado por los dos. Y la bolsa del baúl no iba a ofenderse.
Alarcón se quedó mirando un minuto a la izquierda, por la ventana que acababa de bajar. El desierto se extendía hasta donde podía ver. Podía notar esas ondulaciones de calor a la distancia, saliendo del suelo como en una estufa que pierde gas. Todas las rutas de
De repente sintieron un ruido debajo del auto. Las ruedas deberían haber escupido alguna roca contra los ejes, pero había sonado demasiado fuerte.
-Epa.
Morel se quedó callado. No parecía siquiera haber escuchado nada. Se había terminado recostando contra la puerta izquierda y subiendo los pies al asiento. Dejaba que la cabeza rapada le vibrara, apoyada contra el vidrio de su lado. Tenía el rostro endurecido en una mueca rara. Allá él. Habría preferido que no viniera. Sus náuseas lo ponían más nervioso de lo que ya estaba por su cuenta. Si hubiera sabido que el tipo iba a hacer las cosas más difíciles pedía que se quedara.
Seguía mirando hacia la derecha, y entonces sintió que alguien lo observaba. Alarcón devolvió la mirada a la ruta, que estaba tan vacía como antes. A decir verdad, no podía estar seguro si Morel estaba haciendo las cosas más complicadas o no. Los dos estaban bailando la misma, pisando terreno suelto. Parecido a hielo frágil, pero con setenta grados más. Él mismo no sabía cómo iba a terminar todo eso si no se concentraba. Y, por supuesto, jamás habría podido cargar el paquete él solo. Llevarlo hasta el auto les había costado una hernia y media a ambos, y todo el chasis se había resentido cuando lo dejaron en el baúl. No podía entender cómo alguien podía pesar tanto, o qué carajo le había metido Pereyra entre las tripas. Los amortiguadores traseros iban a quedar hechos polvo.
Además, no estaba seguro si hubiera podido lograr que Morel no lo acompañara. Los dos habían estado juntos, asándose en el bar. El viento que largaba el ventilador de techo no tenía fuerza suficiente ni para alcanzar el suelo. Si alguien se ponía justo abajo, sentía algo de brisa, pero ellos eran dos. No había un solo alma en el negocio, así que Alarcón estaba limpiando su arma. Morel jugaba con un salero, lo hacía rodar. En toda la mañana, Pereyra no los había llamado a entrar. Últimamente andaba muy paranoico, y no quería salir del despacho. Los hacía quedarse cerca, de traje y mirando mal a todo el mundo. Se cagaban de calor.
En eso estaban cuando el ventilador se detuvo. No podía asegurar por qué se acordaba de eso, pero lo tenía muy claro. Escucharon un grito espantoso que venía de atrás y cuatro disparos al hilo. Los dos se pararon como espásticos. El salero rodó por el suelo mientras se precipitaban al despacho. Sin embargo, un segundo después de los disparos escucharon un grito de Pereyra:
-¡Quédense ahí!
Habían entrado al despacho y estaba vacío. La puerta oxidada que conducía al patio interno estaba cerrada y la voz venía de ahí. Se miraron un segundo. No sonaba como él. Pereyra tenía voz de mando. El tipo le podía infundir temor y respeto a una piedra. Pero el grito de recién era histérico, agudo.
Morel había empezado a avanzar hacia la puerta, pero Alarcón lo detuvo. Una parte de él creyó que mientras esa puerta se mantuviera cerrada los disparos no iban a tener nada que ver con ellos. Además era una orden bastante clara. Preguntaron si todo estaba bien, y Pereyra les dijo que sí, que volvieran al bar.
En la hora siguiente el calor pareció intensificarse. Se volvió una especie de pasta flotando en el aire. La gente ya ni siquiera pasaba por la puerta del local. Como era de esperarse, la pólvora había recorrido el barrio antes que los disparos. Finalmente se abrió la puerta del despacho y salió Pereyra.
Tenía el traje desaliñado y la camisa pegada al cuerpo. Sin embargo la mirada era fría y precisa. Lo primero que hizo fue notar la sal que se había desparramado al caer el salero y mirar a Alarcón, culpándolo. Se acercó y entonces pudieron notarle unas ojeras débiles naciéndole de los ojos. Cuando habló, lo hizo con su voz habitual. Había barrido todo rastro de histeria.
Les indicó que recogieran la bolsa que había en el patio trasero y la llevaran a la casa del vecino. Que la metieran en su auto y la llevaran al kilómetro ciento cuarenta por la ruta. Luego que doblaran a la derecha y enterraran todo a una distancia prudente. Como siempre, había sido conciso y no había dado lugar a segundas opiniones. Pedir que Morel no lo acompañara habría significado una larga discusión y mucho tiempo perdido.
Ahora estaban ya en la mitad de la ruta y no tenía sentido seguir haciéndose la cabeza con ello, pero no podía evitarlo. Oyeron un nuevo ruido golpeando la chapa inferior del automóvil. No faltaba mucho para llegar y lo mejor era mantenerse callados. Alarcón se aferró al volante y apuró el motor. La imagen de la bolsa parecía volver para cubrirle el cerebro una y otra vez.
Recordó nuevamente el bar. Al salir al patio, se habían quedado quietos un instante. Contra la pared del fondo, un paquete enorme de bolsas de consorcio se apilaba como basura. Era la primera vez que veía un muerto y la imagen se le había metido por la retina y empastado en la garganta. No había una gota de viento y todo parecía haberse detenido. El pasto crecido, las paredes de hormigón, la bolsa negra tiesa. Avanzaron hasta ella y permaneció quieta.
En el primer intento no pudieron levantarla. Había resbalado de sus manos y caído sobre la tierra con un golpe seco. Era increíble que pesara tanto. Volvieron a intentarlo y lograron empujarla por la medianera hacia la casa contigua. Luego la hicieron rodar hasta su auto. El dueño no estaba presente, pero sus llaves estaban puestas en el Ford viejo y, contra una de las puertas, estaba apoyada una pala. Era de suponerse que Pereyra hubiera arreglado las cosas antes. Terminaron encendiendo la máquina, y saliendo con un estrépito a la calle. Dos cuadras más adelante, la gente caminaba por la vereda sin prestarles atención.
“Basta” intentó decirse Alarcón, secándose la frente. Sentía que el oxígeno le achicaba los pulmones, comprimiéndolos. La ruta estaba vacía y el otro seguía mudo y recostado en la parte trasera del auto.
Entonces otro golpe resonó en la cabina. Morel bajó las piernas del asiento y se reclinó hacia delante.
-Qué. Carajo. –pausó entre cada palabra.
-No sé, no sé. Viene de abajo.
-Una mierda, viene de atrás.
-Se levanta una piedra y golpea, cómo querés que le de atrás.
-Yo estoy acá atrás, y te digo que no viene de abajo.
Otro ruido más. En realidad, no sonaba como una piedra.
-Viene del baúl.
-Callate cagón.
-¡Vos también lo escuchás!
-Te estás paranoiqueando.
-Lo que sea que nos dio Pereyra, se está moviendo.
-O hay algo suelto rebotando. Dejame manejar.
-Carajo
-¿Qué pasa?
-Te pasaste, mirá el kilómetro que estamos.
Ciento cuarenta y siete. Cierto. Alarcón le escupió un insulto al volante y clavó los frenos. Después de quedarse treinta segundos parados en la mitad del camino, volvió a cebar el acelerador y giró a la derecha, hacia pleno desierto. El auto se quejó cuando tuvieron que pasar la banquina para salir de la ruta, y junto a él escucharon otra vez el ruido fuerte desde el baúl.
Avanzaron callados durante algunos minutos más. Las piedras y saltos del camino taparon cualquier otro ruido que hubieran oído. Detrás de ellos se levantaba una enorme nube de tierra que los vendía como un estandarte, pero a ninguno de los dos se le cruzó avanzar más lento.
Finalmente creyeron haberse alejado lo suficiente. Alarcón detuvo el auto y clavó el freno de mano. Después salió del automóvil y esperó a que Morel, que volvía a estar tieso, terminara de salir. La temperatura parecía haber descendido unos grados.
Cuando estuvieron los dos detrás del Ford, intentaron escuchar algo más, pero todo se mantuvo callado. Alarcón miró a Morel que seguía pálido, e introdujo la llave. El baúl se levantó con un chirrido. El bulto seguía en su lugar, retorcido por el viaje pero completamente inmóvil, y despidiendo un tenue olor a polietileno.
Estiraron los brazos y la atrajeron hacia si. Entre los dos levantaron uno de los extremos fuera del auto. Luego fueron tirando de él, deslizando el cuerpo hacia fuera.
De repente la bolsa se movió. Morel dio un salto hacia atrás soltando las manos. Alarcón no soportó el peso y tuvo que dejar caer el extremo. Al hacerlo, el paragolpe trasero del auto rasgó el plástico negro.
Un segundo más tarde, por esa rasgadura asomaron dos manos que abrieron aún más el agujero. Morel gritó algo. La figura había terminado de salir de la bolsa y se había incorporado junto al auto. Alarcón dio un paso hacia atrás, tanteando estúpidamente por su arma, pero se detuvo. La figura que había salido del baúl era igual a él. En todo sentido. Misma nariz, mismos ojos, mismo pelo, misma altura. Tenía incluso el mismo puto traje y la camisa sudada.
Se quedaron absortos, mirándolo. Entonces la figura dio un salto hacia Alarcón y lo empujó al suelo. Luego embistió contra Morel. Era velocísimo, y tenía el rostro clavado en una mueca de locura. Su compañero intentó retroceder, pero el otro lo alcanzó al instante y lo levantó por los hombros, hundiéndole los dedos en la clavícula.
Alarcón intentó reincorporarse. No podía creer lo que tenía delante. El hombre era idéntico, como mirarse en un espejo deformado. Verlo levantar por los aires a Morel le resultaba fascinante, lo dejaba aturdido. Quiso copiar la expresión de frenesí que tenía su doble, pero no lo logró. Sin embargo logró pararse. Le dolían todos los huesos del empujón: el otro era demasiado fuerte. Se acercó hacia él por la espalda, mientras éste empujaba a su compañero hacia el suelo y le quitaba las manos del hombro.
Alarcón sacó el arma y le apuntó a la figura. No le temblaban las manos, sino todo el cuerpo. Era la primera vez que intentaba disparar su arma contra alguien. Vio a su propio cuerpo reunir las manos sobre la cabeza y tomar impulso para aplastarle el pecho a Morel. Y luego vio a su propio cuerpo desplomarse hacia un costado, su propia mueca vacía al ser atravesado por dos agujeros en el cerebro.
Morel gritó nuevamente, y empujó el cuerpo lejos de sí. Alarcón dejó de temblar y se guardó el arma en la cintura. Dio un paso hacia delante y observó el cuerpo.
Ya no se le parecía en nada. La figura había tomado ahora una contextura como de arcilla, sin ningún tipo de rasgo en la cara más que los dos agujeros que había abierto su arma. Se quedó mirándola durante unos minutos, mientras Morel intentaba dejar de sacudirse y se levantaba.
El cuerpo, nuevamente tieso, se confundía con un cúmulo más de tierra en el desierto. Aparte del rostro, tenía una sola herida de bala en el pecho. Parecía que de los cuatro disparos que habían oído en el bar, Pereyra había errado tres. Para asegurarse, Alarcón volvió a sacar su arma y terminó de vaciarla en lo que parecía la cabeza y el cuello del pedazo de arcilla.
Después fue hasta el auto, sacó la pala y se la tiró a Morel, que parecía en shock.
-Era igual a mí, era idéntico.
-De qué hablás, Morel. Era igual a mí.
-Yo lo vi de cerca, era un calco mío.
-No jodas, querés. Laburá.
Morel empezó a cavar, y cada diez segundos miraba que el cuerpo siguiera inmóvil.
-Che... carajo, gracias por lo de ahí.
-Está bien
-En serio te digo
-Está bien.
Alarcón lo miró trabajar otra media hora. No sabía qué era lo que habían llevado hasta allí, pero lo iban a enterrar profundo. Cuando el pozo estuvo listo, ayudó a salir al otro y empujaron el cuerpo de arcilla hacia dentro.
-Morel, sabés qué pienso. Pereyra nos mandó con semejante fardo y ni siquiera pudo matarlo del todo.
-Ajá.
-Y somos los únicos que lo bancamos ¿ves? Y aún así nos mandó con eso en el baúl, sin una puta advertencia, nada.
-Cierto…
Alarcón se secó por doceava vez la frente.
–Buen. Ya vamos a ver qué se puede hacer. Tapá el pozo, querés.
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